Schild’s ladder

En ciencia ficción hay determinados autores cuya obra puede contemplarse como una serie lógica, en la que cada nuevo elemento surge de los anteriores, ocupando su lugar en una proyección temática y filosófica cuyas raíces pueden rastrearse con precisión casi matemática. Entre ellos se cuenta sin duda Greg Egan, y un buen ejemplo de esta dinámica lo podemos encontrar en “Schild’s ladder” (2002), su séptima novela, aún inédita en español.

Dejando un poco de lado su título anterior (“Teranesia”), podemos encontrar en este libro conceptos que empezaron a fermentar en su Trilogía de la Cosmología Subjetiva, se concretaron en “Diáspora” y evolucionaron en “Incandescence” y la trilogía “Orthogonal” (“Zendegi”, por su parte, constituye una relativa digresión, o quizás un apéndice, que explora en detalle un fundamento muy concreto de la ficción eganiana).

Schild's Ladder

Por un lado, estaría la especulación en torno a la física cuántica. Después de optar por la interpretación de Copenhague para “Cuarentena” (1992), acaba decantándose por la teoría de los muchos mundos de Everett como fundamento para la reflexión filosófica (y ética), que conduce a la invención del Qusp, un sistema que otorga el control a los seres humanos para tomar auténticas decisiones, sin crear universos paralelos donde se hacen efectivas cada una de las opciones. La invención de este sistema se detalla en la novela corta “Singleton” (2002), y en “Schild’s ladder” se encuentra implementado en todos los humanos (ya sean acorpóreos o carnosos). Se le añade a todo esto la ampliación del concepto de decoherencia (el proceso por el cual los fenómenos cuánticos no se aprecian a nivel macroscópico, donde parecen regir las leyes físicas clásicas) como uno de los pilares básicos de la novela, que lo eleva a la siguiente potencia.

Y es que la Teoría del Todo (la teoría unificadora de todas la fuerzas), cuyo descubrimiento suponía el colofón de “El instante Aleph” (1995) ya no es suficiente. Egan extiende la especulación en torno a los más novedosos desarrollos en gravedad cuántica (la rama que busca explicar la gravedad como un fenómeno cuántico), de donde ya extrajo la teoría del Polvo en que se basa “Ciudad Permutación” (1994), para entrar de lleno en lo que definiría, estableciendo el paralelismo con la ucronía, como ulogía; es decir, la creación de una disciplina científica alternativa a la nuestra; experimento que ya había llevado a cabo en “Diáspora” (1997) y que repetiría con “Incandescence” (2008) y, sobre todo, la trilogía “Orthogonal” (2011-2013).

El tercer pilar filosófico de la obra sería la continuación de su examen de la naturaleza transhumana (cuya evolución quizás se aprecie mejor a través de las antologías “Axiomático”, de 1995, y “Luminoso“, de 1998, aunque el antecedente directo sea “Diáspora”). Con especial atención a la sexualidad, en la línea ya explorada con la novela corta “Oceánico” (1998, premio Hugo y Locus). A este respecto, la mayor novedad introducida se basa en el concepto que da título al libro, la escalera de Schild, un método de aproximación al transporte paralelo de un vector a lo largo de una curva, que Egan emplea como metáfora del recorrido vital de un ser humano, y de la importancia del trayecto recorrido para determinar la orientación del vector de estado (es decir, la personalidad) transportado.

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A todo esto, aún no he comentado de qué va exactamente la novela. La trama, vamos. Lo que habitualmente constituiría la base de la reseña. El caso es que no puedo dejar de sentir que la trama (sin estar exenta de interés), resulta un tanto secundaria.

Dentro de veinte siglos, la humanidad se ha extendido por la galaxia, colonizando cientos de planetas. La muerte definitiva es prácticamente desconocida (pues una muerte local siempre puede revertirse a través del backup del Qusp personal, constituyendo apenas un caso de amnesia limitada) y la tensión sexual ha desaparecido por completo, pues todos los humanos (los que siguen usando cuerpos) son bipotenciales (cuando dos individuos se sienten atraídos, la comunicación hormonal hace que desarrollen genitales complementarios). Durante la mayor parte de este lapso, la indisputada física subyacente a la realidad se explica a través de la Teoría de Grafos Cuántica, desarrollada por un/a tal Sarumpaet (que se fundamenta en la Teoría de la Gravedad Cuántica de Bucles, la principal competidora de la Teoría de Cuerdas).

Entonces, un experimento aparentemente inócuo provoca una catástrofe sin precedentes, al generar un núcleo de neo-vacío (un fenómeno emparentado, aunque no idéntico, a la hipotética generación de una burbuja de vacío más estable) que empieza a expandirse a la mitad de la velocidad de la luz, devorándolo todo a su paso.

Seiscientos años después, con la humanidad retirándose a medida que el frente avanza, el estudio del neo-vacío se concentra en la Rindler (en honor del físico Wolfgang Rindler), una astronave que viaja justo por delante de la burbuja y a su misma velocidad. Con el paso de los siglos, han surgido dos grupos enfrentados: los Preservacionistas, que buscan revertir el proceso a cualquier precio, y los Rendicionistas, que consideran el universo que hipotéticamente existe del otro lado del frente demasiado fascinante como para destruirlo sin más, sin haber intentado siquiera entenderlo antes.

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A través de un recién llegado, Tchicaya (un rendicionista), la novela nos introduce en el ambiente de la Rindler, a mitad camino entre una comunidad científica y el escenario de un enfrentamiento entre bloques, poco antes de que se produzcan novedades significativas que, por primera vez, permitirán hipotéticamente a ambos grupos alcanzar sus respectivos, y antagónicos, objetivos.

Con este planteamiento, Egan aborda la exploración de los temas que exponía al inicio de esta reseña. Con un éxito desigual, todo sea dicho.

La especulación, qué duda cabe, es fascinante, aunque requiere de una competencia física y matemática muy elevada o, cuanto menos, más elevada que la mía (lo cual tampoco es decir mucho) para apreciarla a fondo. Aparte de las complicaciones derivadas de lo puntero de las disciplinas implicadas, no creo que nadie pueda afirmar que Greg Egan es un buen divulgador, resultando en intercambios de información poco menos que crípticos entre los distintos personajes (transhumanos).

En otras palabras: los conceptos de base son poderosísimos, aunque exigen para su disfrute de un esfuerzo no sólo grande, sino que casi me atrevería a decir que injustamente grande, pues parte de la tarea de un escritor de ciencia ficción consiste en saber transmitir ideas técnicamente complejas a un público bien dispuesto hacia la ciencia aunque no necesaria (ni principalmente) experto. Se trata de un equilibrio complejo, pues de igual modo debe evitarse caer en sobre explicaciones o en un didactismo mal concebido, y a los escritores hard, habida cuenta de su público objetivo, siempre se les permite llegar un poquito más lejos, pero en este caso tal vez a Egan se le haya ido un poco la mano.

Tampoco la faceta humanista acaba de cuajar, pues frente al imponente componente técnico queda un tanto desdibujada, sin terminar de explotar esa vertiente ética que suele constituir uno de los principales atractivos de la obra del autor. Por mi parte, por ejemplo, hubiera aplaudido que el libro se hubiera extendido más en examinar las implicaciones de la metáfora del transporte paralelo aplicado a la trayectoría vital.

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Con todo esto no quiero dar a entender que el libro sea malo, ni mucho menos. Constituye, eso sí, un pequeño paso atrás con respecto a “Diáspora”, a la que quizás supera en ambición especulativa, aunque ni mucho menos se acerca en solidez argumentativa y en pura audacia para llevar los planteamientos hasta sus últimas consecuencias (el tramo final de la novela, del que no revelaré ningún detalle más, resulta tan asombroso por el lugar al que, literalmente, nos lleva como frustrante por la superficialidad y apresuramiento con que lo despacha).

“Schild’s ladder” es una novela imprescindible para cualquier aficionado al hard que se precie, aunque tal vez no resulte tan recomendable para lectores con una actitud menos entusiasta frente a los desafíos conceptuales que plantea la física de vanguardia (y no digamos ya la ufísica más ambiciosa). Incluso sin alcanzar a seguir al ciento por ciento sus desarrollos, y con una historia principal que no cierra de forma plenamente satisfactoria, sus páginas esconden auténticas joyas para quienes tengan la tenacidad (y las herramientas) necesarias para desenterrarlas.

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en febrero 27, 2014.

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