The citadel of fear (La ciudadela del miedo)

La carrera de Francis Stevens fue breve, apenas cuatro años (entre 1917 y 1920), con una postrera novela corta aparecida en 1923 (y una solitaria aportación juvenil en 1904).  En total, cinco novelas y otros ocho textos de distinta longitud, aparecidos mayoritariamente en The Argosy y su revista hermana, All-Story Weekly.

Pese a lo parco de su producción, se trata de una de las figuras más importantes e influyentes de la fantasía pulp americana, entre otras razones, porque bajo ese seudónimo se escondía (por imposición editorial) Gertrude Barrows Bennett, la primera autora relevante de fantasía en EE.UU. y, de hecho, la primera influyente desde Mary Shelley, casi un siglo antes. Cuestiones de género aparte (que, de hecho, sólo se supo públicamente en 1952), la obra de Francis Stevens seguiría constituyendo un hito fundamental en el desarrollo de la fantasía. De forma específica, se le atribuye la creación (o cuanto menos la popularización) de la fantasía oscura, es decir, aquélla que incorpora elementos propios de la literatura de terror.

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Durante su período activo, las revistas pulp eran generalistas. Es decir, bajo la misma cabecera se publicaba tanto fantasía como ciencia ficción o terror, pero también literatura de género no fantástica (policíaco, aventuras, romance…). Poco después empezaron a aparecer títulos especializados, y uno de los primeros estaba orientado precisamente hacia esa mezcla peculiar de la que Bennett fue pionera. Se trata de Weird Tales, que inició su andadura en marzo de 1923 (en los números de julio y agosto se publicó “Sunfire”, su última novela corta) y que a la larga dio su nombre definitivo al subgénero (weird fiction).

Entre aquellos a quienes influyó, se cuenta, por propia confesión, Abraham Merritt (de hecho, durante décadas corrió el rumor de que Francis Stevens era uno de sus seudónimos, tal era el grado de afinidad), aunque leyendo títulos como el que motiva esta entrada no pueden dejarse de apreciar enfoques e incluso estética o personajes que luego desarrollarían los grandes nombres de Weird Tales (H. P. Lovecraft, Robert E. Howard y Clark Ashton Smith).

Su novela más famosa es “La ciudadela del miedo” (“The citadel of fear”), serializada en The Argosy entre septiembre y octubre de 1918.

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La primera parte de la historia pertenece a la tradición del imperio perdido, popularizado por Henry Rider Haggard a partir de 1887. Dos aventureros estadounidenses, Colin “Botas” O’Hara (un pelirrojo mocetón irlandés, de veinte años y dos metros de fibroso músculo) y Archer Kennedy (más pequeño, más amargado y algo mayor), están a punto de perecer en los desiertos mejicanos cuando llegan a una misteriosa hacienda, sita en las estribaciones de los Collados del Demonio, una región de mala reputación.

Tras diversos encontronazos con los locales, son hechos prisioneros y conducidos a una ciudad escondida, Tlapallan, habitada por una misteriosa raza de indígenas de tez blanca. Allí, oculto del mundo, sobrevive el último remanente de la civilización azteca, una comunidad de sacerdotes y guerreros, consagrados a los distintos dioses de su panteón, enzarzados en un peligroso juego de poder entre los seguidores de Quezalcoatl (el dios del viento y la sabiduría) y Naoc-Yaotl (Tezcatlipoca, el dios de la noche, la guerra y la brujería).

La descripción de Tlapallan no tiene nada que envidiar a ningún imperio perdido, destacando, en contraposición a lo que solía ser habitual en Haggard, la presencia del elemento fantástico, en forma de un lago que arde sin llamas por la noche, iluminando el paisaje con una luz fría (supuestamente porque el Sol duerme en su seno), mastines gigantescos y guardianes de la paz, albinos y no menos titánicos, que median en los frecuentes conflictos entre los seguidores de uno u otro dios.

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Cabría destacar la personalidad que la autora sabe imprimir a su héroe, Colin O’Hara, que lejos de ser un bruto impetuoso se presenta como un hombre mesurado, caballeroso incluso, sin renunciar para nada al valor y a la acción cuando la situación lo requiere (en contrapartida, resulta bastante inocentón, defecto achacable sin duda a su edad). Por el contrario, Kennedy se nos presentan como el típico aventurero ávido de riquezas y falto de cualquier sombre de escrúpulo.

Las aventuras en Tlapallan se cortan en seco (al terminar la primera entrega) en un momento de tremenda tensión entre las castas sacerdotales, con ambos intrusos metidos en un serio brete por distinto motivo, y de forma brusca nos encontramos con O’Hara, quince años mayor, visitando a su hermana recién casada, Cliona, en San Francisco. En pocas palabras nos cuenta cómo fue expulsado, que logró sobrevivir al desierto y que para cuando consiguió montar una expedición y regresar Tlapallan había desaparecido, sumergida bajo las aguas del lago, que se había desbordado y ya no presentaba ningún comportamiento peculiar. De la aventura, lo único que conserva es una representación de Quetzalcoalt en cerámica lacada, recuperada de las ruinas de la hacienda.

TheCitadelofFear

Allí, habiéndose quedado Cliona sola, el bungalow donde vive recibe la monstuosa visita de una bestia blanca que arrasa media vivienda antes de ser rechazada a tiros por la joven (quien, en la más pura tradición gótica, se desmaya a continuación, aunque sus actos posteriores la alejan decididamente del papel de frágil damisela que los autores varones solían reservar para las mujeres). Asume esta sección las características de una historia de misterio con tintes sobrenaturales, donde no falta el policía inepto y presuntuoso (aunque más tarde tendrá oportunidad de redimirse un poco). Por supuesto, no se trata de una afrenta que Colin O’Hara esté dispuesto a tolerar, así que engaña a su hermana y su marido para poder quedarse a solas en el bungalow a esperar nuevas visitas, que en efecto no tardan en producirse (con distintos desenlaces).

Se trata, sin duda, del segmento menos interesante de la obra, pues aunque demuestra una capacidad literaria más que notable (superior en mi opinión a la del más famoso Merritt), lo cierto es que después de los acontecimientos en Tlapallan, la relativa cotidianidad de los hechos narrados resulta anticlimática (permite, eso sí, desarrollar la personalidad de Colin de un modo que la fantasía estadounidense tardaría mucho en replicar, destacando más que sus grandes virtudes, los pequeños defectos, como su impetuosidad, que las hacen resaltar).

Con la localización de la fuente de los ataques, una finca donde presuntamente se experimenta con animales (en la localidad de Undine, quizás como homenaje a la popular historia de la Motte Fouqué), la historia remonta de nuevo, aunque en una dirección por completo inesperada. Como si de un relato gótico se tratara, nos encontramos con una mansión misteriosa, tétricos sirvientes, monstruosidades, científicos locos y una muchacha prisionera, tan bella como enigmática. El desarrollo, con ecos evidentes de Poe (“La caída de la casa Usher”) y reconocidos de Wells (se mencionan específicamente los paralelismos con “La isla del Dr. Moreau“), inyecta en la historia mucho más horror y elementos de ciencia ficción (con una reflexión no muy bien fundada pero sorprendentemente intuitiva, habida cuenta de los conocimientos de la época, sobre desdiferenciación celular).

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El tramo final de la novela es trepidante, retomando los elementos mitológicos (la autora muestra un conocimiento nada desdeñable del panteón azteca) y conjurando horrores como los que plagarían los relatos de Lovecraft. Los héroes, sin embargo, son más bien howardianos en su negativa a rendirse al horror. El cierre llega en un clímax apoteósico, que constituye una muestra excepcional de lo que acabaría denominándose weird fiction.

En su conjunto, pese a constituir una novela un tanto desarticulada (y con algún que otro desarrollo excesivamente folletinesco), no cabe duda de que “La ciudadela del miedo” es una obra adelantada a su tiempo. Desde los misterios ancestrales de Tlapallan hasta el horror que bien podría definirse como cósmico de la finca de Undine, acompañamos a Colin O’Hara, un héroe de una pieza, favorecido por Quetzalcoalt, enfrentado “a un experimento biológico de lo más singular o a la invasión más siniestra y extraordinaria que jamás haya amenazado a la raza humana”.

Otras opiniones:

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~ por Sergio en febrero 18, 2014.

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