Lud-in-the-mist (Entrebrumas)

Quizás más que ningún otro género, la fantasía atesora su buena medida de clásicos olvidados. El dominio casi absoluto e incontestable de “El señor de los anillos” oscurece bajo su sombra todo lo que hubo antes (en cuya tradición se basa, por cierto), e incluso mediatiza en gran manera lo que vino después, ya sea en la forma de imitadores (generalmente pésimos) o autodesignados renovadores.

Esto, que resulta muy cierto para la ficción norteamericana, resulta doblemente patente en las islas británicas, donde pocos precursores han conseguido escapar de este destino, e incluso en ocasiones no lo han logrado sino a remolque de algún otro referente (tal es el caso de Lord Dunsany, recuperado de la mano de los estudiosos de Lovecraft).

ludinthemist_1927

Existe, sin embargo, una corriente fantástica minoritaria, ajena tanto a la fantasía épica tolkiniana como a la heroica nacida en el mundillo pulp estadounidense. Se trata, de hecho, de la corriente más “pura”; aquélla cuyas fuentes pueden trazarse inequívocamente hasta la tradición oral de la que surge el género: la fantasía feérica o, expresado con otras palabras, los cuentos de hadas.

Una figura fundamental en el desarrollo de esta narrativa, desde el cuento folclórico hasta la novela contemporánea (y, de forma más específica, hacia la fantasía moderna), es Hope Mirrlees; y lo es gracias a una única obra, “Lud-in-the-mist”, publicada en 1926 y redescubierta en 1970, gracias a la colección Ballantine Adult Fantasy Series, editada en EE.UU. bajo la dirección de Lin Carter (e irónicamente inspirada por el éxito de la edición autorizada de “El Señor de los Anillos” en el país americano).

Lud-in-the-mist (utilizaré en la reseña los nombres ingleses, pues es en su idioma original que he leído la novela) es una próspera ciudad comercial, ubicada cerca del mar, en la confluencia entre los ríos Dawl y Dapple, el segundo de los cuales fluye desde el país de las hadas. Varias generaciones antes de los hechos narrados en la novela, los habitantes de Dorimare (que así se llama el país) se rebelaron contra su señor feudal, el Duque Aubrey (cuya errática conducta le llevaba a cometer actos tanto de gran generosidad como de una crueldad irracional). Tras la ejecución del noble y de todos sus seguidores, se instaura en Lud una república, gobernada por una burguesía senatorial, surgida de las filas de los comerciantes enriquecidos.

Ludinthemist_Ballantine

El nuevo régimen abomina de lo feérico, hasta el punto que considera sus manifestaciones como groserías imperdonables, y le da la espalda al país vecino (ubicado al otro lado de las Colinas Discutibles), negándose incluso a reconocer su influencia pasada, evidente en multitud de detalles de su cultura. Por contra, se apoya con firmeza inquebrantable en otra ficción, la creada por la ley. Y nadie hay en todo Dorimare tan leal a la ley como el Señor Nathaniel Chanticler, alcalde de la ciudad y descendiente de una honrosa estirpe de senadores.

La ordenada vida de Lud-in-the-mist, sin embargo, se ve amenazada por la actividad de unos contrabandistas, que introducen subrepticiamente fruta feérica en la ciudad. Este alimento afecta en modos extraños a quien lo consume, pudiendo tanto inspirarle como hacerle perder la razón. El asunto, sin embargo, no capta toda la atención del alcalde y sus colegas senadores hasta que sus propias hijas son víctimas de la conspiración y, tras probar la peligrosa fruta, escapan de la ciudad, hasta más allá de las Colinas Discutibles, al País de la Hadas, de donde nadie ha regresado jamás.

Superficialmente, se antoja la típica historia sobre comunidades que han olvidado la magia, hasta que ésta vuelve sobre ellos por sopresa. Sí, leyendo “Lud-in-the-mist”, resulta a menudo tentador realizar asumciones como ésa, basadas en la experiencia lectora, pero una y otra vez la novela se empeña en frustrar tales expectativas, reconduciendo la historia por caminos mucho más ambiguos. Porque no se trata de una obra con una tesis simple, fácil de identificar e interpretar. Hope Mirrlees escribió una fantasía verdaderamente adulta, cuajada de sublecturas y abierta a múltiples interpretaciones, hasta el punto que incluso hoy en día su significado está abierto a debate.

entrebrumas

Preguntado sobre el particular, Neil Gaiman, uno de sus principales valedores, contestó que la novela trataba sobre la reconciliación entre lo mundano y lo fantástico. A lo cual yo añadiría que sin decantarse claramente por uno u otro. Sí, la muy legalista sociedad dorimarita se antoja un poco estancada, y más que un poco pomposa, pero tampoco los agentes de la fantasía resultan amigables, llegando incluso a asumir el papel típicamente reservado al antagonista, al malo de la historia (y no de un modo antiheroico, sino inequívocamente villanesco). Pero tras esta simple dicotomía subyace mucho más, puesto que el País de las Hadas también es asociado con la muerte, siendo sus habitantes la Gente Silenciosa, que jamás regresan de su viaje de ida a través de la Vía Láctea, salvo quizás como locos que tan sólo son capaces de comunicarse con los vivos a través de acertijos, y hacia quienes los dorimaritas también dan la espalda, con una reluctancia casi patológica al duelo.

La fantasía que dibuja Mirrlees tiene más que un poco de siniestra, entroncando quizás con la tradición macabra victoriana, lo que le confiere una cualidad particular, que hace de la feérica una fruta verdaderamente prohibida, y de su consumo una actividad peligrosa, reprobable y, al fin, necesaria. No en vano uno de los personajes recomienda a Nathaniel Chanticler que afirme sus pies y se enfrente a su mareo vital, a la sensación de desazón, incluso de terror, que le producen los vaivenes de la vida.

Señalaría, además, la particularidad de la ambientación, huyendo de la escenografía medieval (o medievealoide), y de los ambientes nobiliarios (princesas y caballeros, aunque sea con un enfoque pastoral). Esta tendencia proviene del filtro ejercido por les précieuses, en los salones de finales del siglo XVII en Francia, donde mujeres nobles se juntaban para competir en ingenio, contándose historias, a menudo basadas en cuentos folclóricos (de este período destacaría el libro que bautizó al género, “Les contes de fées”, escrito en 1697 por Madame d’Aulnoy). “Lud-in-the-mist” supone una evolución directa, posiblemente premeditada (el primer libro de Hope Mirrlees “Madeleine: One of love’s jasenists“, gira precisamente en torno a una de les précieuses), de estos cuentos de hadas, cambiando la ambietación nobiliaria por otra burguesa (a la postre, incluso se escenifica algo parecido a un pase del testigo).

Lud-in-the-Mist

Otro paralelismo significativo cabría establecerlo con otro título fundamental de la fantasía, publicado apenas dos años antes: “La hija del rey del país de los elfos“, de Lord Dunsany, con cuyo desarrollo presenta numerosas conincidencias. Cambia, eso sí, su discurso, no tan apologético como integrador de facetas no necesariamente antagónicas.

Por lo que respecta a la valoración del libro más allá de su naturaleza de hito de la literatura fantástica, destacaría dos aspectos. Por un lado, su faceta como novela de misterio, girando buena parte de la trama en torno a la resolución de dos misterios entrelazados: el de los contrabandistas de fruta feérica y, sobre todo, el asesinato, décadas antes, de un granjero. Por otro, el excepcional uso del lenguaje, con unas descripciones que, al menos en el inglés original, son de una belleza pocas veces alcanzada en el género.

Definitivamente, un clásico a reivindicar y descubrir, que en español no fue presentado hasta el año 2005, bajo el título de “Entrebrumas” (aunque me temo que, sin la adecuada contextualización y con una portada poco afortunada, haya pasado bastante desapercibido).

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~ por Sergio en enero 22, 2014.

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