Aranmanoth

El miércoles de la semana pasada, de madrugada, nos dejó Ana María Matute, Premio Nadal, Premio Planeta, Premio Nacional de las Letras Españolas, Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil, Premio Cervantes, académica de la RAE (sillón K)… Su obra abarcó desde la novela realista (con la que se dio a conocer y sobre la que cimentó su prestigio) a los cuentos infantiles, incluyendo tres títulos atípicos, que han sido, quizás un tanto arbitrariamente, agrupados en lo que se conoce como su Trilogía Medieval, pues son textos ambientados en una alta edad media fantástica, que comprenden “La torre vigía” (1971), “Olvidado rey Gudú” (1990, su obra preferida y una de las mejores novelas fantásticas de la literatura española… si no directamente la mejor) y “Aranmanoth” (2000).

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“Aranmanoth” carece de la complejidad de su hermana mayor. De hecho, por estructura, es casi más un cuento o una fábula (aun con longitud de, al menos, novela corta) que una novela propiamente dicha. Lo que sí comparte con “Olvidado rey Gudú” (no he leído “La torre vígia”, así que ignoro cómo se relaciona con las otras dos) es una visión muy personal de la fantasía, alejada de las corrientes mayoritarias del género y muy próxima a los orígenes mismos de la fantasía feérica, los cuentos de hadas que se contaban en los salones franceses del siglo XVII, con una diferencia importante. Su visión del medievo (específicamente, de la alta Edad Media), no se encuentra tan idealizada, ni es ajena a las miserias del período. En cierto modo, los elementos fantásticos (que no son excesivos) establecen un contrapunto positivo, aunque no necesariamente compensatorio, a las carencias de la realidad. Esta concepción es central a “Aranmanoth”, que examina además otro de los temas principales de la autor, como es el contraste entre la niñez, la juventud y la edad adulta.

Aranmanoth_Destino

La historia arranca con el regreso del adolescente Orso al señorío de Lines, para hacerse cargo del mismo ante la enfermedad de su estricto padre. En el camino, se detiene en una fuente natural y su juventud y belleza enamoran a la ninfa que la habita, la más joven entre las hadas. De este encuentro fortuito (y prohibido) nacerá Aranmanoth, Mes de las Espigas, un niño con una doble naturaleza, humana y mágica, que a los nueve años será conducido junto a su padre, llevando consigo una trágica promesa de redención.

En los años transcurridos Orso ha perdido buena parte de su inocencia. A las órdenes de su conde se ha convertido en un soldado huraño, cada vez más parecido a su padre. Pese a todo, acoge a Aranmanoth con amor, no desprovisto de incertidumbre.

aranmanoth

La relación entre ambos se complica con la llegada de Windumanoth (nombre con que la bautiza Aranmanoth), una niña entregada como esposa, por motivos políticos, a Orso, quien la pone bajo la protección de su hijo, mientras parte de nuevo a la guerra. Ambos niños, de edad similar, crecen juntos, con Aranmanoth  debatiéndose por las contradicciones entre su mitad mágica y su (peor) mitad humana, y con Windumanoth enfrentada a la pérdida de la inocencia de su niñez con su añoranza por el Sur, la región casi mítica donde se crió y de la que partió para ser entregada al señor de Lines.

Llega un momento en que estos conflictos resultan demasiado intentos, y ambos, ya jóvenes y en el camino directo a la edad adulta, parten del castillo en busca de ese Sur mítico, una tierra lejana e inalcanzable, a la que resulta imposible regresar una vez ha sido dejada atrás.

“Aranmanoth” transita todo el rato al borde mismo de la alegoría, reflejando en todos sus personajes los cambios (negativos) que ocasiona el enfrentamiento cotidiano con la realidad (o, en otras palabras, el asumir responsabilidades e intereses adultos, entre los que se cuentan tanto la violencia como el amor). Así pues, desde Orso, cuya evolución (o involución) queda reflejada en los cambios físicos que sufre, hasta Windumanoth (destinada a la consumación de su matrimonio, que amenaza con marcar el fin definitivo de su niñez), todos los personajes se ven arrastrados hacia el cambio, incluso Aranmanoth, empujado por su mitad humana.

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Pese a todo, Ana María Matute logró esquivar el peligro de transformar su obra en un alegato rígido, de interpretación estricta, gracias a una prosa que trata la fantasía como importante en sí misma, sin el apoyo de posibles significados metafóricos. Es esa fantasía, el poder redentor de esa fantasía, lo que finalmente golpea y redime la realidad, pero es una redención melancólica, no exenta de pérdidas, pues, al fin y al cabo, el Sur es inalcanzable, y partir en su búsqueda una empresa irrealizable, destinada al fracaso, aunque, pese a todo, inspiradora.

Del mismo modo en que el libro transita por el traicionero límite entre alegoría y narración pura, busca un acuerdo similar entre nuestro yo infantil y nuestro yo adulto, entre magia y realismo. Ahí, en ese territorio incierto y esquivo, es donde podemos encontrar a “Aranmanoth”.

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Ana María Matute (26 julio de 1925 – 25 de junio de 2014)

IN MEMORIAM

Otras opiniones:

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~ por Sergio en julio 4, 2014.

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