Jirel de Joiry

Hacia principios de la década de 1930, la obra de Robert E. Howard, en particular su principal creación, Conan el Cimmerio, empezaba a dejar sentir su influencia en los escritores pulp americanos, sobre todo entre los que contribuían a la revista Weird Tales. El primer autor al que se le reconoce esta influencia, da la casualidad de ser también una de las primeras de su sexo que se aventuró en la fantasía épica (y en la ciencia ficción), Catherine Lucille Moore, que firmaba sus obras como C. L. Moore (por puro imperativo editorial, ya que no mostraba el menor reparo en revelar su condición femenina a quien se interesara por ello). También fue la creadora de la primera heroína del género (en papel protagonista): Jirel de Joiry.

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El primer cuento de Jirel de Joiry, “El beso del dios negro” (“The black god’s kiss“), se publicó en el número de octubre de 1934 de Weird Tales. Jirel es la señora de un feudo indefinido (Joiry), vagamente ubicado en la Francia medieval (¿Siguiendo quizás el modelo de la Averoigne de Clark Ashton Smith? ¿O tal vez sólo por asociación con la doncella guerrera de Orleans?). Alta, de roja cabellera, intensos ojos amarillos y “tan fuerte como la mayoría de los hombres y más que muchos”. Al frente de sus hombres de armas, espada en mano, no duda en liderar cualquier batalla, ya sea al ataque o en la defensa, y su vocabulario en dichos trances nada tiene que envidiar al de cualquier soldado. Sus relatos, sin embargo, rehuyen esta faceta y, siguiendo el modelo howardiano, se centran más bien en enfrentamientos en primer plano, personales, en los que la voluntad de no ser doblegada reviste mayor importancia que las simples habilidades marciales.

En ese primer cuento, que despertó el interés, entre otros muchos, del mismísimo Howard, Jirel se adentra por propia voluntad en una pesadillesca dimensión infernal, en busca de un arma con la que derrotar a Guillaume, conquistador de Joiry. Este plano tenebroso, un tanto surrealista, habitado por incognoscibles poderes alienígenas, es deudor de otro de los grandes nombres de Weird Tales, H. P. Lovecraft, cuya influencia es tan grande o superior a la del escritor tejano.

De hecho, no tardó mucho Catherine Moore en entrar a formar parte del Círculo de Lovecraft (que la apodaría Sister Katy, al igual que Robert Howard era Bob Dos Pistolas). Precisamente de ese grupo surgió la mayor influencia en la vida (personal y profesional) de la escritora. En 1936, con motivo de la publicación del cuarto relato de Jirel, “La tierra tenebrosa” (“The dark land“; en el que Jirel, arrancada del lecho de muerte, se enfrenta a potencias cósmicas, atraídas por su espíritu combativo), le escribió otro escritor pulp del entorno de Lovecraft, Henry Kuttner, alabando su inventiva (y confundiéndola con un hombre). Cuatro años más tarde, Moore y Kuttner contraerían matrimonio, formando desde entonces una exitosa dupla que firmaba sus colaboraciones como Lewis Padgett (o también C. H. Liddell y Lawrence O’Donell) y que cosechó importantes éxitos antes de la prematura muerte de Kuttner en 1958 (que marcó también la retirada de Moore).

jirel_joiry

Volviendo, sin embargo, un poco atrás. Cabría comentar cómo la segunda historia de Jirel, “La sombra del dios negro” (“Black god’s shadow“, diciembre de 1934), devolvía a la protagonista a la misma dimensión infernal (por lo que pierde algo de frescura, aunque la autora se esfuerza por innovar), para rescatar el alma torturada de Guillaume. Ya en 1935, en “Jirel se topa con la magia” (“Jirel meets magic“), la señora de Joiry llega, persiguiendo a un mago, a una dimensión encantada, donde se enfrenta a su poderosa dueña, una hechicera maligna, en una aventura que no abandona del todo la inspiración Lovecraftiana, para conferir un aura de extrañeza a la historia.

En 1937 firmó con Kuttner la que podría ser su primera colaboración: “En busca de la piedra de la estrella” (“Quest of the Starstone“), un cuento que presenta además la peculiaridad de tratarse de uno de los primeros crossovers (varias décadas antes, Henry Rider Haggard ya había unido a sus dos grandes creaciones en la novela “Ella y Allan”, y en 1929 Edgar Rice Burroughs, el primer referente literario de C. L. Moore, ya había llevado a Tarzán a Pellucidar). Lo cierto es que leyendo los cuentos de Jirel, y no sólo por esta anécdota, sino por su enfoque del elemento “cósmico” en las tramas, es imposible no albergar la sospecha de que ejercieron una gran influencia en el desarrollo del universo Marvel (más allá de la directa que comentaré más adelante). De nuevo está involucrado un hechicero, que convoca del futuro a un campeón para enfrentarse en su nombre a Jirel, y dicho campeón resulta ser Northwest Smith, el héroe de la otra gran serie de C. L. Moore (trece relatos, entre 1933 y 1940), sobre un contrabandista del futuro que ejerce su profesión a lo largo y ancho del Sistema Solar.

Esta última historia (cuyo clímax tiene lugar en la enésima dimensión misteriosa) es de largo la más floja del ciclo (relegando a Jirel a un papel pasivo), por lo que es de agradecer que no supusiera el broche definitivo a las aventuras de la guerrera de Joiry. En abril de 1939 apareció, en Weird Tales, como todas las demás, “La infernal guarda” (traducción bastante desafortunada a mi parecer de “Hellsgarde“), el mejor cuento, desde un punto de vista narrativo, de Jirel de Joiry (aunque haya muchos que prefieren el poder evocativo de “El beso del dios negro”).

JireldeJoiry

Para salvar a un puñado de sus hombres, Jirel se compromete a recuperar un tesoro perdido por doscientos años en un castillo abandonado en medio de las marismas, protegido según las habladurías por el fantasma vengativo de Andred, su último señor. Lejos de encontrarlo abandonado, la señora de Joiry descubre el bastión semiderruido ocupado por una extraña familia, encabezada por el tétrico Alaric, cuyas razones para habitar tan funesto lugar resultan bastante más siniestras que la mera codicia.

Al igual que le ocurrió a Robert E. Howard con sus historias de Solomon Kane, es posible apreciar la maduración como escritora de C. L. Moore en los relatos de Jirel de Joiry. Desde la “simple” (es un decir, que muchos otros intentaban lo propio sin conseguirlo) recreación atmosférica de “El beso del dios negro” hasta la intrigante historia de “Hellsgarde“. Lógico. En 1933 era una joven de veintidós años que apenas llevaba uno  escribiendo de forma profesional. De hecho, tan notable como el aumento en complejidad de los argumentos (en los primeros cuentos Jirel se limita a ir de un lado para otro, haciendo lo que se le sugiere), sería el refinamiento del estilo, desde la sobreadjetivación (monótona además, con multitud de “queer” y “dazzling“) de los primeros cuentos a la magnífica contención, más sugerente que cualquier exceso descriptivo, de “Hellsgarde” (un cuento, me reafirmo, más que notable).

El matrimonio supuso un punto y aparte en la producción de C. L. Moore (y de Henry Kuttner), que abandonó sus series.  La asociación, al parecer, fue muy beneficiosa para ambos, pues conjugó la imaginativa prosa de Moore con la más cerebral planificación de Kuttner. Ello, por supuesto, nos privó de una mayor evolución en Jirel de Joiry, que nunca llegó a desarrollar una personalidad mínimamente compleja o sus historias una filosofía subyacente como las que encumbraron a sus dos grandes precursores. Lo que nadie le puede quitar es el mérito de haber creado al primer gran personaje femenino de la espada y brujería, que rompió con el tradicional papel de doncella en apuros.

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Sí, unos meses antes Robert E. Howard ya había creado a Red Sonya de Rogantino, una pelirroja guerrera que se enfrenta a las tropas de Suleimán el Magnífico en el cerco de Viena, pero cabe presentar dos salvedades: que el protagonismo de este relato (“La sombra del buitre”) recae en el caballero alemán Gottfried von Kalmbach, y que se trata de un relato épico histórico, sin el menor asomo de elementos fantásticos.

Este cuento largo (incluido en la última edición de “Las extrañas aventuras de Solomon Kane” por Valdemar) fue publicado en enero de 1934 en The Magic Carpet (una revista pulp de corta duración especializada en temática oriental), por lo que tal vez pudo servir de inspiración para el aspecto de Jirel. De igual modo, cabe la posibilidad de que Valeria, de la Hermandad Roja, la coprotagonista de “Clavos rojos” en 1936, le deba en parte su existencia al ejempo de C. L. Moore (y en parte a la que por entonces era algo-parecido-a-novia de Howard, Novalyne Price). La influencia de ambas es también notable en las tres historias sobre Agnes de Chastillion, una espadachina francesa del siglo XVI, que no vio la imprenta hasta mucho después de la muerte del escritor, en 1973.

Por cerrar el círculo de prestamos entre los universos creativos de Howard y Moore, no cabe la más mínima duda de que el personaje de cómic de Red Sonja, creado por Roy Thomas en 1973 (con el añadido del bikini de mallas cortesía del dibujante español Esteban Maroto), se basa bastante más en Jirel de Joiry que en Sonya de Rogantino (incluyendo la tendencia hacia el misticismo de sus aventuras y su compleja sexualidad, aunque por motivos bastante diferentes).

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Las aventuras de Jirel de Joiry se editaron por primera vez en formato de libro (sin incluir la colaboración con Kuttner) en 1969, a consecuencia del redescubrimiento de Conan el Bárbaro en ACE Books (bajo la dirección editorial de Lin Carter). En inglés, la primera incorporación de “Quest of the starstone” tuvo que esperar a 2002 en el volumen “Black god’s kiss“. La edición española (en la colección Ultima Thule de Anaya, de 1996) sí que incluye los seis cuentos (aunque para elaborar esta crítica me he basado en los textos originales).

Otras opiniones:

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~ por Sergio en enero 30, 2014.

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