Conflictos raciales en la ciencia ficción

Hace dos días murió Nelson Mandela, el principal responsable del fin de uno de los sistemas más injustos y repugnantes del siglo XX: el apartheid sudafricano. Protagonista de un viaje increíble, de preso político, perteneciente a una mayoría sin derechos, a presidente de una nación con tremendos retos y persistentes desigualdades, pero con un futuro impensable tan sólo veinticinco años atrás. Una de esas personalidades que dignifican, pese a sus múltiples y sonoros errores, el premio Nobel de la Paz (que le fue concedido en 1993), pues tuvo la visión, el coraje y la voluntad necesarios para conducir su país por el camino largo y tortuoso de la reconciliación, renunciando al revanchismo que, por desgracia, tantas veces se apodera del ánimo del oprimido cuando las tornas se vuelven a su favor. Así, más allá incluso de ese desafío hacia cualquier forma de discriminación (que difícilmente estará más arraigada de lo que lo estaba el racismo afrikáner), la renuncia al odio constituye quizás un legado superior o, tal vez, lo que termina de perfeccionar el ejemplo para generaciones presentes y futuras.

mandela

Rescepto no es un blog dedicado a la historia ni a la política, sino a la literatura fantástica, así que dejaré aquí la semblanza, pues no escasean los lugares donde recabar información y opiniones de mucha mayor calidad sobre la figura de Madiba. Lo que sí puedo hacer es rendirle un pequeño homenaje dentro de sus límites temáticos. Así pues, quisiera ofreceros unos breves (y necesariamente incompletos, pues su recopilación no obedece a un estudio sistemático, sino a conocimientos previos y googleados ad hoc y a la inspiración del momento) apuntes sobre el modo en que la ciencia ficción ha abordado el tema de los conflictos raciales.

Para empezar, toca precisar que, por desgracia, no han sido pocas las veces que se ha posicionado del lado de la xenofobia y la intolerancia. Uno de los temas más candentes a finales del siglo XIX y principios del XX fue lo que se acabó conociendo como el Peligro Amarillo, un temor desproporcionado hacia los orientales (sobre todo chinos, aunque también japoneses a partir de la Segunda Guerra Mundial), que por entonces emigraban en masa hacia Europa y Estados Unidos (donde eran mayormente explotados). Entre los múltiples escritores pulp que abordaron el tema destaca quizás por su importancia Jack London, con su relato “La invasión” (“The unparalleled invasion“, 1910), donde describe un terrible ataque de hordas de chinos (que han experimentado una explosión demográfica tras anexionarse Japón, Corea, Formosa y la Manchuria) sobre occidente y la aún más extrema respuesta de los “buenos” de la historia, que orquestan un genocidio brutal y sistemático de todos los asiáticos, apelando incluso a armas biológicas.

fumanchu

El estereotipo de malvado (y retorcido) oriental quedaría cimentado con las historias de Sax Rohmer sobre Fu Manchú, que serviría de modelo, por ejemplo, a personajes como Ming el Despiadado, de las aventuras de Flash Gordon, creadas por Alex Raymond en 1934 para competir con la tira de Buck Rogers… que a su vez había iniciado su andadura en 1928 en las páginas de Amazing Stories, con la novela corta “Armageddon 2419 A.D.” de Philip Francis Nowlan, en la que el héroe protagonista combate a hordas de chinos que han invadido y colonizado América.

Por supuesto, no sólo los orientales despertaban el temor y el odio de algunos escritores fantásticos estadounidenses. Al fin y al cabo, lo más probable es que se tropezaran en el día a día con negros descendientes de antiguos esclavos, libres pero ni mucho menos iguales. Entre ellos destaca por ejemplo H. P. Lovecraft, influido tanto por sus propias fobias como por  malinterpretadas lecturas teosóficas (que sirvieron igualmente de fundamento involuntario para el antisemitismo nazi), en cuya obra abundan los mestizos degenerados, presa fácil de cultos obscenos y ancestrales. Y sin salirnos de su círculo, pero viajando hacia el sur (hasta la aún más racista Texas), resulta ineludible hablar de Robert E. Howard, cuyas ideas sobre la inferioridad y el bestialismo de la raza negra quedan reflejadas en multitud de obras como el ciclo de Solomon Kane, y cuya última obra, “Clavos rojos” (“Red nails“, 1936) escenifica uno de sus temas recurrentes, la decadencia de la civilización, sin que de ello no estén exentos los conflictos raciales.

Weird_Tales_1936-07_-_Red_Nails

Volviendo a la ciencia ficción, lo cierto es que durante la Edad de Oro el tema racial apenas mereció atención por parte de los escritores de ciencia ficción. Eran todos ellos blancos que escribían para blancos. Entre 1876 y 1965 estuvieron vigentes en Estados Unidos las leyes de Jim Crow, que establecían por ley la segregación entre razas (“iguales pero separadas” era el lema), lo cual llevaba a desigualdades de facto en cuestiones económicas, sociales, demográficas y educacionales (que aún perduran pese a carecer desde hace medio siglo de armazón legal).

Una posible excepción sería Isaac Asimov, cuyas historias de robots presentan un innegable paralelismo con la situación legal de los negros en Estados Unidos. Las intenciones de Asimov son mucho más amplias que esbozar una burda metáfora (las leyes de la robótica constituyen un código moral universal simplificado al máximo), pero es imposible leer un relato como “El hombre bicentenario” (“The bicentennial man“, 1976), por ejemplo, sin interpretarlo como el reflejo positrónico del Movimiento por los Derechos Civiles (entre 1955 y 1968), que llevó precisamente a la abolición de las leyes de Jim Crow.

Bicentennial_man

Incluso antes, en 1954, ya había examinado la segregación a través de su novela “Las bóvedas de acero” (“The caves of steel“), en la que por un lado presenta a los robots siendo tratados condescendientemente en la Tierra (recibiendo el apelativo de “muchacho” y obligados a viajar segregados), al tiempo que los propios terrestres son discriminados por los más avanzados espaciales (los descendientes de los primeros colonizadores interplanetarios), que pretenden dejarlos recluidos, como si de un gueto se tratara, en el planeta.

Otro de los grandes de Edad de Oro, Robert A. Heinlein, confrontaba a menudo las preconcepciones de sus lectores presentándoles personajes carismáticos y revelando más tarde su etnicidad. Así, por ejemplo, está el presidente terrestre Henry Kiku de “La bestia estelar” (“The star beast“, 1954), un keniata que necesita someterse a terapia para superar su rechazo ante un embajador extraterrestre y que afirma que “con tanto alienígena raro a mano, las diferencias entre fenotipos humanos devienen en irrelevantes”. De igual modo, el héroe de “Tropas del espacio” (“Starship troopers“, 1959), Johnny (Juan) Rico, es filipino.

Farnhams_freehold

Siendo Heinlein, sin embargo, la polémica no podía andar muy lejos. En 1941, a instancias de John Campbell, publicó “Sixth column“, una obra plenamente integrada en la tradición del Peligro Amarillo (reminiscente de la “Invasión” de London, con armas biológicas etno-específicas), generalmente considerada racista (justificada un tanto por el propio autor, que tampoco la tenía en gran estima, por las tensiones prebélicas). Por otra parte, en “Los Dominios de Farnham” (“Farnham’s Freehold“, 1964), imagina una sociedad futura donde los negros dominan (y tienen esclavizados) a los blancos e incluso practican el canibalismo, lo cual suele interpretarse más que como una predicción racista como una inversión extrema de posiciones con el objetivo de impactar, con un discurso antisegregacionista (dado que no la he leído todavía, me reservo mi opinión al respecto).

El tema del conflicto racial adquirió preeminencia en 1967 a raíz de una serie de revueltas (159) de la población negra que estallaron por todo Estados Unidos en lo que se acabó conociendo como el Largo y Cálido Verano. Como tal, impregnó la literatura de ciencia ficción, en obras como “Órbita inestable” (“The jagged orbit“, 1969) de John Brunner o “El año del sol tranquilo” (“The year of the quiet sun“, 1970) de Wilson Tucker. De igual modo, bajo dicha óptica se interpretó la película “El planeta de los simios” (1968), basada en la novela de Pierre Boulle “La planète des singes“, con la inversión social entre simios y humanos invitando a reconsiderar igualmente reversibles las posiciones de blancos y negros (en 1995, Kathryn Bigelow estrenó, con guión de su por entonces esposo James Cameron, “Días extraños, una magnífica película de futuro cercano inspirada en la revuelta racial de Los Angeles de 1992, promovida a su vez por el escandaloso veredicto exculpatorio para los policías que en 1991 apalearon a Rodney King).

Jagged_orbit

Y es que con la New Wave temas tabú o tangencialmente abordados hasta el momento comenzaron a ser considerados. Así, por ejemplo, la aportación de Frederick Pohl a “Visiones peligrosas” (“Dangerous visions“, 1967) fue “El día después de que llegaran los marcianos”, un cuento (que en perspectiva resulta bastante pobretón) en el que un grupo de hombres en un bar se dedican a ridiculizar a la nueva minoría, los recién descubierto marcianos, descartando los viejos odios étnicos ante un nuevo objetivo para sus humillaciones.

La integración, sin embargo, aún estaba lejos. Samuel R. Delany, uno de los primeros (y de los más importantes) autores de ciencia ficción de raza negra, tuvo problemas para vender su novela “Nova” (1968) porque el protagonista Lorq Von Ray era mulato (hijo de noruego y senegalesa), y se escenificaba una lucha (mayoritariamente comercial) entre la racialmente diversa sociedad de las Pléyades y la mayoritariamente caucásica sociedad Draco terrestre. Ese mismo año, Ursula K. Le Guin publicó “Un mago de Terramar”, en el que el susodicho, Ged, es uno de los primeros personajes protagonistas de piel (ligeramente) oscura (de hecho, los humanos de piel blanca, o kargish, son raros en Terramar). La diversidad racial (con frecuentes inversiones del estereotipo blanco/bueno – negro/malo), sería una de las constantes de la obra de Le Guin, como puede comprobarse en “El nombre del mundo es Bosque” (“The name for world is Forest“, 1976, aunque basado en una novela corta de 1972).

Iron_dream

También dentro de la New Wave cabría mencionar a Norman Spinrad, que aborda tanto el racismo contra la población negra en “Incordie a Jack Barron” (“Bug Jack Barron“, 1969) como el antisemitismo nazi en “El sueño de hierro” (“The iron dream“, 1972), claro que lo hace a su manera, con grandes dosis de ironía y no poco afán provocador.

En fin, por no alargarme en exceso (es decir, aún más), podría decir que tras esta etapa (quizás gracias a ella), la raza dejó de ser un tema intratable… pese a lo cual tampoco se ha tratado demasiado, limitándose la mayoría de autores a asumir y mostrar futuros racialmente diversos (y donde la raza es a menudo la menos importante de la diferencias), tendencia que se acentúa con el aúge del transhumanismo (que convierte en obsoleta cualquier diferencia racial).

No quisiera concluir, sin embargo, sin mencionar a otra autora fundamental dentro de la literatura de ciencia ficción con sublecturas raciales: Octavia Butler. Esta escritora (de raza negra) utilizó a menudo su ficción para examinar temas sociales, religiosos y raciales, como por ejemplo en su trilogía de la Xenogénesis (compuesta por las novelas “Amanecer”, “Ritos de madurez” e “Imago”, publicadas entre 1987 y 1989) que entre sus muchos temas establece un paralelismo entre la vivencia de sus personajes (sometidos a una hibridación forzosa con una raza extraterrestre, para evitar la extinción) con los problemas de los descendientes de esclavos para establecer y reafirmar una cultura propia, arraigada en los orígenes africanos y al mismo tiempo integrada en su nuevo entorno social y tecnológico y con proyección hacia el futuro.

Ritos_madurez

Precisamente ese proceso, abordado desde una perspectiva artística (no sólo literaria, sino también musical y pictórica), ha dado origen a un movimiento (o una estética) bautizada (desde 1994) como afrofuturismo, del que tanto Octavia Butler como Samuel R. Delany son considerados precursores.

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~ por Sergio en diciembre 7, 2013.

6 comentarios to “Conflictos raciales en la ciencia ficción”

  1. Interesantísima entrada.
    Quisiera aportar sólo un pequeño datito: uno de los ejemplos más significativos con el que se ilustra el racismo del editor John W. Campbell es precisamente el de Nova. Campbell leyó la obra de Delany, y le gustó, pero no quiso publicarla porque, como bien señalas, su protagonista era mestizo…
    Tema espinoso (y asqueroso) este del racismo…

    • Al parecer, la historia de “Sixth column” le fue proporcionada a Heinlein por Campbell (algo que solía hacer con sus escritores), y éste incluso la suavizó un tanto, eliminando las aristas más evidentemente racistas.

      A este respecto, también cabría señalar el enfado de Le Guin con la adaptación televisiva de “Terramar” (en el 2004, a la vuelta de la esquina, vamos), por el blanqueamiento de buena parte de los personajes (incluyendo al protagonista). Claro que la miniserie es toda ella un engendro que no se sostiene a ningún nivel.

  2. Y siguiendo en esta línea, ¿qué te pareció C.S.A.?
    En “El Fugitivo” y “La Larga Marcha” también hay detalles racistas, reflejo que hace King, no obstante, de una realidad próxima y cotidiana norteamericana.

    • ¿C.S.A.? Me temo que me has pillado con esas siglas.

      En cuanto a King, me temo que el repaso es muy somero y me he dejado fuera muchos títulos importantes. De todas formas, me interesaba más centrarme en aquellos en los que el conflicto racial constituye un elemento clave del planteamiento o de la trama.

  3. Hoy pongo comentario sobre C.S,.A,, intentando destacar sus virtudes y defectos.
    Cierto: se escapan numerosas obras. Imposible abarcarlas todas. Pero has hecho un excelente trabajo. Lo que añadamos a él, son opiniones y matices. Quizás te agregaría Un fantasma recorre Texas.
    Saludos.

    • Tengo la novela de Leiber esperando en la estantería (aunque me temo que con las últimas incorporaciones su posición en la cola de lectura se ha retrasado muchísimo).

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