The gods of Pegāna

El autor de fantasía más importante e influyente de al menos el primer cuarto del siglo XX fue Edward John Moreton Drax Plunkett, quien firmó sus obras como Lord Dunsany (fue el 18º Barón de Dunsany, uno de los títulos nobiliarios ingleses más antiguos de Irlanda).

Desde mediados del siglo XIX, Irlanda estaba experimentando un movimiento de recuperación de la identidad nacional, que en el ámbito literario se manifestó en la recuperación del idioma y de los viejos mitos gaélicos. Liderado por William Butler Yeats, este renacimiento literario irlandés llevó a la publicación de numerosos libros sobre mitología céltica y temas afines, más o menos adaptados a los gustos literarios del momento, con algunos autores, como James Stephens, más especializados en cultivar este tipo de literatura mitológico-folclórica, con obras como “La olla de oro“.

Gods_of_pegana

Lord Dunsany irrumpió en este panorama en 1905 con su primer libro, “The gods of Pegāna”, que más que explotar esta tradición folclórica, la destilaba, para dar origen a una fantasía nueva, con sus raíces bien asentadas en la tradición mitológica (y la fantasía feérica de George MacDonald y William Morris), pero sin hacer uso específico de sus dioses, personajes y héroes. Así, la antología constituye toda una cosmogonía original, que toma prestados elementos no sólo de la mitología gaélica, sino también de la grecorromana (cuyos mitos eran incluidos asiduamente, por ejemplo, por Andrew Lang, el principal compilador inglés de cuentos de hadas, en sus antologías anuales) e, indudablemente, de la nórdica.

El dios principal de este panteón es Mana-Yood-Sushai, que creó al resto de dioses y cayó en un profundo sueño, arrullado por el redoble continuo de Skarl el Tamborilero. Sin nada que hacer, estos dioses crearon diversos mundos, para entretenerse jugando con los mortales, aunque siempre bajo la promesa del despertar de Mana-Yood-Sushai, que creará nuevos dioses y nuevos mundos, descartando los antiguos.

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A través de capítulos muy cortos, a medio camino entre el microrrelato y el poema en prosa, Lord Dunsany va describiendo su panteón. Presenta así a Kib, el creador de hombres y bestias; a Sish, el dios del tiempo; Mung, el dios de la muerte… y así hasta una decena de dioses mayores, cada uno con su propia esfera de influencia, expresada con un lenguaje poético, deudor tanto del estilo arcaico de la Biblia del Rey Jacobo como del medievalismo impostado de los romances en prosa de William Morris.

Los episodios mitológicos ocupan apenas unos pocos capítulos, con la rebelión de tres dioses menores de ríos como elemento más destacado, para pasar a la sección más irónica del libro, con una sucesión de profetas, escogidos por los hombres para hablarles de los dioses, aunque dado que no son capaces de ver nada, las más de las veces tan sólo se aprovechan de su posición. En estos capítulos se aprecia el desden del autor por la religión organizada, lo cual no deja de presentar un contraste curioso, al presentar una religión mayormente falsa (al menos a nivel ceremional) fundamentada en unos dioses muy reales.

SimePegana

Sobre todos estos capítulos se cierne siempre la promesa del Fin, el despertar de Mana-Yood-Sushai, que barrerá a los dioses y con ellos a los mundos que han creado para su diversión. Así, con ecos del Ranarök vikingo, los dos  últimos episodios están dedicados a narrar ese inexorable Fin, que acabará con Pegāna, con sus dioses y con los hombres, que no son sino sus juguetes.

Al ser por aquella época prácticamente desconocido para el público en general, Lord Dunsany se vio obligado a pagar por la edición de éste su primer libro (un tomo de menos de cien páginas), que hizo ilustrar por Sidney Sime, quien se convertiría en su ilustrador de referencia hasta 1922 (el período durante el cual produjo el grueso de sus cuentos. El éxito de la obra fue tal que ya no volvió a tener a recurrir a este modelo de edición, publicando nuevos cuentos de Pegāna en la continuación directa, “Time and the gods” (1906), y visitando de nuevo el escenario en algunos de los relatos de su tercera antología, “La espada de Welleran” (1908).

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En español se ha publicado dos veces en sendas ediciones que recopilan todos los cuentos de “The gods of Pegāna” y “Time and the gods”. Primero como “En el País del Tiempo” (Siruela, 1987) y más recientemente como “Pegāna. Tiempos y dioses” (La Biblioteca del Laberinto, 2011), que incluye tres relatos no relacionados de fantasía onírica, organizados en “Tales of the three hemispheres” (1919) como una miniserie (“Más allá de los campos que conocemos”). Eso sí, ignoro hasta qué punto la imposibilidad de trasladar fielmente el arcaísmo de la prosa de Lord Dunsany (durante esta fase de su producción, ya que exploró diversos estilos a lo largo de su carrera) puede afectar a la cualidad estética de los relatos, tan importante al menos como lo que cuentan.

Por lo que respecta a la influencia que ejerció esta colección (y las antologías subsiguientes), sólo puede definirse como enorme. Hubo cierta época, sobre todo tras el tour que Lord Dunsany realizó por EE.UU. en 1919, en que todo aspirante a escritor de fantasía caía en una imitación de sus temas y su prosa recargada (hasta el punto de que incluso hoy en día hay revistas que en sus directrices de recepción de originales aconsejan en contra de dicha práctica). Entre los jóvenes deslumbrados por el estilo de Lord Dunsany se encontraba, por ejemplo H. P. Lovecraft, cuyos relatos escritos entre 1919 y 1920, en especial su producción onírica (que culminó unos años después en la escritura de “La búsqueda onírica de la desconocida Kadath“), muestran una influencia directa y reconocida (su terrible panteón cósmico hunde sus raíces en los dioses de Pegāna, aunque con el paso de los años fue transformando a sus deidades en poderes alienígenas).

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Por supuesto, Pegāna es también la primera mitología ficticia de la historia de la literatura fantástica, con lo que culminó el camino iniciado por William Morris, quien fue el primer autor en imaginar un mundo distinto de la Tierra y del reino de Faerie para ubicar sus historias. Aunque aún faltaban muchos años para que Tolkien acuñara el término, Pegāna podría considerarse como el primer mundo secundario completo, y hoy en día resultaría impensable crear un universo ficticio que no contara con su propia cosmogonía (ya sea literal o, cuanto menos, mítica).

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en agosto 31, 2014.

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