El último unicornio

En 1968, en pleno resurgir del interés por la fantasía en EE.UU. a raíz de la publicación en 1965 de la primera edición oficial de “El Señor de los Anillos”, Peter S. Beagle publicó su segunda novela, “El último unicornio”, que poco a poco se convirtió en uno de los principales títulos de la fantasía estadounidense, con su fama como clásico cimentada en 1982 con la producción de su adaptación animada por parte de Rankin/Bass (con guión del propio autor, después de que en 1978 firmara el de la adaptación de “El Señor de los Anillos” de Ralph Bakshi).

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La novela narra la búsqueda de una unicornio de los miembros de su especie, desaparecidos al parecer del mundo desde mucho antes. Con tal propósito abandona su bosque y, tras una serie de encuentros (con una mariposa, con la feria de rarezas de Mamá Fortuna y un grupo de bandoleros), acaba en compañía de Schmendrick, un mago inepto, y Molly Grue, una mujer que perdió sus esperanzas junto con su juventud, a la búsqueda del Toro Rojo, bajo el dominio del rey Haggard, responsables al parecer de la desaparición de los unicornios.

“El último unicornio” es pues un cuento de hadas, pero un cuento peculiar, en el que casi todos los personajes son conscientes de cuál es su papel o, mejor, de cuál debería ser, porque casi todos se quedan cortos y saben que no dan la talla. Así, tenemos las ilusiones que Mamá Fortuna hace pasar por auténticas maravillas (unas ilusiones necesarias incluso para resaltar a los ojos de la gente lo auténticamente maravilloso) o la incapacidad de Schmendrick para dominar la magia (hasta el punto de no alcanzar siquiera a transformar la leche en mantequilla), por no hablar de los bandoleros del Capitán Cully, tristes aspirantes de emular a Robin Hood y sus alegres compañeros. El más desengañado de todos, sin embargo es el rey Haggard, un personaje amargado, a cuyos ojos todo gozo acaba transformándose en cenizas. Un antagonista más trágico que malvado.

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Contra todo ello lucha la unicornio. Su búsqueda es en pos de restaurar la magia, de vencer al desengaño, en pos, por tanto, de la esperanza, y ello es lo que hace que se le unan Molly y Schmendrick, cada uno con sus propias aspiraciones, y también lo que impulsa al príncipe Lir, el hijo adoptivo de Haggard, a dejar atrás su vida indolente y transformarse en un héroe, por la esperanza de llamar la atención de aquello en lo que el mago se ve obligado a transformar a la unicornio cuando el Toro Rojo de prueba demasiado poderoso.

Beagle compuso un relato que oscila continuamente al borde de la alegoría, aunque logra mantenerse alejado de ella gracias a que los personajes son personajes antes que símbolos, y lo mismo puede decirse de las situaciones. Desde una perspectiva simbólica, podría comentarse que en él vertió toda la tradición medieval en torno al unicornio (su conexión con la pureza, su capacidad de sanar las heridas, incluso en cierta forma su representación simbólica del misterio de la encarnación de Cristo), llegando incluso a mencionar que los orígenes del mito cabe encontrarlos en el rinoceronte… pero al mismo tiempo la unicornio es real, tangible.

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Transita pues en todo momento en equilibrio sobre la línea que separa el mito, las esperanzas, de la realidad. Y si bien es cierto que la unicornio es real, también constituye un ideal inalcanzable. Al igual que los bandidos de Cully se lanzan tras la imagen, mayor que la vida misma, de Robin Hood invocada por Schmendrick (o por la magia incontrolada a través de él), ella busca a los suyos, y ayudarla o amarla supone no claudicar, no acomodarse en la rutina, sino aspirar a más, aunque el objetivo último sea imposible (cada uno de los personajes secundarios, el mago, Molly y Lir, mantienen una fe más o menos tambaleante y se enfrentan de forma dispar a la incertidumbre).

De igual modo, la unicornio, en virtud de la transformación que sufre, se hace más cercana. La esperanza absoluta que encarna se ve matizada por la mortalidad, por la aceptación de que hay empresas imposibles. Sólo entonces, una vez conocedora de sus propios límites, influida por ellos, consigue reunir las fuerzas necesarias para enfrentarse a ese otro absoluto que encarna el Toro Rojo, su antítesis.

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Tras muchos años negándose a ello, en 2005 Peter S. Beagle escribió una suerte de continuación (o conclusión) en forma de cuento largo, “Two hearts”, que recupera los principales personajes de “El último unicornio” y concede una conclusión a la historia del príncipe Lir. El relato obtuvo los premios Hugo y Nebula de su categoría. En 2011, al autor se le concedió en World Fantasy Award a toda una vida. En una encuesta de Locus en 1987 llegó a aparecer en quinta posición entre las mejores novelas de fantasía de la historia, aunque cuando se repitió la iniciativa en 1998 la obra quedó en decimoctava posición (lo cual quizás refleje mejor su estatus, sin la cercanía de la adaptación cinematográfica distorsionando el resultado).

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Otras opiniones:

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~ por Sergio en agosto 11, 2014.

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