Fundación

En 1966 se entregó un premio Hugo especial, que no se había otorgado antes y que no se ha vuelto a conceder, el de mejor serie de todos los tiempos. Las nominadas fueron cinco: la serie de Barsoom de Edgar Rice Burroughs (compuesta por once novelas publicadas entre 1912 y 1943, empezando por “Una princesa de Marte“), la Historia del Futuro de Robert A. Heinlein (que por entonces contaba con una veintena de relatos de mayor o menor extensión y una novela, “Los hijos de Matusalén“), los Hombres de la Lente de E. E. Doc Smith (seis novelas y una precuela, contando unos hechos que arrancan con “Triplanetaria“), “El Señor de los Anillos” de J. R. R. Tolkien (cuya popularidad acababa de explotar en los EE.UU. gracias a la primera edición americana oficial de Ballantine) y la serie de la Fundación, de Isaac Asimov (por entonces ocho relatos, publicados entre 1942 y 1950 y recopilados en tres libros entre 1951 y 1953).

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Contra casi todo pronóstico, la victoria fue para Asimov y la serie que casi podría considerarse como paradigmática de la Edad de Oro… salvo que en muchos aspectos su importancia radica precisamente en el modo en que rompe con sus esquemas y los trasciende.

La trilogía original de la Fundación se la debemos a las gestiones de Gnome Press, quienes en 1950 ya habían cosechado un enorme éxito compilando otras de las antologías fundamentales de Asimov, “Yo, robot“. El siguiente paso evidente consistía en abordar el escenario desarrollado por el autor en las páginas de Astounding, en torno a un Imperio Galáctico decadente (al que le quedan apenas quinientos años de existencia) y una pequeña institución, la Fundación, auspiciada por el matemático Hari Seldon, cuyo objetivo consiste en servir de semilla para el futuro renacimiento que acortará el período de tinieblas de treinta milenios a sólo uno.

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Para lograr esto, Seldon utiliza la herramienta de la psicohistoria, unas matemáticas estadísticas que le permiten predecir con absoluta precisión el futuro desarrollo de una sociedad (cuanto mayor sea el foco, es decir, cuantas más personas se encuentren implicadas, más afinada es la predicción). Su pequeña Fundación de 100.000 hombres, localizada en Términus, uno de los planetas más alejados y pobres en recursos de la Galaxia, sobrellevará a lo largo del milenio anticipado una serie de crisis, provocadas por la confluencia de factores desequilibrantes externos e internos, que en cada ocasión dejarán una única salida evidente. La apropiada, además, para cumplir el objetivo último de la reconstrucción de la prosperidad humana.

“Fundación”, el libro, cuenta con cinco relatos, cuatro de ellos publicados previamente entre 1942 y 1944 en Astounding y uno, que sirve de introducción, inédito hasta la fecha. Esa primera parte, “Los psicohistoriadores”, constituye paradójicamente la única en la que Hari Seldon tiene un papel destacado (aunque mucho después protagonizaría las precuelas “Preludio a la Fundación”, de 1988, y “Hacia la Fundación”, de 1993). En él se presentan los grandes elementos de la saga: el antiguo Imperio, con su capital, Trantor; la ciencia psicohistórica, sus posibilidades y limitaciones; y el origen de la Fundación, como institución encargada de recopilar una obra monumental, la Gran Enciclopedia Galáctica, como repositorio de todo el saber humano hasta la fecha.

Fundación

La segunda historia, “Los enciclopedistas” (título original “Foundation”), narra la primera crisis Seldon a la que se enfrenta la institución, cincuenta años después del inicio de su labor. Las provincias externas del Imperio han dejado de estar controladas por éste y se han convertido de facto en reinos independientes. El más próximo, Anacreonte, pone sus ojos codiciosos en Términus, un planeta sin ejército, pero que se encuentra en posesión de un conocimiento que ya se ha perdido para el resto de la periferia: el secreto de la energía atómica.

La narración presenta al que podría considerarse el auténtico protagonista de esta fase de la historia de la Fundación (salvando la presencia casi mística de Hari Seldon), Salvor Hardin, el primer alcalde de Términus, una fuente constante de aforismos, entre los que destaca uno que bien podría considerarse uno de los pilares de la serie: “La violencia es el último recurso de los incompetentes”. De igual manera, muestra que las acciones individuales son hasta cierto punto irrelevantes. Lo que de verdad determina el futuro son los grandes condicionantes históricos, que afectan tanto al entorno de la Fundación como a su propio destino, ferreamente encarrilado por las precisas matemáticas psicohistóricas.

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La tercer parte, “Los alcaldes” (“Bridle and saddle”), tiene lugar treinta años después, con Salvor Hardin ejerciendo su último mandato al frente de la administración de Términus, nuevas fuerzas políticas pro expansionismo minando su autoridad interna y con Anacreonte deseoso de solventar el problema de su dependencia de la Fundación de una vez por todas. El relato es notable por su empleo de la religión como instrumento político (muchos años antes de que Frank Herbert propusiera lo mismo en su serie de “Dune“).

Los dos últimos segmentos de la antología son menos interesantes. En “Los comerciantes” (“The wedge”), cincuenta y cinco años después de los acontecimientos narrados en el relato anterior, la política oficial de la Fundación (que liga comercio y religión) está anquilosada, y es activamente disputada por una nueva hornada de comerciantes, surgidos de las instituciones laicas de enseñanza. La resolución de la minicrisis (siguiendo el lema de Salvor Hardin: “Nunca permitas que el sentido de la moral te impida hacer lo que está bien”), sin embargo, se distancia bastante de la idea general de la serie, al no ser un episodio crucial, sino tan solo un ejemplo de cómo las soluciones antiguas dejan poco a poco de ser las óptimas. Queda a la postre más como una anécdota que como un hito en el desarrollo (psico)histórico (por no hablar de resultar demasiado inocentona, desde una perspectiva actual).

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“Los príncipes comerciantes” (“The big and the little”) constituyen el último segmento del libro. Nos encontramos a ciento cincuenta y cinco años del establecimiento de la Fundación (veinte después del anterior episodio). El poder económico se ha desplazado por completo a los comerciantes, que sin embargo, por sus orígenes, siguen apartados mayoritariamente del poder político. El relato narra las confabulaciones de los miembros del Consejo por prevenir este vuelco político, así como el modo en que el maestro comerciante Horber Mallow las contrarresta. De nuevo, la trama en sí dista de ser tan satisfactoria como en los primeros relatos, con una solución al dilema planteado que resulta un poco tramposa. Más importancia tiene, sin embargo el que sienta las bases para la siguiente gran etapa de la historia de la Fundación (que se desarrollará en el novela corta “El general”), con la primera escaramuza entre dos poderes que van en direcciones opuestas: por un lado la pujante Fundación, y por el otro el decadente pero aún poderoso núcleo del antiguo Imperio (y las intrigas que se siguen sucediendo en su periferia).

En conjunto, la serie de la Fundación supuso un decidido paso adelante respecto a la típica space opera aventurera que predominaba por entonces. Aunque hoy en día sus desarrollos nos puedan llegar a parecer simplistas, en su momento supuso toda una revolución, abogando por el cerebro antes que por la fuerza. Filosóficamente, además, nos encontramos con una idea central del universo asimoviano, la de la modelización lógica o matemática del ser humano; una de sus aspiraciones. A grandes ragos, equiparó a los seres humanos con biomoléculas extremadamente complejas, pero de comportamiento conjunto e interacciones predecibles (se preocupó, sin embargo, de preservar el libre albedrío a título individual, al proponer unas ecuaciones estadísticas).

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Argumentalmente, el esquema general surgió de la lectura por parte de Asimov (un gran aficionado a la historia) de la monumental obra de Edward Gibbon “Historia del declive y caída del Imperio Romano”, y fue desarrollada por el autor junto con su editor, John W. Campbell (una colaboración muy habitual entre Campbell y sus protegidos). La psicohistoria, por su parte, vendría a ser el equivalente, elevado a la enésima potencia, de las leyes de la robótica.

A nivel tecnológico, hay detalles que no pueden sino resultar chocantes al lector actual, como la consideración casi mística que se tiene en la serie con respecto a la energía y a las armas atómicas (que en modo alguno son explosivas, sino que serían algo así como haces de partículas radioactivas), aunque cabe señalar que las historias se escribieron originalmente antes de que el Proyecto Manhattan diera sus frutos. En definitiva, no es en la tecnología donde cabe encontrar los méritos de la obra, sino en su enfoque humanista y social, en su tratamiento de la historia y la psicología como ciencias puras y en lo ambicioso de su planteamiento (que no desmerece su desarrollo).

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En los años ochenta, cuando se planteó la unificación de sus tres grandes ciclos, la serie de la Fundación fue la pieza central, alcanzando la plena integración con el díptico “Los límites de la Fundación” (1982) y “Fundación y Tierra” (1986).

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

 

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~ por Sergio en noviembre 23, 2014.

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