El hobbit: La batalla de los cinco ejércitos

Después de la debacle del año pasado no tenía demasiadas ganas de ir a ver la conclusión de la trilogía de “El hobbit” al cine. Al final, sin embargo, surgió la posibilidad de acudir este fin de semana con una pequeña rebaja y, lo más importante, de saludar a los amigos de la Sociedad Tolkien Española que estaban con su stand, su photocall y sus angerthas dando el callo como todos los años en el estreno. Ello, además, me permitía completar la trilogía de reseñas, y como no me gusta dejar las cosas a medias, aquí va la entrada correspondiente al “capítulo decisivo” (como han decidido publicitarlo).

Vaya por delante una pequeña (e insustacial) valoración: “La batalla de los cinco ejércitos” es mejor que “La desolación de Smaug”… lo cual, por supuesto, no es decir mucho.

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Más importante resulta constatar cómo evoluciona (o no) la narrativa a lo largo de esta segunda trilogía, que poco a poco va desmarcándose de Tolkien hasta desembocar en una Tierra Media que no parece sino el campo de juego de Peter Jackson, un lugar donde dar rienda suelta a la (equivocada) máxima del más es mejor y donde la sutileza brilla por su ausencia. También cabe analizar el efecto que puede haber tenido el ciclo completo sobre la percepción de la fantasía entre el público general, aunque eso lo dejaré para el final de la entrada. Se impone antes que nada una pequeña recapitulación.

El hobbit: Un viaje inesperado” se enfrentó con decisiones en su mayor parte acertadas a la doble tarea de adaptar un libro de fantasía juvenil de menos de trescientas páginas en formato cinematográfico colosal, al tiempo que homogeneizaba la Tierra Media de “El señor de los anillos” y su antecesora (una labor a la que renunció el propio autor). La más significativa fue quizás anclar la narración en la figura de Thorin Escudo de Roble, antes que en el propio Bilbo, convirtiendo de facto la trilogía en la historia del retorno al hogar de los enanos y del ascenso, caída y redención del nuevo Rey Bajo la Montaña.

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Claro que entonces entra en liza “La desolación de Smaug” y todo ese trabajo se va al traste. El comportamiento de Thorin se vuelve errático, su relación con Bilbo sufre continuos bandazos, en su antagonismo con Azog se inmiscuye  salido de no sé sabe dónde Bolgo y, para empeorar las cosas, se introduce a martillazos una relación romántica entre Kili y Tauriel (la presunta prometida de Legolas). De la progresiva banalización de las escenas de acción ya comento largo y tendido en la entrada.

Llegados a “La batalla de los cinco ejércitos”, nos encontramos con unos personajes que han perdido casi por completo el rumbo. Prácticamente el único que conserva los pies en el suelo es Bilbo (gran interpretación de Martin Freeman). En particular, Thorin, en ancla emocional de la historia ha perdido la capacidad de evolucionar coherentemente, de ahí que Jackson tenga que recurrir al supuesto “mal del dragón” (avaricia pura y dura, aderezada con mono de Piedra del Arca) para justificar sus decisiones.

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El Thorin literario, incluso siendo “El hobbit” una novela juvenil, es mucho, mucho más complejo, con numerosos matices que justifican su proceder. Es imposible desligar su renuencia a compartir el tesoro de un sentimiento que podríamos tildar de reivindicación histórica. La historia de los enanos es la de una doble diáspora. Expulsados primero de Moria y luego de Érebor, con múltiples precedentes de encarnizadas guerras con los orcos y una prolongada enemistad con el elfos (el mismo Thranduil que les reclama una parte del tesoro es el que se negó en su momento a socorrer a los refugiados del ataque de Smaug). Thorin no busca sólo riquezas. La Piedra del Arca es mucho más: el Corazón de la Montaña, un símbolo fundacional del reino enano.

Por añadidura, reducido a alguien que sufre enajenación mental, su enfrentamiento con Bilbo carece de tensión, pues la traición del hobbit no requiere ni de lejos tanto coraje (y no me estoy refiriendo sólo al que permite afrontar riesgos físicos) y la reconciliación posterior es algo de cajón, que no precisa ningún tipo de autoexamen ni un cambio de prioridades.

Es sólo un caso, pero ejemplifica a la perfección el modo en que la evolución de todos los personajes deja en gran parte de estar sujeta al fluir natural de la trama y empieza a depender de golpes de efecto con la sutileza de un martillazo en la cabeza (aderezados con alguna que otra distorsión vocálica, por si a alguien todavía se le escapan los matices).

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Y esa misma carencia de sutileza se extiende por todo el metraje. Hay que evitar a toda costa que el espectador tenga que deducir o interpretar nada por sí mismo, no vaya a  liarse, perderse o aburrirse, y si ello implica exagerar hasta el extremo de la parodia (involuntaria), sea. Sólo así se explican ineptitudes como el tratamiento del personaje (inventado) de Alfrid, la brutal escalada armamentística que convierte al ejército que asedia Minas Tirith (o el Abismo de Helm) en la trilogía de El Señor de los Anillos en una panda de desarrapados o la fiesta rave en que deviene el Concilio Blanco.

Peter Jackson ha demostrado una y otra vez que no entiende realmente el concepto de la épica. Para él, épica es cualquier victoria in extremis, obtenida por la aparición sorpresiva de refuerzos imparables. Más bien al contrario, la epicidad se alcanza obteniendo la victoria más allá de cualquier esperanza, a través del sacrificio y el esfuerzo (eso sí, con un límite, porque enfrentar a un grupo de zarrapastrosos mal equipados contra una infantería pesada profesional sólo puede conducir a un resultado, por mucho que el discurso heroico exija otra cosa). De igual modo, no entiende a sus personajes (o no los respeta), y obligado a rellenar huecos, sin la guía de una obra maestra de la literatura, pierde el rumbo.

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De todas las grandes escenas con potencial dramático de una adaptación seria, “La batalla de los cinco ejércitos” tan sólo respeta una, la aparición de Bilbo en la tienda de Thranduil y Bardo con la llave para desbloquear la situación. Nos priva, por ejemplo, de la irrupción en la batalla de los enanos de la compañía ataviados con armaduras de antaño (sin necesidad de esperar al momento “rescate improbable in extremis”), de Fili y Kili defendiendo con sus vidas el cuerpo de su tío en medio de la batalla antes de la llegada de Beorn (porque Kili está metido en sus propios líos y a Beorn ya se encargaron de despreciarlo a conciencia en “La desolación de Smaug”), del zorzal indicándole a Bardo el hueco en la coraza de Smaug (eliminando, de paso, la pequeña autoridad moral que podían mantener los enanos para reclamar el tesoro)…

Con todo esto no ansío sino ilustrar un punto: “La batalla de los cinco ejércitos” puede que sea un espectáculo de acción (a mí no me ha convencido tampoco en ese aspecto, pero bueno…), pero carece por completo de alma. Emocionalmente, es una cáscara brillante pero hueca. Ello, más aún que lo nefasto de la adaptación (que a estas alturas ya no tenía remedio), es lo que condena a la conclusión de “El hobbit” a la mediocridad.

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Esta vacuidad quizás explique uno de los peores fallos de la división de la historia en tres películas. No existe ninguna razón en absoluto para dejar para el final el Concilio Blanco, la destrucción de Esgaroth y la Batalla de los Cinco Ejércitos (el primero debería haber sido el clímax intermedio de “La desolación de Smaug” y el segundo hubiera funcionado perfectamente como colofón de esa misma entrega). La decisión de apelotonar todo de mala manera en este capítulo esconde en cierta forma las carencias dramáticas. Si todo ocurre muy rápido y muy intenso, a lo mejor funciona sin necesidad de que la historia central conecte a nivel emocional.

Al principio de esta entrada prometía dedicar unas palabras a analizar (muy someramente) el posible efecto de esta trilogía en el público en general con respecto a la percepción de la fantasía. Soy de la opinión de que la trilogía original de “El Señor de los Anillos” abrió los ojos a mucha gente con respecto al género. Demostró que podías tomarte en serio, como personaje, a un elfo o a un enano, que lo mágico no va en detrimento de lo humano (algo que ha refrendado la serie de “Juego de tronos”… que vino propiciada precisamente por el cambio perceptual original).

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Las tres películas de “El hobbit” invitan a pensar justo lo contrario. Con ellas se desanda mucho camino. Hace falta que alguien más tome el relevo. Peter Jackson parece haberse quedado atrás en la revolución que él mismo inició, y la adaptación seminal de “El hobbit” aún está por filmarse (lo que hemos perdido es la oportunidad de homogeneización que proporcionaba el empleo de parte del elenco y el equipo técnico de la que sí fue una empresa llevada a puerto con éxito).

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~ por Sergio en diciembre 22, 2014.

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