The ship of Ishtar (La nave de Ishtar)

Durante unos años, algunos estudiosos hablan del período de entreguerras y otros lo extienden hasta bien entrados los años sesenta (cuando las obras de Edgard Rice Burroughs, Robert E. Howard y J.R.R. Tolkien alcanzaron su máxima popularidad gracias a las ediciones de ACE y Ballantine), el escritor de literatura fantástica más famoso del mundo fue Abraham Merritt, y eso que apenas contaba en su haber con ocho novelas y un puñado de relatos (sólo nueve publicados en vida). Lo escaso de su producción se debe a que la literatura no era sino una ocupación secundaria. Su (magnífico) sueldo lo ganaba como periodista y editor (de The American Weekly, el suplemento dominical durante 70 años de la Hearst Corporation).

Su posición acomodada le permitió viajar por todo el mundo coleccionando objetos curiosos y dedicarse a diversos pasatiempos, como el cultivo de plantas relacionadas con las prácticas mágicas, el estudio del ocultismo (llegó a reunir una biblioteca con 5.000 títulos sobre el particular)… y la escritura de aventuras pulp.

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Pese a que vendió en su momento millones de libros, hoy en día es un autor casi olvidado, superado en fama por algunos de los escritores a los que influyó (como H. P. Lovecraft y, posiblemente, Robert E. Howard). De toda su obra, el título que más ha perdurado es “La nave de Ishtar” (“The ship of Ishtar”), publicado originalmente en seis entregas en la revista pulp Argosy All-Story Weekly entre noviembre y diciembre de 1924, y por primera vez como libro independiente en 1927, en una versión ligeramente abreviada y retocada que ha sido la base para la mayor parte de reediciones (salvo las de 1949 y 2009). En España contamos con una única edición, por parte de Valdemar, en 1991.

La historia narra las aventuras de Kenton, un arqueólogo neoyorquino, que un día recibe de parte de un colega un extraño bloque de piedra obtenido en unas excavaciones en la antigua Babilonia. Al partir accidentalmente el bloque, descubre en su interior la maqueta de un barco, una galera, de proa blanca y popa negra, navegando por un mar de lapislázuli. Cuando se acerca a examinarla, una extraña bruma lo envuelve y su cuarto se desvanece, apareciendo sobre la cubierta de una nave idéntica al juguete, en marfil y ébano, navegando sobre un mar turquesa, en medio del enfrentamiento mágico entre dos fuerzas antagónicas.

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Kenton comienza entonces a ir y venir entre su realidad y el mágico mundo de la galera, que pronto descubre que es el escenario de un cruel castigo, decretado por Ishtar, diosa de la vida y del amor, y Nergal, dios de la muerte, por culpa del amor prohibido entre la suma sacerdotisa de una y el sumo sacerdote del otro.

Aunque aquellos que cometieron el pecado lograron escapar a su destino, en la nave han quedado atrapados Sharane y Klaneth, los segundos de ambos, que perpetúan una contienda sin sentido desde los tiempos de Nínive. En cuanto al océano que transitan, pertenece a un plano propio, habitado por individuos de una plétora de civilizaciones de la antigüedad, arrancados de su tiempo y conducidos por medios nunca explicados al archipiélago del mar turquesa, donde se alza una única urbe, Emakhtila, la ciudad de los hechiceros.

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La sorpresiva aparición de Kenton rompe el equilibrio de milenios, aliándolo (tras una serie de malentendidos) con Sharane, en contra del sacerdote de Nergal. Así, con la ayuda de Sigurd, un vikingo esclavizado a los remos de la galera; Gigi, un asirio de piernas minúsculas y torso y brazos de gigante; y el persa Zubran, atado con engaños al destino de Klaneth, Kenton logra conquistar la nave (y a Sharane). Mas esta victoria no es sino el inicio de sus aventuras, pues el sacerdote de Nergal logra escapar y jura dedicar todos sus recursos a vengarse y recuperar lo que era suyo.

Las peripecias de Kenton en el mundo mágico de la galera de Ishtar siguen al pie de la letra las convenciones de la novela de aventuras decimonónica, una tradición que se puede rastrear al menos hasta el folletín, con ecos Dumas (en particular de “Los tres mosqueteros”) presentes en la obra. También constituye una influencia palpable (y reconocida), el trabajo de Henry Rider Haggard, de entre el que destacaría como antecesora más o menos directa la serie sobre “Ella” (que consta de cuatro novelas, la última de ellas, “Hija de la sabiduria”, publicada apenas un año antes y con conexiones temáticas muy importantes con “La nave de Ishtar”). La otra gran influencia cabría encontrarla en Francis Stevens, seudónimo de Gertrude Barrows Bennet, “inventora” de la fantasía oscura (“La ciudadela del miedo“).

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El principal atractivo de la literatura de Merritt reside en su estilo y en sus vívidas descripciones de escenarios tan misteriosos como apabullantes (como el zigurat de los dioses en Emakhtila). Sus personajes, por contra, apenas quedan esbozados, con unas motivaciones mal definidas e incluso responsables de decisiones que sólo pueden calificarse como estúpidas. En cuanto al estilo… es peculiar. Utiliza a menudo construcciones extrañas, cambiando el orden natural de los elementos de la frase y recurriendo (de un modo un tanto aleatorio) a arcaísmos, buscando más que la excelencia literaria (que no alcanza) el exotismo y el impacto (es de destacar en este sentido el uso profuso de los signos de exclamación a lo largo de toda la novela). Todo lo cual juega en su contra frente a un público moderno, y explica quizás en parte su caída en el olvido.

A lo largo de los años se han buscado numerosas interpretaciones a la novela. Estaría, por ejemplo, la disputa entre realidad y fantasía por atraer la atención de Kenton, lo cual podría interpretarse como una reflexión sobre el escapismo. También dedica muchos párrafos a examinar la relación entre símbolo (la galera de juguete) y realidad (la galera de Ishtar en el mar turquesa), así como la paradoja de que el pecado es posible únicamente porque los dioses nos hicieron falibles, así que en última instancia todo pecado sería responsabilidad suya. Estas ideas, sin embargo, son expuestas a un nivel muy superficial, y yo al menos no he sabido extraer una tesis completa y bien definida en la historia.

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De igual modo, es motivo de controversia el modo en que el protagonista, un hombre del siglo XX, acepta sin preocupaciones (y explota) la esclavitud de sus compañeros de cautiverio (salvo Sigurd, que tiene la suerte de haber sido encadenado al mismo remo). De igual modo, su “cortejo” a Sharane supura un machismo desatado, hasta el punto que, según como se interprete la historia, bien podría argumentarse que Kelton satisface en la dimensión mágica anhelos reprimidos, inaceptables en el mundo civilizado del que procede (y del que reniega sin pensárselo siquiera).

Para terminar, no me resisto a comparar el batiburrillo cultural de Emakhtila, donde se entrecruzan sin problemas egipcios, persas, asirios, romanos, griegos, cretenses y un vikingo extraviado, con el escenario de algunas fantasías estadonunidenses modernas, sobre todo en el plano audiovisual (de las que el principal exponente sería quizás la serie de Xena, la princesa guerrera).  Robert E. Howard emplearía unos años después un escenario similar, aunque utilizando estas civilizaciones (con sus dioses) como modelo para otras precataclísmicas, solventando así el problemilla de la incoherencia histórica.

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en febrero 6, 2014.

2 comentarios to “The ship of Ishtar (La nave de Ishtar)”

  1. Aunque he leído bastantes novelas de Howard y Burroughs, a este autor todavía le tengo en la lista de los “pendientes”. Esta obra no, pero “The Moon pool” está disponible en Gutenberg, así que voy a ver si en breve le hago un hueco.

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