El mundo al final del tiempo

El pasado lunes falleció a los 93 años Frederik Pohl, una de las figuras más importantes de la historia de la ciencia ficción, por su polefacética labor como escritor, editor, agente literario, asesor editorial… y todo ello alcanzando una excelencia al alcance de muy pocos.

Hoy en día se le recuerda sobre todo por la Saga de los Heechee, que inició en 1977 con “Pórtico“, obra que le reportó los premios Hugo, Nebula y John W. Campbell. El año anterior ya había ganado el Nebula con “Homo Plus“, una de las primeras novelas transhumanistas. De su primera etapa como escritor destacó su colaboración con Cyril M. Kornbluth, cuyo pináculo fue “Mercaderes del espacio” (1952). Su última novela, “All the lives he led, es de 2011, lo cual supone que publicó libros en siete décadas diferentes.

Durante la Edad de Oro llegó a representar a la mitad de los escritores de ciencia ficción de éxito. Como editor, dirigió las revistas Astonishing Stories y Super Science Stories entre 1939 y 1943, aunque se período más importante en esta labor fue entre finales de los 50 y 1969, cuando fue el director de Galaxy e If (revista que le reportó el Hugo de edición tres años consecutivos). Desde esta posición, ayudó a lanzar la carrera de muchos escritores, como Larry Niven o Gene Wolfe. En los 70 trabajó para Bantam Books, publicando bajo ese sello algunos de los títulos más importantes de la New Wave.

Rescepto le rinde su homenaje con la crítica de “El mundo al final del tiempo” (“The world at the end of time”, 1990).

Pese a que Pohl abandonó sus estudios oficiales sin acabar la secundaria, y a que en su etapa como editor fomentó la especulación social, su enfoque siempre tendió más hacia el hard, con unos cimientos autodidactas (que en alguna ocasión le fallaron), algo particularmente cierto desde su retorno a la escritura a tiempo semi completo en 1977 (de hecho, fue uno de los impulsores del renacimiento de los valores campbellianos a finales de los 70). “El mundo al final del tiempo” ejemplifica a la perfección su enfoque.

La novela arranca en la Nueva Mayflower, una gigantesca nave colonizadora que se dirige hacia Nuevo Hogar del Hombre, la primera colonia extrasolar, destino hacia el que ya la ha precedido el Arca, y a donde arribará con posteriorida la Argosy). Se trata de una nave impulsada por antimateria, en la que la mayor parte del millar y pico de colonos viajan criogenizados, pues a pesar de que el vehículo llega a alcanzar la mitad de la velocidad de la luz se trata de un viaje de décadas.

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En las etapas finales de desaceleración (a tres lustros del destino), la familia de Viktor Sorricaine, un niño de doce años, es descongelada, pues una estrella cercana ha estallado misteriosamente y su padre es el astrónomo oficial de la expedición. Gracias a una trama paralela, descubrimos que el responsable de la catástrofe estelar es Wan-To, un ente alienígena de miles de millones de años de antigüedad, compuesto de plasma, que habita en el interior de estrellas, cuya paranoica guerra con sus díscolos descendientes está desatando el caos en la galaxia (un “organismo” similar al propuesto ya en 1957 por Fred Hoyle en “La nube negra”).

A lo largo del resto de la novela se van intercalando episodios de la vida de Viktor (los más extensos), con atisbos de la existencia de Wan-To, quien ajeno casi por completo a la insignificamente vida material, altera del destino de Nuevo Hogar del Hombre, utilizando su sistema estelar (así como otros ocho cercanos) a modo de señuelo, lanzando los nueve soles a velocidades relativistas en un viaje sin destino hacia el lejanísimo futuro (por obra y gracia de los efectos relativistas).

Aquí, la narración se aproxima al clásico de Poul Anderson “Tau Cero”, pues mientras en Nuevo Hogar del Hombre pasan los años en el universo no acelerado transcurren milenios, y a medida que siguen acelerando (a costa de la energía radiante de su sol), millones, billones, trillones e incluso cifras de años para las que no tenemos nombre, sino sólo cifras exponenciales.

Por motivos que no conviene revelar, Viktor es sometido a otras dos congelaciones. La primera, accidental, cubre un lapso de cuatrocientos años, despertando a un Hogar (la forma abreviada de conocerlo) sometido a un terrible período glaciar, donde los apenas cuatro mil seres humanos supervivientes se hayan enfrentados por cuestiones de índole religiosa (en 1979, Pohl ya había especulado con una colonización fallida, aunque en aquel caso por diferencias políticas, en “Jem).  Por hereje irredento, Viktor es castigado a una cuarta criogenia (contando con las dos del viaje) que se extiende por cuatro mil años, siendo recuperado por una cultura muy diferente, que habita un universo muerto donde sólo los nueve soles arrojan su luz al vacío de la muerte térmica, capaz incluso de disminuir a seres como Wan-To.

Mentiría si sostuviera que “El mundo al final del tiempo” está a la altura de las grandes novelas de Pohl. Para 1990 se trataba de una obra anticuada en cuanto a enfoque, con unos personajes que ya no estaban a la altura de las exigencias literarias del momento (o incluso de las alturas que el propio autor había escalado). Lo que sí puedo afirmar es que el libro es, sobre todo, un canto de amor a la ciencia (concretizada en la astronomía y la cosmología), de la que los Sorricaine (primero padre y luego hijo) se erigen como adalides (inconscientes) frente a la practicidad de los primeros colonos, el extremismo religioso de sus descendientes directos y la ociosidad artística de los más lejanos.

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En 1990 a la exploración espacial no le iba nada mal un empujoncito. Con la caída del bloque comunista, el programa espacial (ya muy de capa caída desde hacía por los menos quince años), había perdido su mejor apoyo político, y sus grandes costes se ponían en entredicho (el desastre del Challenger en 1986 tampoco había hecho mucho por mejorar su imagen pública). Aún quedaban proyectos en marcha (estaba a punto de iniciarse la construcción del Hubble, empresa a la que se homenaje directamente en la novela), pero los de mayor calado, como un hipotético viaje a Marte, estaban aparcados por completo.

La insistencia de Viktor Sorricaine, contra viento y marea, por descubrir los cómos y los porqués (del fenómeno que ha arrastrado a Nuevo Hogar del Hombre al final del tiempo), es la insistencia de alguien que considera que la ciencia es imprescindible y necesaria, y que las preguntas deben ser respondidas por nuestro propio bien, aunque el beneficio no sea evidente de forma inmediata.

Por desgracia, el autor comete algún que otro error científico, como sostener la transmisión instantánea de información entre partículas entrelazadas cuánticamente (los nombra pares Einstein-Rosen-Podolsky, haciendo referencia a una supuesta paradoja propuesta por los autores en 1936, aunque desde 1976 ya se sabía experimentalmente que el efecto no violaba el límite de la velocidad de la luz) o no tener en cuenta que los taquiones, de existir, viajarían hacia atrás en el tiempo (una década antes Gregory Benford ya había ganado el Nebula por explotar esta propiedad en “Cronopaisaje“). Tampoco su inmersión en los terrenos de la gravedad cuántica suena convincente. En otras palabras, para 1990 los conocimientos científicos de Pohl no le daban realmente para escribir ciencia ficción hard.

Pese a lo cual “El mundo al final del tiempo” constituye una obra más atractiva que la temáticamente similar “La odisea del mañana” (1996), del quince años más joven (sólo nueve en las respectivas épocas de escritura) y científicamente más preparado Chrarles Sheffield, llegando a ser realmente evocativa en sus episodios finales (pese a tratarse de escenarios ya contemplados por autores como William Hope Hodgson en “La casa en el límite“, Olaf Stapledon en “Hacedor de estrellas” o incluso Isaac Asimov en su famoso cuento “La última pregunta”, de 1956).

Por encima de estas debilidades, me quedaría con esa visión (casi nostálgica) que propugna, entronizando a la ciencia y describiendo las maravillas del universo con el mismo entusiasmo que a buen seguro inspiró su primera publicación, el poema “Elegy to a dead satellite: Luna” (Amazing stories, 1937), y su primer relato, “Before de universe” (1940, en colaboración con Cyril M. Kornbluth).

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frederik.pohl

Frederik Pohl (26 de noviembre de 1919 – 2 de septiembre de 2013)

IN MEMORIAM

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Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

Anuncios

~ por Sergio en septiembre 8, 2013.

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