Lumen: Historia de un alma

Junto con Jules Verne, la otra gran figura fundacional del romance científico francés (el que propició que el nuevo género fuera bautizado así) fue el astrónomo Nicolas Camille Flammarion, cuya obra fue considerablemente más especulativa y tan sólo un poco menos popular. El paso del tiempo, sin embargo, consolidó a Verne como un autor universal, cuya extensa obra sigue presente en múltiples ediciones en las librerías, mientras que los mundos de Flammarion cayeron poco a poco en el olvido.

Es hasta cierto punto lógico. Verne tenía la visión del ingeniero. Imaginaba máquinas que hacían cosas. Asombrosas, sí, pero sólidamente ancladas en una proyección más o menos directa de la tecnología de su época. Camille Flammarion, por su parte, llevó su especulación a las fronteras mismas del conocimiento científico contemporáneo, un territorio brumoso, impreciso, cuajado de trampas, espejismos y callejones sin salida, pero que al mismo tiempo constituye un terreno más fértil para la imaginación y mucho más apto para la disquisición filosófica.

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La contrapartida de estos dones se encuentra, por supuesto, en la obsolescencia de los planteamientos, a medida que la ciencia experimental va conquistando paso a paso los reinos abiertos antes sólo a la exploración especulativa.  La pervivencia de la obra depende entonces no de sí misma, sino de la pujanza de sus herederas intelectuales, he incluso en este aspecto la de Flammarion tuvo la mala suerte de que el foco de atención del género se desplazara hacia el mundo anglosajón, oscureciendo su importancia para los estudiosos que, con posterioridad, decidieron fijar los orígenes en Wells (concediendo en todo caso el título honorífico de abuelo a un Verne protegido por su continuada popularidad).

Camille Flammarion, pese a ser el autor de medio centenar de títulos a lo largo de sesenta años de actividad, no fue principalmente un literato, sino ante todo un científico, preocupado por la divulgación. Suyos son los primeros tratados astronómicos populares (entre los que destacan la “Astronomie populaire” de 1880 o la “Astronomie des dames” de 1907), así como numerosos estudios espiritistas. Esto es así porque aparte de su labor astronómica (con importantes investigaciones en torno al ciclo y a las manchas solares, a la geografía marciana y a los sistemas estelares dobles) aplicó la metodología científica a la cuestión espiritista, siendo publicadas su conclusiones en “La mort et son mystère” (1920-1922).

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Su obra de ficción bebe de ambos intereses (que no se encontraban por aquellas fechas tan alejados como hoy día podríamos suponer), y a ambos aplica el tratamiento especulativo. Destacaría, a mitad camino entre la divulgación científica y la especulación, su primer gran obra, “La pluralité des mondes habités” en donde “se exponen las condiciones de habitabilidad de las tierras celestes, discutidas desde el puno de vista de la astronomía, la fisiología y la filosofía natural” o, en otras palabras, la existencia y apariencia de seres extraterrestres adaptados a ambientes exóticos, diferentes de los que pueden encontrarse en la Tierra.

En 1872 publicó “Récits de l’infini” (“Relatos del infinito”), que incluía tres obras: “Lumen“, “Histoire d’une comète” y “Dans l’infini“.

“Lumen” es una novela corta escrita al estilo de un diálogo platónico entre Lumen, un espíritu recientemente descarnado, y Quaerens (el que interroga), un amigo del fallecido que recibe cuatro visitas de su espíritu, en donde le son reveladas una serie de observaciones recogidas por éste “de primera mano”.

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Así pues, en la primera noche Lumen relata los acontecimientos inmediatamente posteriores a su muerte y su traslado, prácticamente instantáneo, a un mundo en torno a la estrella Capella (que sitúa a 72 años luz de la Tierra, aunque actualmente se sepa que está a 42,2). Desde allí observa nuestro planeta, pero dado que su luz ha tardado 72 años en alcanzarle lo que contemplan es el reinado de terror tras la revolución francesa, e incluso llega verse a sí mismo recién nacido. Inicia a continuación un viaje acelerado hacia la Tierra, en el transcurso del cual contempla toda su vida en poco más de un día, reuniéndose con su antiguo yo físico en el momento del entierro.

La segunda noche narra cómo se alejó en dirección a la nebulosa de Andrómeda, a mayor velocidad que la luz, contemplando la extraña visión de un mundo desplazándose hacia atrás en el tiempo (justo por aquella época empezaba a especularse sobre la naturaleza del tiempo), lo que le lleva a teorizar sobre la relatividad del mismo (se trata de una ilusión perceptual, pero años después, Albert Einstein desarrolló su teoría de la relatividad especial tras soñar con un viaje sobre un rayo de luz, que bien pudo estar inspirado por la lectura de “Lumen”, un texto popular entre los físicos de la época). Es de destacar cómo aplica a la historia terrestre los conocimientos históricos, paleontológicos y geológicos de la época, en particular por lo que se refiere a la todavía polémica teoría de la evolución darwiniana (“Sobre el origen de las especies” había sido publicado en 1859).

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Dejando de lado las cuestiones “meramente” técnicas, cabría hacer mención en este caso de las poderosas imágenes que conjura, tan similares a las que casi cien años después utilizaría Brian Aldiss en “Criptozoico” que la coincidencia se me antoja casi imposible de no mediar un conocimiento previo de la obra de Flammarion por parte de Aldiss.

Sigue una reflexión filosófica sobre la pervivencia de todos nuestros actos, tanto los públicos como los privados, transportados por rayos de luz durante toda la eternidad (para examinarlos bastaría con situarse a la distancia correcta), así como un decidido rechazo a la guerra, permitiéndose incluso tirar de ironía (con especial atención hacia las guerras napoleónicas y con la exposición de un castigo ejemplar al propio emperador por la muerte que propició). Esto entronca directamente con la sección más especulativa del texto, en la que presta atención a la pluralidad de los mundos habitados.

Aquí me veo obligado a hacer un inciso para hablar del espiritismo francés, cuya sistematización se debe a Allan Kardec, con su obra de 1857 “Le livre des esprits“, con la que Flammarion se tropezó mientras se documentaba para “La pluralité des mondes habités“. El espiritismo francés, al contrario que el anglosajón, defendía la existencia de la reencarnación, a través de una cadena de evolución moral que no tenía el porqué verse limitada a la humanidad terrestre, sino que podía extenderse a otras humanidades dispersas por entre las estrellas. En particular, Flammarion fue un defensor de esta idea (que argumenta en “Lumen”), combinada con su mentalidad científica, que le hacía imaginar humanidades no necesariamente antropomorfas.

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Así pues, en “Lumen” presenta varias posibilidades fisiológicas, adaptadas en cada caso a las peculiaridades físicas de su mundo, incluyendo desde criaturas coloniales hasta plantas sentientes (de nuevo, aunque aquí el tiro es más aventurado, evoca el “Invernáculo” de Aldiss). Lumen expone a Quaerens su cadena de reencarnaciones, todas presentes y “simultáneas” merced a la limitación impuesta para la velocidad de la luz (a Capella llega al mismo tiempo su imagen terrestre, 72 años antes, y la del planeta de su anterior vida, a 172 años luz).

A siglo y medio de distancia, la ciencia de “Lumen” impresiona poco. Dedica casi la mitad de la obra a presentar con grandes esfuerzos conceptos hoy en día evidentes (al menos para el lector de ciencia ficción medio) y casi la otra mitad a defender posturas que se han probado erróneas (aunque examinados con mente abierta hay varios esbozos ciertamente notables, como una predicción de la labor de la información genética, atribuida a una ignota fuerza espiritual). Filosóficamente, sin embargo, dista mucho de ser desdeñable su profundo humanismo, su rechazo a la violencia y sus ansias de ascensión en la escala moral, así como el amor que exuda por el conocimiento científico (particularizado en la astronomía, siendo destacable, por ejemplo, su entusiasmo hacia el análisis espectral de astros distantes).

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En el apartado de las influencias, aparte de las ya propuestas para Brian Aldiss, se suele destacar la enorme similitud de planteamiento entre “Lumen” y “Hacedor de Estrellas“, de Olaf Stapledon (1937), y “La casa en el límite“, de William Hope Hodgson (1908), y apuntando más cerca de casa, Enrique Gaspar y Rimbau fue influenciado por la obra de su amigo Flammarion en la redacción de la primera narración sobre una máquina del tiempo: “El anacronópete” (1887) (se sabe que Wells conocía al menos la producción tardía de Flammarion, aunque no se puede asegurar si conocía “Lumen” en el momento de redacción de “La máquina del tiempo“). Quienes sí se refirieron específicamente a su obra (aunque no necesariamente a “Lumen”) fueron George Griffith (“The world peril of 1910”, 1907, se inspiraría en “La fin du monde”, 1893), Arthur Conan Doyle (la segunda novela del Profesor Challenger, “La zona ponzoñosa”, 1913, se inspiró en los estudios de Flammarion sobre los posibles efectos adversos de la cola del cometa Halley) y Edgar Rice Burroughs (en referencia al Marte descrito por Flammarion en “Uranie”, 1889, que sirvió de inspiración para su Barsoom).

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~ por Sergio en junio 23, 2014.

5 comentarios to “Lumen: Historia de un alma”

  1. Sergio, si me permites un comentario, me temo que has sido víctima de un “falso amigo”, tal como definen los profesores de idiomas a las palabras similares con significados diferentes. Roman en francés significa novela, no tiene nada que ver con el español romance. Así pues, no podemos hablar de “romance científico” (salvo que esté escrito en versos octosílabos de rima asonante ;-)) sino de “novela científica”.

  2. Lo sé, lo sé, pero es un “falso amigo” (hasta cierto punto) consolidado por más de un siglo de uso. En Inglaterra llamaron romances a las novelas que provenían de Europa (sobre todo Francia), por estar escritas en lengua romance (y porque muchas llevan en el título la palabra “Roman”). Luego, como buena parte de esta producción era de género, empezó a asociarse a un tipo particular de novelas, con elementos fantásticos o caballerescos. Hacia la segunda mitad del siglo XIX, empezaron a llegar obras fantásticas inspiradas por la ciencia, y de ahí pasaron a denominarse romances científicos.

    En teoría literaria, en cualquier caso, hay defensores del uso como anglicismo de “romance” para hacer referencia a novelas con elementos fantásticos.

    En español hay cierta controversia en el uso del término (hay quienes prefieren “novela científica”), pero yo he optado por conservarlo, como un arcaísmo (“romance” en su tercera acepción de la RAE, sigue haciendo referencia a las novelas de caballerías), para hablar específicamente de la ciencia ficción previa a la Primera Guerra Mundial (aunque se puede argumentar que ciertos autores británicos, como Olaf Stapledon, mantuvieron la tradición bien viva hasta al menos la Segunda Guerra Mundial, y que muchos otros fueron bastante reacios a pasarse a la “ciencia ficción” por considerar que el término denotaba populismo).

    Tal vez debería poner “romance” en cursiva, pero…

  3. Sergio, me temo que se te coló una errata:

    En 1972 publicó “Récits de l’infini”

    Supongo que querrías decir 1872.

    • Sí. Escribiendo fechas del siglo XIX en el blog a veces se me va el dedo solo al “9” (y ya no digamos cuando son de la década de 189X). Corregido. Gracias.

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