Las tumbas de Atuan

En 1971, tres años después de publicar “Un mago de Terramar“, Ursula K. Le Guin sacó “Las tumbas de Atuan” (“The tombs of Atuan”), la segunda entrega de la trilogía original de Terramar.

Como secuela es atípica. Ya no sólo porque prescinde de cualquier personaje del primer libro hasta muy avanzado éste, sino porque parece diseñado para constituir su opuesto. Así, allí donde aquél presenta un viaje iniciático, que lleva a su protagonista por todo el archipiélago de Terramar, la acción de su continuación se circunscribe casi por completo a un pequeño complejo religioso, que alberga el ancestral laberinto de los Sin Nombre, así como el más moderno templo del dios-rey del Imperio Kargo.

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El protagonismo de la novela recae en Arha, la Devorada, nacida como Tenar en una aldehuela, aunque escogida a los pocos años como reencarnación de la sacerdotisa suprema del culto de los Sin Nombre y llevada a Atuan. Allí, bajo la tutela de Thar, suprema sacerdotisa de los Gemelos, y Kossil, la suprema sacerdotisa del dios-rey (teóricamente inferior en rango, aunque ejerce sobre el complejo un control absoluto, en virtud de la preponderancia de su posición, al frente de un culto que tiene más de política que de religión), es adiestrada, siguiendo una tradición similar al tulku del budismo tibetano.

El culto ancestral de los Sin Nombre es una religión mistérica, que requiere la oscuridad absoluta y la anulación de la personalidad de su sacerdotisa, un reconocimiento a la nada, al caos primigenio, que no concede nada, tan sólo es. El espíritu de Tenar/Arha se resiste a su destino, a ser manipulada por Kossil, a servir de vehículo sin voluntad para unas fuerzas que ni conoce, ni aprecia, ni se preocupan en absoluto por los mortales. Por desgracia, no conoce nada más. Toda su vida ha girado en círculos por las aguas estancadas de Atuan, y aunque tiene noción de la existencia de un mundo más allá de sus muretes y del desierto circundante, la sumisión está demasiado arraigada en su alma para permitirle más que esbozar unos sueños imposibles.

Historias de Terramar I

En éstas, alguien, por primera vez en siglos, profana el Laberinto de los Sin Nombre. Es Ged, Gavilán, el protagonista de “Un mago de Terramar”, ya un mago de pleno derecho, que ha acudido a Atuan a recuperar un fragmento de un poderoso talismán, escondido en la cámara del tesoro de las tumbas. Arha lo descubre y lo atrapa en el Laberinto, pero por alguna razón, quizás por la actitud sosegada y conciliadora del mago, quizás por la curiosidad que le inspira, quizás por sus propias dudas internas, no se decide a ajusticiarlo en el acto, sino que lo mantiene prisionero, y ello la va cambiando poco a poco.

Así pues, pese a las patentes diferencias, “Las tumbas de Atuan” sí que tienen mucho que ver con “Un mago de Terramar”. Nos encontramos de nuevo ante una bildungsroman, una novela de aprendizaje, en la que Tenar debe romper los muros de temor de la prisión que la anula, renunciando a lo que se espera de ella para abrazar su auténtico destino. La diferencia estriba en que el viaje interior no se ejemplifica mediante un viaje físico, sino de forma mucho más simbólica, mediante la introspección, el descenso a la caverna, la renuncia a la oscuridad y un verdadero renacimiento espiritual.

Tombsatuan

Con el paso de los años, Le Guin llegó a contemplar con cierta insatisfacción el modo en que subconscientemente había afrontado los respectivos viajes iniciáticos de Ged (masculino) y Tenar (femenino), lo cual fue una de las razones para que decidiera extender el ciclo en 1990 (con “Tehanu”) y 2001 (con “El otro viento”). El periplo de Tenar/Arha posee resonancias de mitos ancestrales de doncellas raptadas, como el de Perséfone. Lo que lo diferencia es que la presencia masculina, Ged, no es tanto un liberador como un catalizador, un elemento que altera el equilibrio y posibilita una liberación que parte de sí misma.

Sin prestar atención al modo en que se ejemplifican y a las características concretas del mundo de Terramar (algo en lo que pudieron influir preconcepciones culturales), no hay razón para asignar apriorísticamente un género preferencial a los dos obstáculos para el desarrollo que ejemplifican, bien sea la ambición desmedida de Ged, que le obliga a abrazar su faceta oscura para reconciliarse consigo mismo, bien el miedo sumiso de Tenar, que anula su personalidad frente a las presiones externas.

Atuan

“Un mago de Terramar” y “Las tumbas de Atuan” son experiencias opuestas que se complementan, un díptico que compone en auténtico yin y yang taoísta, una unión armónica de opuestos, y que por necesidad exige un protagonista masculino y otro femenino. Lógicamente, en cada cual una historia resonará con mayor fuerza que la otra, pero no creo que ello tenga que ver con nuestro sexo, sino con nuestra identificación con los obstáculos que se ven obligados a superar para completar su crecimiento.

El libro fue finalista (y por tanto mención de Honor) de la Medalla Newbery, la más alta distinción estadounidense para la literatura infantil, en 1972, año en que el galardón fue para “La señora Frisby y las ratas de NIMH”, de Robert C. O’Brien.

Otras opiniones:

Otras obras de la misma autora reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en noviembre 6, 2014.

2 comentarios to “Las tumbas de Atuan”

  1. […] rescepto […]

  2. En mi opinión “Las Tumas de Atuán” es quizás el más logrado de los tres libros, aunque me resulta muy difícil olvidarme del primero. Quizás porque, como apunta el artículo, son dos partes de una misma historia. En cualquier caso son dos libros maravillosos que tienen una continuación algo menos conseguida en “La costa más lejana”.

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