Tierra

Aunque David Brin es conocido principalmente por su serie de la Elevación de los Pupilos (seis novelas de space opera con toques hard), lo cierto es que sus otros siete libros (hasta el momento) también son de lo más interesantes. Carecen, quizás, de un vínculo, aunque sea temático, evidente, de modo que en un género donde destacan las sagas y los “universos”, tal vez queden un poco a la sombra. Destino que comparte la que quizás sea la obra más ambiciosa de Brin, la monumental “Tierra” (“Earth”, 1990).

“Tierra” se inscribe en lo que por aquel entonces se entendía como futuro cercano, es decir, una mirada a aproximadamente cincuenta años en el futuro (hasta el 2038), con cuidadosa extrapolación de tecnologías y tendencias (con intencionalidad predictiva). Por supuesto, hoy en día, veinticuatro años después, esa misma fecha haría que a cualquier escritor (o futurólogo) le entraran sudores fríos si intentara hacer lo propio. El futuro cercano se ha ido acercando a pasos agigantados.

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La novela funciona en cierto sentido como un collage, con decenas de personajes y varías líneas argumentales, algunas de las cuales se entrecruzan (no siempre al unísono) e incluso unas pocas que se quedan en la periferia, completando la imagen de ese futuro, más que contribuyendo de forma significativa a la trama. Entre las principales, tenemos la historia de Alan Lusting, un físico al que podría habérsele “caído” un agujero negro artificial, que estaría creciendo, trazando órbitas complejas en torno al núcleo de la Tierra, a la que algunos cálculos otorgarían seis meses de vida antes de que la singularidad la consumiera por completo. También estaría su abuela, Jen Wolling, polémica figura dentro de los estudios gaianos (una especie de integración de disciplinas como la geología y la ecología), disciplina que prácticamente ella misma creó (y por la que recibió el premio Nobel). Sus admiradores (que incluso han creado una pseudoreligión en torno al concepto de Gaia) son tan numeroso como sus acérrimos detractores, entre los que se cuenta una hacker ecorradical, cuyo ex marido, por cierto, se ve envuelto en una investigación de ciertas anomalías gravitatorias a escala planetaria, tras las cuales podría encontrarse el equipo que Alan ha reunido para intentar enmendar su terrible error. ¿Veis por dónde van los tiros? El entramado resulta, en realidad, mucho más embrollado.

Al comienzo de la novela el autor avisa de que “Tierra” muestra el futuro más esperanzador que ha podido imaginar… lo cual no resulta para nada tranquilizador, pues muestra una biosfera que ha sido llevada al borde del colapso. Entre el adelgazamiento de la capa de ozono y el cambio climático, la mayor parte de los ecosistemas terrestres sobreviven en arcas de estudio y conservación, el nivel del mar ha subido varios metros, los cultivos apenas se bastan para alimentar a una población concienciada a la fuerza. 

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A nivel social, el panorama no resulta mucho más alagüeño. La tercera guerra mundial, el Conflicto Helvético, estalló contra el poder económico en la sombra, y en ese fuego ardieron los gobiernos nacionales, los bancos y cualquiera que precisara del secreto para operar. La misma noción de guardar un secreto se ha convertido en algo obsceno, y la intimidad es un bien poco valorado. Existe una brecha generacional brutal entre una mayoría de ancianos, traumatizados por los acontecimientos vividos hasta el punto de grabarlo todo con un dispositivo similar a las muy nuevas Google Glass, y una juventud marginal y marginada, que trata de encontrar en las más variopintas sectas y bandas algo propio por lo que luchar (a veces literalmente, siempre que no haya un viejo fisgón por las cercanías).

En medio de todo esta caos, quizás el agujero negro perdido no sea sino la gota que desbordará el vaso. La agresión definitiva del hombre contra su mundo natal… o quizás se trate de algo distinto, y mucho más siniestro.

Brin se aplica como futurólogo, retomando los temas que dejó sobre la mesa John Brunner con su trilogía del desastre y, especialmente, con “El jinete en la onda de shock“. En muchos sentidos, “Tierra” funciona como su secuela apócrifa, algo que no trata de ocultar en modo alguno. La mayor diferencia estriba en la sólida formación científica de Brin, que se refleja en cierta querencia hacia el hard, siendo de destacar el empleo de dos disciplinas bastante poco explotadas en la ficción: la geología y la ecología.

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Ojo, por ecología no me refiero simplemente a postulados conservacionistas (o “verdes”). Se trata de auténtica ciencia ecológica, del estudio dinámico de los ecosistemas y de la comprensión profunda de los mecanismos subyacentes, llegando a proponer algunas ideas atrevidamente antiecológicas (según la acepción popular del término) en boca de Jen Wolling (que parece inspirarse de forma bastante obvia en la primatóloga Jean Goodall). En cuanto a la geología, su empleo resulta incluso más innovador, pues pocas veces se encuentran especulaciones interesantes sobre el interior de nuestro planeta (quitando de unos pocos kilómetros superficiales, sabemos menos del interior de la Tierra de lo que conocemos de la superficie de Marte).

Tal vez resulte una lectura un poco confusa a veces, y leyendo otras críticas, su estructura aparentemente caótica ha echado para atrás a más de un lector. Personalmente, algunos de los fragmentos me resultan fascinantes por sí mismos, y en mi relectura de la obra he descubierto cómo algunos de ellos los recordaba con enorme claridad casi veinte años después de mi primera lectura, prueba segura de cómo me habían impactado.

Lo que no quedó tan grabado en mi memoria es la resolución final del conflicto, circunstancia que creo comprender. Por un lado, tal vez en este caso las partes sean más fascinantes que el todo. Brin tiene cierta tendencia a ir preparando finales pirotécnicos, en los que se acumula revelación sobre revelación y vuelta de tuerca sobre vuelta de tuerca, lo cual hace que aparezca precisamente la posibilidad de pasarse de rosca. Algo así ocurre con “Tierra”, que funcionaría mejor prescindiendo de alguna de las revelaciones finales.

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Tampoco me importa demasiado. El viaje es magnífico, y la especulación de primer orden. Incluso es posible detectar el embrión de temas, como la naturaleza de la consciencia y la evolución de una fauna virtual, que hoy en día ocupan casi por completo a autores de la talla de Peter Watts (en este caso no existe suficiente evidencia para apoyar en serio la hipótesis, pero no me extrañaría descubrir que “Tierra” fue una importante influencia para su trilogía de los rifters).

En 1991, “Tierra” fue finalista del premio Hugo, que acabó cosechando “El juego de los Vor” de Lois McMaster Bujold. Entre los nominados se contaba también “La caída de Hyperion“, de Dan Simmons, que a la postre ganó el Locus, quedando justo por delante de la novela de Brin en la votación.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en enero 25, 2014.

2 comentarios to “Tierra”

  1. No lo conocia. Se ve interesante, lo agrego a mi lista.

  2. Excelente novela, me encantó increíble el futuro que describe muy recomendable.

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