La muerte de la Tierra

Tras Jules Verne y Camille Flammarion, la ciencia ficción en lengua francesa alcanzó su madurez gracias a la obra de una pareja de hermanos belgas, Joseph Henry Honoré Boex y Séraphin Justin François Boex, quienes escribieron bajo el seudónimo conjunto de J. H. Rosny. Tras salir de Bruselas y pasar por Londres, los hermanos recalaron en 1885 en París, donde iniciaron una carrera literaria dedicada a la divulgación científica y a dos géneros muy peculiares: la ciencia ficción y la novela prehistórica, subgénero este último del que son considerados fundadores y al que contribuyeron con varios títulos, siendo el más famoso “La guerra del fuego” (1909). A partir del 1909 los hermanos iniciaron sendas carreras en solitario, conservando eso sí el seudónimo, al cual Joseph añadió “aîné” (el mayor) y Séraphin “jeune” (el joven).

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Así pues, J. H. Rosny Aîné publicó en 1910 “La muerte de la Tierra” (“La mort de la Terre”), una novela corta de ciencia ficción apocalíptica, que traslada al lector doscientos mil años en el futuro, a un planeta que poco a poco ha ido quedándose sin agua, y en el que los escasos descendientes de la humanidad (los Últimos Hombres) habitan en pequeños oasis de verdor en medio de desiertos habitados (y habitables) únicamente por ferromagnetales, una nueva forma de vida de origen mineral.

El protagonista de la historia es Targ, un hombre que presenta el atavismo de un espíritu combativo, que se niega a entregarse al fatalismo y la apatía de sus coetáneos. Así pues, no pierde la esperanza de que los mismos movimientos sísmicos que modelan catastróficamente la superficie de la Tierra y hacen que la poca agua restante se vaya filtrando hacia las profundidades ignotas puedan liberar depósitos vírgenes e ignotos del preciado líquido; de que el largo declive de los reinos vegetal y animal no sólo puede frenarse, sino incluso revertirse; de que hay todavía futuro para el ser humano. Los acontecimientos, sin embargo, parecen llevarle la contraria. Por cada pequeño paso que logra dar a favor de su gran objetivo, la naturaleza de devuelve un golpe mayor, y aunque nunca llega a perder la esperanza, la sombra del fin nunca deja de revolotear sobre él y los suyos.

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“La muerte de la Tierra” es una obra sorprendentemente madura, que anticipa escenarios pintados muchos años después por autores de la New Wave como J. G. Ballard (“La sequía”) o Brian Aldiss (“Un mundo devastado”). Pero ya no se trata sólo de temática, sino también de tratamiento. Quizás la imagen de un mundo moribundo (inspirado posiblemente en el Marte descrito en sus obras de divulgación por Camille Flammarion) no resulte tan aterradora como su descripción de la psique derrotista de los Últimos Hombres, capaces de entregarse sin emoción a los brazos de la muerte (en eutanasias masivas, programadas con la fría lógica que dicta no ya la supervivencia, sino el mero hábito de perpetuar fracciones progresivamente menores de la especie).

Sumado a este diezmo luctuoso, se presenta también la amenaza de lo desconocido, de lo absolutamente alienígena de la biología mineral llamada a sustituir al hombre (y nacida en cierta forma de ella, tras la nunca muy explicada era de la radioactividad, en la que se liberaron las fuerzas ocultas del átomo). Se trata de un tema que fascinaba al autor. Ya en su primera obra de ciencia ficción, “Los Xipéhuz” (1887, firmada con su hermano), especuló con organismos minerales, y aún ahondaría en el tema en “Les navigateurs de l’infini” (1925), en donde los presentaría como la Némesis de los últimos marcianos (e incluso en el prólogo a “La muerte de la Tierra” los presenta como prueba de las diferencias entre su obra y la de Wells).

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La ciencia ficción tardaría mucho en volver a presentar alienígenas (pues aunque su origen es terrestre, no dejan de ser alienígenas) tan extraños, y tendría que llegar un autor como Stanislaw Lem para presentar un alegato igual de poderoso sobre la tragedia de la imposibilidad de comunicación (en “El invencible”, por ejemplo).

Con “La muerte de la Tierra”, J. H. Rosny Aîné esboza un cuadro breve y poderoso sobre la decadencia, la futilidad y la muerte, reflejando quizás el pesimismo existencial de la época, que encontraría eco en la obra de muchos autores de ese género naciente que llegaría a ser conocido como ciencia ficción (con aportaciones de H. G. Wells, William Hope Hogdson, Arthur Conan Doyle, George Griffith…). Al mismo tiempo, sin embargo, no puede dejar de mostrar un leve atisbo de esperanza, o si no de esperanza al menos de continuidad, en la extraña vida de los ferromagnetales (una idea similar a la que casi un siglo después inspiraría “Inteligencia Artificial”).

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En contra de lo que a veces se piensa, la ciencia ficción no es necesariamente un género optimista. A lo largo de su historia, también ha servido para expresar inquietudes escatológicas, para destronar al ser humano y poner fecha de caducidad a su pretendido dominio sobre la naturaleza e incluso sobre sí mismo. Ha presentado ciclos de expansión e introspección, de fe en el futuro y pesimismo ante lo que nos pueda deparar. Ello convierte “La muerte de la Tierra” en un obra singularmente actual, que se atreve además a llevar sus ideas hasta sus últimas consecuencias.

A lo mejor la más terrible de ellas no es que nos enfrente con el fin de la Tierra, sino sólo con el fin de Nuestra Tierra. Existe vida más allá de nosotros… aunque sea una incognoscible vida mineral.

Entre las diversas ediciones de esta obra es posible encontrar tanto publicaciones independientes como en conjunto con otros textos de diversa longitud firmados por J. H. Rosny.

Otras opiniones:

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~ por Sergio en julio 13, 2014.

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