El guerrero de Gor

El éxito de una serie no tiene el porqué estar directamente relacionado con su calidad. De hecho, muchas lo fundamentan justo en lo contrario. Lo importante es detectar un nicho de mercado y explotarlo. Más o menos lo que lleva haciendo John Norman desde 1966 con su Saga de la Contratierra (también conocida como Crónicas de Gor).

John Norman es el seudónimo de John Frederick Lange, profesor de filosofía en la Universidad de Nueva York por el día, proveedor de fantasías más o menos eróticas prefabricadas para los adolescentes del mundo por la noche. Treinta y tres novelas (y contando) componen su serie más famosa (y el grueso de su producción), una de las muestras más longevas del subgénero conocido como Planetary Romance o Planet Opera, aunque por estos lares se vendió con las más descriptiva etiqueta de Erotic Fantasía.

TarnsmanGor

El planeta Gor es un mundo que orbita en torno al Sol, justo en el lado opuesto de la Tierra, motivo por el cual no puede ser detectado por los científicos. Lo hace, además a una distancia ligeramente menor, lo cual vuelve aún más imposible (según la dinámica celeste) su existencia. No hay problema. Una raza misteriosa, los Reyes Sacedortes, controla su movimiento, y no sólo eso, sino que se ocupa de disimular cualquier efecto delator en el resto de cuerpos del Sistema Solar.

Estos alienígenas, por algún motivo, decidieron en la antigüedad raptar a hombres y mujeres de la Tierra y llevarlos a Gor, donde desarrollaron una cultura con total libertad salvo en lo concerniente al desarrollo de determinadas tecnologías prohibidas (las únicas armas permitidas son espadas, lanzas, arcos y, a lo sumo, ballestas). Periódicamente, además, siguen capturando a terrestres y depositándolos en Gor, movidos por sus propios motivos misteriosos.

guerrerogor

Entre éstos se cuenta Tarl Cabot, el protagonista de “El guerrero de Gor” (“Tarnsman of Gor”) y de buena parte del resto de volúmenes de la serie, un profesor inglés (afincado en EE.UU.) que sigue los pasos de su padre, secuestrado a su vez cuando él no era sino un niño. Tras el reencuentro paterno-filial, Tarl va descubriendo el mundo de Gor, un conglomerado de ciudades estado en perpetua competencia (no siempre pacífica) entre ellas, donde está instaurado un sistema de castas. En el estamento superior están las castas altas: iniciados (sacerdotes), escribas, constructores, físicos (médicos) y guerreros, que son quienes gobiernan las ciudades a través de consejos (aunque en época de crisis se nombra un dictador (al estilo romano), conocido como Ubar. Sin derecho a participar en el gobierno están las castas bajas, que agrupan al resto de profesiones, y fuera del sistema nos encontramos a los esclavos y a los proscritos. A este respecto, cabe destacar que la esclavitud es una institución muy generalizada en Gor, con tipos especiales, como las esclavas de placer, educadas desde pequeñas con ese propósito.

La llegada de Tarl a Gor viene motivada por una crisis a la que se enfrenta la ciudad de su padre, Ko-Ro-Ba, en peligro de ser conquistada por el ambicioso Ubar de Ar, quien en contra de la tradición no ha renunciado a su poder al término de la tarea que le fue asignada y alberga la pretensión de unir a todas las ciudades estado en torno a una única Piedra del Hogar (el equivalente goerano a una bandera, aunque con matices más simbólicos, al modo quizás de las águilas de las legiones romanas).

tarnsman_of_gor_Boris_Vallejo

En Ko-Ro-Ba, Tarl Cabot aprende en cuestión de semanas el lenguaje, la cultura y las habilidades marciales de un guerrero nativo, domina su propio tarn (un pájaro gigante que los tarnsmanes utilizan como montura), y recibe la misión de robar la Piedra del Hogar de Ar (lo cual conducirá al descrédito de su Ubar y a la frustración de sus planes expansionistas). Ah, por cierto, una parte importante de la cultura goreana se fundamenta en la relación natural entre hombres y mujeres, que viene a resumirse en la sumisión absoluta de éstas con respecto a ellos.

Sigue una típica aventurilla de espada y brujería, y no de las buenas precisamente, que reutiliza sin rubor infinidad de elementos que ya eran lugar común dentro de un género que había vivido su momento dorado unas décadas antes. John Norman reconoce la influencia de sus lecturas de Planet Stories, una revista pulp dedicada al romance planetario que estuvo activa entre 1939 y 1955 (donde se llegaron a publicar versiones primerizas de algunos de los cuentos que conformarían “Crónicas marcianas”, de Ray Bradbury), y que a su vez se inspiraba en la obra de Edgar Rice Burroughs, especialmente en su ciclo de John Carter (con lo que abundaban las princesas en apuros, algo que tiene en “Guerreros de Gor” su reflejo, ligeramente distorsionado, en la figura de Talena, hija del Ubar de Ar). Destacaría que el seudónimo con que Burroughs publicó originalmente “Una princesa de Marte” fue el de Norman Bean, posible origen del de John “Norman” Lange.

Guerrero_Gor

Si le añadimos al conjunto unas gotas de espada y burjería howardiana, ya tenemos la base ambiental del mundo de Gor, que en sucesivas entregas se iría ampliando con la descripción de subgrupos poblacionales que conservan parte de las características de sus ancestros terráqueos (vikingos, esquimales, africanos…).

El principal “atractivo” de la serie, sin embargo, sobre todo durante los años setenta y ochenta, fue su erotismo, faceta que fue acentuándose a partir del quinto volumen, aunque sin llegar nunca a descripciones gráficas. Lo polémico de este erotismo estriba en el papel reservado a las mujeres, como esclavas sexuales, voluntariamente sometidas al hombre (lo cual no quita que pueda haber algo de resistencia, más simbólica y juguetona que efectiva).

En otras palabras, las aventuras en Gor suponen la fantasía húmeda definitiva de cualquier adolescente acomplejado, con machadas bélicas (que por momentos resultan incluso ridículas en su exageración) y voluptuosas hembras que no sólo no responden a los acercamientos con desdén y burlas, sino que se muestran ansiosas por someterse (a veces literalmente, con cadenas de por medio) al poderoso guerrero. Aspectos también presentes en la génesis de Conan y su mundo, aunque destilados aquí hasta extremos poco menos que paródicos y, sobre todo, provistos de una filosofía de apoyo al concepto del “natural” sometimiento de la mujer al hombre (por una mera cuestión física), cuya importancia va aumentando a medida que progresa la serie (planteamiento filosófico que le ha valido a John Norman tantas críticas como ventas).

tarnsman

Desconozco de primera mano cómo serán el resto de entregas. “El guerrero de Gor” es una novela de consumo rápido, con un nivel literario que roza lo abismal, aunque se salva por pura desvergüenza y por no permitir que decaíga el ritmo en ningún momento. Las transiciones entre escenas son bruscas (llegando al desconcierto, que te obliga a volver páginas atrás por si te has saltado algo), y mejor no pensar demasiado en la “lógica” tras las decisiones del protagonista, en las soluciones sacadas de la manga para solucionar situaciones imposibles o en las coincidencias increíbles. Hasta para copiar hace falta cierto arte, y Norman lo despliega con aplomo (además, leyendo cierto capítulo se comprueba como el propio James Cameron le copió a él… o más probablemente bebió de las mismas fuentes, para componer una de las escenas de “Avatar“).

Prueba de que cumple su objetivo lo encontramos en los más de 12 millones de ejemplares de las Crónicas de Gor vendidos en todo el mundo, o en la existencia de grupos goreanos, como un subconjunto (bastante marginado, todo sea dicho) dentro de la cultura BDSM (que el propio autor, con cierto cinismo, repudia). Ah, sí, también se hicieron dos películas, aunque sólo son “recomendables” para los degustadores más encallecidos de la mala espada y brujería ochentera.

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Sobre el contenido erótico de la serie (así como sobre la filosofía subyacente, que en principio no sé si se me antoja más reprobable o más patética), poco más puedo decir sin leer subsiguientes entregas (algo que está muy, muy lejos en mi lista de prioridades, aunque tengo un puñadito de novelas que conseguí de saldo a euro por tomo… por si debido a algún cataclismo insospechado me encuentro algún día sin nada que leer). Como apuntaba al principio, su razón de ser consiste en ocupar un nicho y servir a unas necesidades específicas, algo que lleva haciendo con éxito desde hace casi medio siglo (aunque con internet le haya salido un serio competidor, que ha limitado sin duda su atractivo fuera de los círculos goreanos más estrictos).

La más reciente edición, de la Factoría de Ideas, incluye en un tomo los dos primeros volúmenes: “El guerrero de Gor” y “Proscritos de Gor”.

Otras opiniones:

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~ por Sergio en enero 15, 2014.

6 comentarios to “El guerrero de Gor”

  1. Había oído hablar de la serie, pero no había leído ninguna reseña tan concreta. Interesante el tema. Más o menos como me lo imaginaba, por otra parte. La ilustración de Royo la conocía de algún recopilatorio y no había visto para qué sirvió.

    • Royo empezó a hacer portadas para la serie de Gor a mitad de los años 70. Esa ilustración se usó para la reedición de 1976, y reproduce con bastante detalle una escena del libro.

  2. ¡Ah, mi próxima parodia, protagonizada por Terhli!
    Estoy bastante familiarizado con estas “andanzas” pues conocí a un adicto absoluto a las novelas, de las que leí (por su efusivo consejo) cuatro. La cuarta (la que quiero parodiar) era la mejor. El resto: basura sado-fetish de absdurda sumisión femenina y machos de poderío rampante basado en preceptos bastante insostenibles. Pero, ya ves, a Norman la trola le ha durado toda esa saga de libros.
    Gor puede contemplarse como una actualización XXX de John Carter. Expone algunos conceptos de forma más directa, resultado de los años habidos desde Burroughs a Norman y la liberación de la sexualidad. En este caso, la aceptación. más o menos extensa. de concretos fetichismos sexuales.
    Al poseer un aspecto más crítico, fruto del distanciamiento, de lo relatado en estas novelas, podía señalar sus numerosos fallos. (“El guerrero de Gor” es bastante floja.) Este fanático de Gor (¿has mencionado las dos pelis que rodaron de estas novelas?) les veía virtudes, que, cuando se las rebatía, incidiendo en qué poco desarrolladas estaban las situaciones y personajes, enmudecía, para empezar a buscar, donde no había, argumentos de réplica. Debía sostener el mito como fuera. Era una peculiar situación freakie.
    Desde esa experiencia empezó a interesarme la mitomanía en el individuo y la masa, su influencia y qué formas adopta y cómo se autoabaste, que, al cabo, originó el concepto de los Dioses del Rock y la Pantalla.
    (Disculpa la referencia a mi trabajo, Sergio.)
    Saludos.

    • No te creas, Antonio, he leído cosas peores que “El guerrero de Gor”, lo cual ya es decir… tanto de lo infame que puede llegar a ser esta literatura como de las tragaderas que desarrollé en sus tiempos. Eso sí, pocas ganas me han quedado de seguir adelante, salvo por pura curiosidad mórbida de comprobar adónde llegó una vez plenamente asumida la orientación de la serie; porque del erotismo y la filosofía compensatoria de una clara ginofobia (antes que misógina, en mi opinión), en esta primera entrega apenas hay esbozos.

      Lo ¿bueno? Ventilada en menos de un día.

      En cuanto a las películas, no sólo las menciono, sino que las he visto. Confieso, sin avergonzarme por ello, que soy un fanático de las pelis de espada y brujería ochenteras (pasión extensible a sus primas hermanas postapocalípticas). Mejores cuanto más malas.

      • Evidentemente, el comentario sobre las pelis era en plan coloquial; ya sabes, como si estuviésemos charlando.
        Hacia la cuarta entrega (que es cuando desistí totalmente de seguirle la corriente a este hombre y su empinada Gor-filia) los conceptos estaban bien arraigados y Norman se sentía con capacidad para explayarse en lo que fuese. Había visto, además, que tenía seguidores.
        ¿Qué pasaba? Repetía, cambiando aquí o allá algún suceso, una novela tras otra, como este contertulio, en su mensual resumen Gor-fílico, me informaba.
        Burroughs hacía lo mismo, por otra parte, con Barsoom.
        También tengo predilección por esas pelis post-cataclismo de los 80, aunque son más fascinantes algunas de los 70, como Nueva York, 2012. Lo curioso es que muchos filmes malos contienen ideas extraordinarias que no han sabido desarrollar, y están ahí para que las “coja” el “primero que llegue” y las cumplimente.

        • Prefiero la desvergüenza italiana, con su sucesión de clones de Mad Max (“1990: Guerreros del Bronx”, “Destroyer brazo de acero”, “Tras la caída de Nueva York”…) o Conan (“Athor el poderoso”, “La espada salvaje de Krotar”, “El trono de fuego”, “Gunan el bárbaro”…). ¡Ah, si las películas fueran la mitad de buenas que sus carátulas! Alguien ahí sabía lo que se hacía. Lástima que ni los medios, ni la ambición, ni posiblemente los intereses de quienes ponían la pasta permitieran nada más que parodias involuntarias (y lástima de la mala fama que crearon, que nos regala hoy en día bodrios sin alma como “El rey escorpión” o la nueva de Conan).

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