La Tierra Moribunda

Jack Vance comenzó a publicar asiduamente en revistas de ciencia ficción, fantasía y misterio a partir de 1946. Curiosamente, su primera gran obra sería una recopilación de historias originales, nunca antes publicadas (aunque escritas entre 1943 y 1945, cuando el autor servía en la marina mercante durante la Segunda Guerra Mundial), que salió en 1950 bajo el título de “La Tierra Moribunda” (“The Dying Earth”), dando nombre de paso a un subgénero que llevaba dando vueltas al menos desde 1895, con los últimos capítulos de “La máquina del tiempo” de H.G. Wells.

El de la Tierra Moribunda es un escenario hipotético, ubicado miles de años (por lo menos) en el futuro, dominado por un Sol, característicamente rojo, en sus últimos estertores de muerte, que brilla sobre una Tierra agotada por un ciclo interminable de civilizaciones, en la que reductos de población superviviente se entregan a sus quehaceres bajo el peso del fatalismo, la desesperación o una despreocupación nihilista, según la inclinaciones estéticas del autor.

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Se trata de un motivo que nació entre finales del siglo xxi y principios del xx en el campo de la ciencia ficción, bajo premisas científicas como la muerte térmica del universo de Lord Kelvin u observaciones de Marte como las de Percival Lowell (popularizadas por Camille Flammarion). Así, aparte del ya mencionado episodio de Wells, tendríamos el clímax de “La casa en el límite” (1908), así como todo “El país de la noche” (1912), de William Hope Hogdson, o “La muerte de la Tierra” (1910) de J. H. Rosny Aîné.

En los años veinte y treinta, en medio de una búsqueda generalizada de escenarios exóticos para las fantasías pulp, y en parte a instancias de la filosofía teosófica, algunos autores se vieron atraídos hacia esos futuros decadentes, siendo quizás el ciclo más memorable el de Clark Ashton Smith y Zothique, el último continente.

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Vance retomaría este escenario, ya totalmente asimilado por la espada y brujería (aunque permitiendo por sus especiales características la intromisión de elementos futuristas), con una sensibilidad propia de su época. Es decir, menos filosófica que la exaltación de la barbarie de Robert E. Howard y también menos estética que el romanticismo tardío de Clark Ashton Smith, más en la línea de la picaresca introducida por Fritz Leiber con su saga de Fafhrd y el Ratonero Gris.

La Tierra Moribunda de Vance es un lugar de magia y decadencia, en la que los hombres viven solazándose en las ruinas de civilizaciones precedentes y en la que la magia está muy presente, aunque también resulta bastante limitada. Se estima que sólo un centenar de conjuros siguen siendo conocidos, aunque los magos más grandes apenas consiguen recopilar cincuenta o sesenta en toda una vida de estudio. Además, tienen la particularidad de que para utilizarlos deben memorizarlos, en un número máximo de tres a seis, según su complejidad, para olvidarlos en cuanto pronuncian las palabras que los activan, obligándolos a “recargarlos” (un “sistema” de magia que fue utilizado con posterioridad en múltiples juegos de rol).

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En cuanto a las aventuras que viven los moradores de este mundo al final de los tiempos, asumen a menudo el arquetipo de la búsqueda de algún conocimiento u objeto ancestral, por parte de personajes que pueden ser tanto positivos como decididamente negativos, aunque resulta preferible cierta ambigüedad moral. También resulta crucial para entender la idiosincrasia de los habitantes de la Tierra Moribunda el conocimiento generalizado de que el Sol puede extinguirse en cualquier momento, lo cual atempera tanto los anhelos como los remordimientos.

Los seis textos que componen “La Tierra Moribunda” presentan diversa longitud e interés. Los cuatro primeros cuentan diversas aventuras protagonizadas por magos, “Turjan de Miir” (buscando la ayuda del misterioso Pandelume, en su dimensión privada de Embelyon, para perfeccionar su arte en la creación de vida), “Marizian el Mago” (que a la vuelta de éste a Ascolais lo aprisiona y tortura para intentar extraerle ese mismo secreto), “T’sais” (una mujer, creación imperfecta de Pandelume, que pide viajar a la Tierra Moribunda para descubrir la belleza y el amor que su cerebro defectuoso le impide apreciar) y “Liane el Caminante” (un sinvergüenza sin escrúpulos al que la petición de una chica le lleva a morder bastante más de lo que puede masticar).

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Los dos relatos más largos dejan un poco más de lado la faceta mágica y abrazan de forma decidida el concepto del futurismo ancestral, con sendas búsquedas de saberes antiguos. La de “Ulan Dhor” en una lejana ciudad donde por cinco mil años se vive un enfrentamiento entre partidarios de dos dioses (inventados por los mismos habitantes para aliviar su aburrimiento), que presenta ecos de la aventura de Conan “Clavos rojos”… aunque introduciendo elementos de ciencia ficción (como las aceras deslizantes de Asimos) y con una perspectiva muchísimo más irónica; y la de “Guyal de Sfere”, un muchacho con tantas preguntas en la cabeza que sólo el mítico Conservador del Museo del Hombre sería capaz de contestarlas todas, y en su búsqueda que parte con un caballo, una tienda expansible, un cuchillo-linterna y la bendición de su padre (siempre y cuando se mantenga en el camino).

En conjunto, los seis cuentos (el último con longitud de novela corta) ofrecen un breve atisbo a un mundo bastante menos sombrío de lo que podría dar a entender el título general. Prima la aventura, con unos personajes que no son por completo héroes ni villanos, ambigüedad que se extienden al propio tono de las historias, que presentan todas en mayor o menor grado un barniz irónico, adoptado al parecer de la obra de James Branch Cabell (la Ascolais de Vance podría inspirarse en la Poictesme de Cabell… lo cual es indudable con su serie fantástica posterior de Lyonesse).

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Desde una perspectiva moderna los textos pecan a veces un poco de ingenuos, aunque la ligereza con que se escribieron y con la que aspiraban a ser leídos permite soslayar en gran medida esta circunstancia. “Ulan Dhor” en particular, pese a los prestamos evidentes que manifiesta, constituye una lectura de lo más entretenida (sin desmerecer, por ejemplo, la vuelta de tuerca de “Liane el Caminante” o algunos episodios de “Guyal de Sfere”).

La influencia de “La Tierra Moribunda” ha sido grande. Aparte, como ya he comentado, de bautizar el subgénero, constituye una inspiración directa y reconocida de obras tan importantes como la serie del Libro del Sol Nuevo de Gene Wolfe o “Muerte de la luz” de George R. R. Martin (quien en 2009 coeditó una antología homenaje: “Canciones de la Tierra Moribunda”).

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El propio Vance retomaría el escenario en otros tres libros, que en conjunto componen la Saga de la Tierra Moribunda. Dos de ellos, el fix-up “Los ojos del sobremundo” (1966, con historias publicadas en su mayor parte entre 1965 y 1966 en The Magazine of Fantasy & Science Fiction) y la novela episódica “La saga de Cugel” (1983), tienen como protagonista a Cugel el Astuto, un pícaro modelado según personajes cabellianos como el protagonista de “Jurgen, una comedia de justicia”, aunque con una suerte mucho más oscilante. El cuarto es “Rhialto el poderoso”, una compilación de tres historias inéditas concernientes a dicho mago que fue publicada en 1984.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en agosto 5, 2014.

5 comentarios to “La Tierra Moribunda”

  1. Muy interesante, compañero. Un artículo bastante ilustrativo.

  2. Yo adoro a Vance, es uno de mis autores favoritos. Sus coloristas descripciones de los mundos imaginados son una delicia. Y el tío es un auténtico maestro describiendo físicamente a las personas.

    • En ese aspecto, tal vez “La Tierra Moribunda” es un poco primeriza, aunque ya apunta maneras en la descripción de sociedades singulares en “Guyal de Sfere”. Vance prolongó su carrera hasta el 2009, así que le dio para aprender un par de cositas en el interín.

  3. […] Jack Vance retomaría esta senda próxima a la espada y brujería a partir de 1950 con su saga de la Tierra moribunda, que, tal como parece, por fin da nombre al género. Su visión se basa más en la vertiente más […]

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