Vril, the power of the coming race (Vril, el poder de la raza venidera)

Uno de los escritores ingleses más populares del siglo XIX fue Sir Edward Bulwer-Lytton, quien entre 1820 y 1873 publicó numerosas novelas en varios géneros (histórico, romance, misterio, ocultismo y horror sobrenatural…) que se vendieron extraordinariamente bien y le reportaron fama y fortuna (pese a un estilo que hoy encontramos ampuloso y afectado). Estuvo además muy involucrado en política, en las filas del partido conservador, primero en la cámara de los comunes y luego, tras serle concedida una baronía en 1866, en la de los lores.

En 1871 publicó su penúltima novela, “The coming race”, una sátira política que, al mismo tiempo, constituye una de las muestras más interesantes de la ciencia ficción temprana inglesa, aunque su legado acabara haciéndose sentir más primero en los círculos teosóficos y más tarde en el esoterismo en general, con conexiones ficticias con el ocultismo nazi cuyos ecos distorsionados han llegado hasta el presente. Esta perspectiva hizo que en ulteriores ediciones el título pasara a ser ampliado a “Vril, the power of the coming race”, en honor del elemento más llamativo de la novela.

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La historia se inscribe en la tradición de la hipótesis de la Tierra Hueca, que tras múltiples inframundos imaginados por mitologías de todo el mundo, introdujo en el discurso científico nada menos que Edmond Halley en 1692, quien imaginó la Tierra como una sucesión de esferas huecas concéntricas, cada una con su propio campo magnético y una atmósfera interior luminosa que, al escapar por agujeros en los polos, daría origen a las aurora boreales. La idea fue recogida por diversos científicos y en 1818 un americano, John Cleves Symmes, popularizó el concepto (con una única esfera hueca) hasta el punto de que llegaron a planificarse expediciones financiadas por el gobierno estadounidense para buscar los orificios de entrada en los polos.

En la ficción, la idea pronto encontró arraigo, dando lugar a obras tan importantes como “La narración de Arthur Gordon Pym” (Edgar Allan Poe, 1838), “Viaje al centro de la Tierra” (Jules Verne, 1864) o ésta que nos ocupa, y a lo largo del siglo XX se convirtió en un tema muy requerido tanto por seudocientíficos de todo pelaje como por escritores fantásticos a la búsqueda de escenarios exóticos para sus historias (siendo quizás el caso más notable el de las novelas de Pellucidar de Edgar Rice Burroughs, a partir de 1914).

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El protagonista y narrador de la historia es un joven estadounidense, de familia acomodada e ingeniero de minas, que cierto día, supervisando una excavación, llega a través de una galería natural y tras sufrir un aparatoso accidente a una región iluminada artificialmente, donde habitan los Vril-ya, una raza de hombres cuyos antepasados fueron arrojados al interior de la Tierra por un cataclismo antediluviano y que en los siete milenios que mediaban entre aquel suceso y el presente habían desarrollado una civilización con rasgos similares a las utopías socialistas tan en boga en aquel tiempo, sustentada por el dominio de una fuerza cuasi milagrosa, el Vril.

Inspirada por los estudios sobre magnetismo animal (aunque marcando distancias con el posterior desarrollo del mesmerismo), Bulwer-Lytton imaginó un fluido electromagnético capaz de responder a la voluntad de los Vril-ya (gracias al desarrollo de un sistema nervioso especializado por un mecanismo de evolución lamarckiana). Esta fuerza, dirigida a través de unos instrumentos en forma de vara, les permite desde influir en los pensamientos y acciones de los seres vivos hasta controlar a distancia el movimiento de autómatas, pasando por conferirles la capacidad de volar por medio de unas alas artificiales (y un sistema que tiene más de levitación que de aleteo mecánico), iluminar sus hogares y animar multitud de aparatos (desde reproductores de música a incineradores).

Vril

Intelectual y moralmente, los Vril-ya son muy superiores a los humanos de la superficie de la Tierra, cuyo estadio correspondería a la de las tribus más bárbaras del subsuelo, y las preconcepciones del protagonista chocan de continuo con la realidad “superior” de sus anfitriones (que lo consideran un poco por encima de un animalito curioso, salvo por un caso en el que me explayaré más adelante). Ahí entra de lleno la intencionalidad satírica… con unos dardos que, un siglo y pico después, se nos antojan casi todos desviados.

Así, por ejemplo, el conservador, y por entonces anciano (sesenta y siete años), Edward Bulwer-Lytton ataca duramente los intentos de democratización ingleses, a ejemplo de la república estadounidense, en un sistema de gobierno que califica en boca de los Vril-ya como Koom-posh, o el caos de la vulgaridad (sosteniendo que toman mejores decisiones unos pocos bien instruidos que una mayoría inculta). Por el contrario, la organización política de los Vril-ya, aun calificada de pasada como socialista, tiene más puntos en común con el ultralibertarismo individual (con puntos en común con la filosofía de Heinlein, hasta el punto de que la sociedad marciana de “Forastero en tierra extraña” guarda unos paralelismos que posiblemente sean más que una mera coincidencia con Vril… al igual que, ya que estamos, lo tiene la Fuerza del universo de la Guerra de las Galaxias con dicho fluido maravilloso). A la postre, sin embargo, la utopía (seudo)socialista de los Vril-ya acaba revelando elementos distópicos como un preocupante estancamiento intelectual y una ausencia de objetivos que la hacen muy poco atractiva para un capitalista convencido como el protagonista de la historia (y el propio autor).

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No acaban ahí los blancos de la crítica. Edward Bulwer-Lytton se permite también ridiculizar el darwinismo, proponiendo una teoría absurda según la cual algunos Vril-ya afirmaron en el lejano pasado descender de la rana (el posicionamiento final del autor parece ir más en el sentido de modificaciones evolutivas en especies creadas distintas). De igual modo, ataca a las sufragistas y similares movimientos de liberación femenina, invirtiendo los términos de dominancia en los Vril-ya, con unas mujeres más fuertes física e intelectualmente, lo cual lleva a una completa inversión de roles que se asume con absoluta convicción, por ser presuntamente el orden natural (al protagonista al principio le cuesta adaptarse, pero acaba viendo la lógica de toda la cuestión).

Prácticamente el único asunto en el que “acierta” es con la prédica de una tolerancia religiosa que se deje de tonterías superficiales y se solace en el teísmo subyacente, sin buscar en diferencias doctrinales motivos de conflicto.

El caso es que todos estos frentes se mantuvieron bien vivos durante décadas, con defensores de las posturas reaccionarias de Bulwer-Lytton que empleaban poco más o menos sus mismos argumentos para apoyar sus ideas. Eso sí, la opinión mayoritaria fue poco a poco decantándose en contra y, lo que es peor, los círculos ocultistas reinterpretaron a su gusto sus ideas especulativas (que no carecerían en modo alguno, si las reformuláramos con nomenclatura científica moderna, de una base razonablemente sólida), llevando el concepto del Vril al terreno de la superchería y oscureciendo la intención satírica original.

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Los primeros en hacerlo fueron los teosofistas, con Madame Blavatsky a la cabeza, que incorporaron a los Vril-ya a su particular historia oculta del mundo, convirtiendo al Vril en la panacea energética para civilizaciones hipotéticas como la atlante. Por ese camino entró en la historia esotérica, ganando fama de libro iniciático (al tiempo que perdía a pasos agigantados el favor del público en general). Para terminar de liarlo todo, en 1947 Willy Ley, un ingeniero de cohetes alemán exiliado desde 1937 en EE.UU., publicó en Astounding un artículo totalmente ficticio sobre presuntas locuras esotéricas nazis, en donde inventó a la Sociedad Vril, empeñada en localizar la misteriosa fuerza en el interior de la Tierra. A partir de entonces, el Vril entró a formar parte de la parafernalia ocultista nazi, como fuerza propuesta, por ejemplo, para la propulsión de sus supuestos platillos volantes (una conexión que se ha mantenido, generalmente a modo de broma, hasta asomar en producciones como las películas “Iron Sky” y “Nazis en el centro de la Tierra” o los juegos de la saga Wolfestein).

Hace unos párrafos comentaba que, en el modo de considerar al protagonista había un elemento discordante, y éste es el de la hija del magistrado que lo acoge, Zee, una inteligente (pertenece al Consejo de Sabios), hermosa y vigorosa Vril-ya que se enamora del inferior Tish (un modo despectivo de dirigirse al viajero)… lo cual supondría para éste la aniquilación con tal de preservar la pureza de la raza superior. Esta circunstancia lo obliga a huir para contar al mundo, muchos años después, la terrible amenaza que acecha desde las profundidades (pues el poder del Vril puede reducir sin esfuerzo cualquier ciudad a cenizas y la avanzada raza de los Vril-ya considerarían su obligación exterminar a los seudocivilizadas naciones Koom-Posh de la superficie).

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Lo menciono principalmente porque es muy posible que en estos desarrollos hallara inspiración una de las novelas fantásticas españolas más interesantes de los últimos tiempos: “Pandora en el Congo”, de Albert Sánchez Piñol (2005).

Otras opiniones:

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~ por Sergio en agosto 9, 2014.

5 comentarios to “Vril, the power of the coming race (Vril, el poder de la raza venidera)”

  1. Esta novela la leí hace unos años en la edición de Abraxas. Quizá no sea una lectura placentera para quien esté acostumbrado a leer ciencia-ficción escrita en el siglo XX.

    Además de la satira socio-política, la novela se adscribe a un género muy dieciochesco (aunque con antecedentes en Tomás Moro y Campanella): la utopía, entendida como una sociedad perfecta que se contrasta con la nuestra (o con equivalentes de la nuestra). Es la tradición que entronca con “Los viajes de Gulliver” o “Aline y Valcour” del Marqués de Sade. O en España, con la obra anónima “Descripción de Sinapia”.

    La gran diferencia viene marcada por el hecho de que Bulwer-Lytton es un escritor romántico, y su visión es más pesimista que la de los ilustrados del siglo XVIII. Así pues, el hombre descubre que no es la cima de la creación y que existen seres que lo superan en muchos aspectos. Al tiempo que la manifiesta superioridad de los Vril-ya no los convierte en una especie de ángeles, sino en criaturas de una racionalidad fría e implacable (salvo la excepción parcial de la bella Zee).

    • Me da la impresión, más bien, que “The coming race” riza el rizo y deviene en una sátira de las utopías, en particular de las utopías socialistas de finales del siglo XIX. Lord Bulwer-Lytton parece, por la opiniones insinuadas en al novela, un hombre muy conservador, muy apegado a las estructuras e ideas tradicionales (al menos en 1871… tampoco se le puede pedir entusiasmo renovador a un acaudalado político de sesenta y ocho años).

      Bastante en las antípodas de Swift, por ejemplo, que en “Los viajes de Gulliver” ridiculiza y ataca su presente, las estructuras e ideas imperantes en su época. Edward Bulwer-Lytton lanza sus dardos contra el cambio.

      En el proceso, quizás fuera el primero en atisbar el peligro de la deshumanización y el estancamiento de regímenes que fuerzan a toda costa la homogeneidad.

  2. Lo cierto es que leí la novela ya hace unos años, como he comentado más arriba. Pero pienso que hay alguna conexión con “Los viajes de Gulliver” en el sentido de que el viajero se encuentra con unos seres superiores moralmente ante los que el ser humano sale mal parado en comparación (tendré que revisar la novela, pero creo que en los últimos capitulos se siente avergonzado por no estar a la altura de la grandeza espiritual de Zee).

    Por supuesto, el siglo de Bulwer-Lytton no es el de Swift y esa superioridad tiene un reverso oscuro (un poco al estilo de “Ella” de Rider Haggard, con una Ayesha que se sabe superior a los simples mortales y eso la dota de rasgos despiadados). Los Vril-ya son definidos como una amenaza para la Humanidad.

    No niego el componente de sátira política, pero pienso que esos otros elementos están también presentes.

    • Sí, la relación es bastante evidente (aunque Swift tenía mucha más mala leche). En esencia, forma parte de la misma tradición (una, de hecho, que se menciona en el propio libro en cierto capítulo en que discuten sobre literatura). El único matiz que añadiría es que la intencionalidad se me antoja directamente antiutópica. La faceta oscura de los Vril-ya reflejaría las sombras inherentes a las utopías socialistas (básicamente, una forma de decir lo de que “no es oro todo lo que reluce).

      También podría andar presente el arquetipo de la amenaza extranjera, a la que tanto se aficionó la literatura británica de fin del siglo XIX (desde “Ella” hasta “Drácula”), como reflejo de los desequilibrios internos provocados por los estertores del colonialismo y la revolución industrial.

  3. Interesante entrada.

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