300: El origen de un imperio

Antes de abordar el comentario de la secuela de “300”, conviene dedicar unos párrafos a su adscripción genérica y a sus antecedentes, porque cualquier valoración dependerá en gran manera de las expectativas que se depositen sobre ella. Ya con la película original quedó claro que toda pretensión de verosimilitud histórica se hallaba ausente de la mente de los realizadores. “300” era a medias la exaltación de una leyenda (un mito fundacional de nuestra cultura, nada menos), a medias un espectáculo estético, que transformaba los hechos en materia de leyenda.

Quizás para enfatizar esa cualidad, primero el cómic de Miller y luego la película de Snyder recurrieron a la intromisión del fantástico en la narrativa, un recurso en esencia similar a las exageranciones de Herodoto. La medida del héroe la concede el adversario, y ambos, artistas modernos e historiador de la antigüedad, pretendían contraponer lo nuestro, lo cotidiano, con lo alienígena y desconocido. Más allá del “aquí hay dragones” de los mapas medievales, los dragones llegaron para invadirnos y cercenar nuestro futuro antes siquiera de haber tenido ocasión de cimentarse (desde nuestra perspectiva moderna, persas y helenos se parecen demasiado para lograr el mismo efecto de contraposición de mundos a través de una plasmación realista).

300-rise-of-an-empire-Temistocles

Pese a todo, la historia en sí no se apartaba en exceso de la crónica-leyenda arcaica. Tampoco tenía, atrapada entre las pétreas jambas de las Puertas de Fuego, demasiado espacio para desviarse: una pequeña alianza de griegos defiende durante tres días un estrecho paso frente a una fuerza muy superior (quizás hasta 50 veces mayor, según estimaciones modernas), optando los espartanos (además de tespios y tebanos, aunque el mito suele olvidarse de ellos) por la muerte antes que la retirada. Un sacrificio que alimentaría el fuego de la resistencia y que tal vez, a la postre, se probaría vital, desde una perspectiva anímica, para el fracaso de la segunda invasión persa.

Con la muerte de Leónidas, sin embargo, la guerra no había sino empezado. Quedaban dos años de luchas y muchas batallas decisivas. Material atractivo para una secuela (o varias). Siete años después de la primera película (un lapso considerable en ese negocio), llega su continuación (que en realidad sirve tanto de precuela como de secuela), que cubre sobre todo las batallas navales de Artemisio y Salamina. Aunque eso sí, con un enfoque ligeramente distinto.

Y es que incluso la fantasía histórica tiene sus reglas, y aunque las exigencias son un poquito más laxas que en el caso de la ficción histórica (del mismo modo que a ésta se le exige menos que la crónica histórica), un factor muy importante para su disfrute es la habilidad con la que sabe entretejer realidad contrastada y elementos fantásticos, encajando éstos entre los huecos dejados por el paso de los siglos en el registro “oficial”.

Existe, sin embargo, un escalón adicional, el de la fantasía con elementos históricos, que no tiene el porqué verse constreñida por los mismos condicionantes, donde tienen cabida desde auténticos despropósitos (históricos) como Xena (el que sea un despropósito no implica que no sea divertido) o “El rey escorpión”, hasta interpretaciones libres (casi siempre con un motivo ulterior), como el caso que nos ocupa.

300-Rise-of-an-Empire

Ahora bien, en el caso de estas guerras médicas, ¿sigue sirviendo el mismo enfoque con respecto a la inclusión de elementos fantásticos? Más bien no. Al renunciar a asideros sólidos, se hace imperativo relajar la carga de fantasía para mantener el interés del espectador. Así pues, en “300: El origen de un imperio”, salvo algún que otro guiño decorativo, apenas queda la divinidad de Jerjes para recordarnos que no estamos ante un relato con pretensiones de ser interpretado al pie de la letra. En otras palabras, la fantasía, aun controlada y delimitada,  otorga carta blanca (hasta cierto límite) para adaptar la realidad al antojo de los creadores (partiendo de Frank Miller, los guionistas Kurt Johnstad y Zack Snyder, que actúa también como productor, y el director semi novato Noam Murro); establece un pacto con el espectador, del que conviene ser consciente para no pedirle a la película lo que no puede, ni quiere, ofrecer.

¿Qué es lo que sí ofrece?

De nuevo la respuesta sería doble. Por un lado, tenemos de nuevo el impacto puramente estético, desde la magnificencia de los escenarios (mejor el esplendor oriental de Persépolis que la poco inspirada recreación de Atenas) hasta la visualización de escenas impactantes, con una composición deudora, como no podía ser de otro modo, del lenguaje del cómic (aunque a “Jerjes”, la obra de Miller en la que se inspira, le falta mucho por estar completa). Quizás haya un exceso de cámara lenta (¡Pero qué bonito es todo a cámara lenta!), y tal vez los borbotones de sangre  lleguen por momentos al borde del ridículo a base de exageración, pero no se le puede negar que mantiene el tono de la primera película, evolucionando a partir de ella de un modo que no han sabido los muchos imitadores (“Immortals”, “Furia de titanes” o la reciente “Hércules, el origen de la leyenda”). Supongo que en este apartado habrá que incluir también, para parte del público objetivo, la profusión de abdominales.

kinopoisk.ru

Pero al igual que “300” (la primera), también aspira a contar algo más, y careciendo de las arquetípicas sublecturas de la resistencia de los espartanos, se ve en la obligación de inventarse un mito, bien sea por la incapacidad de reconocer la relevancia épica de la batalla de Salamina (quizás uno de los enfrentamientos cuyo resultado más ha marcado el rumbo de la historia), o más probablemente por cierta tozudez conceptual, unida al temor de perder al público si no se le ofrece más o menos lo mismo que en la primera ocasión.

Así, la película encuentra al sucesor de Leónidas en Temistocles, strategos ateniense, al que transforman en un entregado soldado, que debe convencer a los timoratos políticos helenos para unir una armada con la que enfrentarse a la de los persas (obviando, por supuesto, el hecho de que guerra y política iban de la mano en la antigua Grecia, y precisamente Temistocles fue uno de los más destacados políticos de la época). Como no había suficiente disparidad de fuerzas según las fuentes clásicas (que sitúan la desventaja en barcos en torno a 4 a 1), le privan de efectivos y, además, reducen el tamaño de sus “trirremes” (los llaman así, aunque tienen como mucho un par de filas de remos) a cajas de cerillas flotantes, minúsculas en comparación con las masivas galeras persas.

Pese a sus más denodados esfuerzos, el personaje simplemente carece del carisma de Leónidas (resulta triste constatar la pobre retórica de sus discursos y arengas, sobre todo teniendo en cuenta que el personaje en que se basa logró convencer a los atenienses para sacrificar su ciudad), así que se impone la necesidad de tener un adversario a la altura (y Jerjes no sirve, que durante buena parte del metraje está ocupado en un pequeño atasco en las Termópilas). Así pues, los guionistas (ignoro hasta qué punto siguiendo las directrices de Miller), decidieron emplear a uno de los personajes más curiosos de la contienda: Artemisia, reina de Halicarnaso, ciudad cliente del imperio aqueménida (como muchas otras polis griegas jonias).

300-rise-of-an-empire_artemisia

Eso sí, la original no bastaba, así que la promocionan de comandar sus cinco naves a liderar la flota invasora (aunque sí es cierto que contaba con la confianza de Jerjes), y como no convenía al subtexto de la película mentar que en el ejército persa había también griegos, le conceden una historia trágica y un deseo de venganza atroz, que explican su rabia en contra de los suyos. Lo cierto es que es algo de lo que estar agradecidos, pues Eva Green es de lo mejor de la película, otorgando a su personaje la intensidad necesaria para cubrir el hueco de Gerard Butler (quien rechazó participar en la secuela).

Planteado el escenario, toca profundizar en esa sublectura a la que aludía, y es ahí donde el asunto puede torcerse para más de uno, porque los creadores aprovechan la historia para ensalzar el imperialismo, a través de un encendido discurso a favor del militarismo. Porque ese imperio que se origina en el subtítulo (o se alza según “rise of an empire“) no es el persa, sino el ateniense (la segunda invasión persa provocó la consolidación de la Liga de Delos, una confederación de ciudades griegas bajo el liderazgo de Atenas, que ejercería la hegemonía en la región hasta el año 404 a.C.).

Mientras los espartanos sólo buscan una buena muerte, los atenienses, en la película, tienen algo más importante que defender, su nuevo sistema de gobierno, la democracia (vigente desde las reformas de Clístenes en torno al 507 a.C., veintisiete años antes de Salamina). Hasta ahí todo bien. El propio Herodoto plantea el enfrentamiento entre griegos y persas en esos términos. Sólo que algo no termina de encajar. El lenguaje y los argumentos esgrimidos son anacrónicos. A poco que se analice queda de manifiesto que la película no está hablando del imperialismo ateniense, sino que apunta más cerca de casa.

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Desde hace unos años, en una dinámica continuada que culminará a finales de año con la retirada de Afganistán, la política exterior estadounidense ha estado virando, alejándose del intervencionismo militar a gran escala. De igual modo, está planificada la renovación de su ejército, reduciendo efectivos y haciéndolos más especializados, con unidades más aptas para cumplir objetivos específicos y limitados que para largas ocupaciones. En este contexto, una película como “300: El origen de un imperio” parece posicionarse claramente en contra de esta tendencia, enalteciendo la guerra y señalando a los guerreros como garantes de la democracia.

Ojo, escapa (por los pelos), de ser un mero panfleto probélico, al mantenerse alejada de la alegoría pura y dura, aunque un superficial análisis del guión no puede sino constatar la reiteración de varias ideas, a saber: democracia frente a tiranía, deber patriótico de defender por las armas esa democracia y unión de intereses (con renuncia a ciertas prerrogativas) frente al enemigo.

Lo bueno es que se posiciona pero no impone sus argumentos. También evita cuidadosamente insinuar fundamentos religiosos en el choque entre culturas (el que Jerjes sea un dios reviste bien poca importancia). Supongo que sería posible encontrar paralelismos con algún conflicto en la historia reciente de los EE.UU. (y hasta es posible que alguno haya), pero no parece ser esa la intención.

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También es de agradecer que, al igual que ocurre con “Tropas del espacio“, no idealiza la profesión de soldado (lo cual, en cierto modo, equivaldría a minusvalorarla), sino que incluso se recrea en las penalidades y en los riesgos. Sin ellos, no hay sacrificio, y sin sacrificio no hay valor. Se adhiere pues al sentir de una de las citas más famosas de Thomas Jefferson (tercer presidente de los EE.UU.): “El árbol de la libertad debe ser regado a menudo con la sangre de patriotas y tiranos”. La sangre, sin duda, se derrama con prodigalidad en “300: El origen de un imperio”.

Queda abierta la puerta para concluir la reinterpretación de la Segunda Guerra Médica con una tercera película, que plasmaría las batallas de Platea y Mícala, aunque si alguien está interesado en los hechos (lo cual no implica que no lo esté en la estética de este producto), mejor buscar información en otra parte. Nunca está de más leer a Herodoto (teniendo presente que él también miente lo suyo cuando le conviene) u, optando por algo más moderno (y en el campo de la ficción), recurrir a alguna de las muchas novelas sobre el conflicto, como “La puertas de fuego” de Steven Pressfield o “Salamina” de Javier Negrete.

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~ por Sergio en marzo 13, 2014.

2 comentarios to “300: El origen de un imperio”

  1. Magnífico artículo, Sergio. No he visto la película (de momento) pero llevo un tiempo leyendo bastante sobre el momento histórico que más o menos toca. Muy interesante el análisis.

    • Es un período fascinante: las Guerras Médicas, el Siglo de Pericles, el Imperio Persa Aqueménida… y un gran escenario para ambientar fantasía épica sin ir a caer en el tan manido Medievo. Gracias, Kachi.

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