Pacific rim

Con 190 millones de dólares de presupuesto, “Pacific rim”, la última película de Guillermo del Toro, era quizás la apuesta más arriesgada del año, al ser, de largo, la propuesta “original” más cara. Por “original” (así, entre comillas) se entiende que no se basa en ningún elemento preexistente, ya sea otras películas (“Monsters university”, 200 millones), libros (“Guerra mundial Z”, 190 millones), cómics y películas (“El hombre de acero”, 225 millones) o incluso series de televisión (“El llanero solitario”, 250 millones). Supuestamente, dicha originalidad debía valerle puntos en un mercado saturado de secuelas, precuales, spin-offs y demás variantes del bien conocido “apostar sobre seguro” (es un decir). A la hora de la verdad, la película va a tener que currárselo para llegar a los 400 millones de recaudación mundial (gracias a unos números espectaculares en China… de donde las productoras consiguen chupar sólo el 25%).

Vamos, que ni va a ser un fracaso estrepitoso (el título al mayor desastre económico del año anda en disputa entre “El llanero solitario”, “Asalto al poder” y “RIPD”), ni va a repartir beneficios que curen del susto a los inversores. Y eso que la promoción se atrevió a calificarla de “hito generacional”, con un impacto potencialmente similar al que tuvo “La guerra de las galaxias” en los que hoy por hoy rondan la cuarentena.

Pacific-Rim

Hoy por hoy la posibilidad de una secuela está más que en el aire (o quizás debería decir que descansa sobre los futuros resultados de Japón… que mucho me extrañaría que fueran positivos; a nadie le gusta que desde fuera jueguen con elementos culturales autóctonos), así que es improbable que del Toro tenga ocasión de corregir errores en futuras entregas. Algo que hubiera podido solucionarse tan sólo con juguetear un poco con las prioridades del proyecto, porque los mimbres estaban todos ahí, listos para ser ensamblados armoniosamente. A la postre, como ocurre a menudo, lo que falla es la columna vertebral, la estructura narrativa, dejando el experimento como una sucesión de peleas molonas, con el soporte dramático apenas suficiente para hilvanarlas (lo cual puede haber sido incluso contraproducente, pues al público no hay que irle con medias tintas; o te lo curras como en “Avatar” o abrazas irremediablemente lo descerebrado, como en la serie de Transformers).

La premisa de “Pacific rim” es simple y directa. En el futuro reciente se abre una brecha en el fondo del océano Pacífico por la que empiezan a surgir monstruos gigantescos, a los que se bautiza con el termino japonés kaiju (literalmente, “bestia extraña”, aunque, sobre todo para occidente, se aplica en particular a los monstruos tipo Godzilla). Tras los primeros y devastadores ataques a ciudades costeras, los gobiernos del mundo se unen para poner en marcha un contraataque conjunto que implica la construcción de robots gigantes, operados por dos pilotos unidos neuralmente a la máquina y entre sí (hacen falta dos para no sufrir una sobrecarga): los jaeguer (“cazador” en alemán).

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Vale, no es la idea más inteligente que se les hubiera podido ocurrir (como arma, la forma humana no es gran cosa), pero lo aceptamos como premisa de partida y homenaje a todo un subgénero. Tocaba, eso sí, darle consistencia, y ahí es donde las cosas empiezan a torcerse.

En el montaje final al menos (el director afirma que en la sala de montaje se quedó al menos una hora de desarrollo de personajes), las personalidades quedan reducidas a la mínima expresión, privando a los jaegers, literalmente, de su alma. El protagonista, por ejemplo, arrastra un trauma terrible (su hermano la palma estando ambos unidos neuralmente), pero eso apenas sirve como excusa para alejarlo del programa unos años, dejándolo listo para salvar la papeleta cuando la situación se muestra más desesperada. Más típico, imposible, aunque esto no es algo intrínsecamente negativo. El problema surge cuando tanto su trauma como el de su futura compañera se resuelven sin más, por pura cabezonería y optimismo inquebrantable.

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Así con todos: las restantes parejas de pilotos (aunque en realidad sólo a otra se le dedica atención), el jefe del programa (Stacker Pentecost, interpretado por un Idris Elba parcialmente desaprovechado que está reclamando a gritos una superproducción propia) e incluso la pareja de científicos locos de turno. Puede que todos tengan un arco argumental, pero en la película apenas se nos muestran piedras sueltas, dispuestas más o menos donde toca pero en modo alguno asentadas. La excusa, por supuesto, reside en no afectar al ritmo. Lo cual, en mi opinión, es un grave error, por varios motivos. Para empezar, nada apuntala más una escena de acción que el que el destino de los participantes te importe, así que dejándolos infradesarrollados estás descafeinando el conflicto. Pero es que además creo que a “Pacific rim” le hubiera ido de maravilla tomarse un respiro de tanto en tanto (con 132 minutos es bastante larga, pero media hora más, de desarrollo de personajes bien trabajado, hubiera sido perfectamente asumible).

La falta de concreción de las ideas también la encontramos en las sublecturas, que haberlas haylas. Un tema recurrente de la película es la necesidad de armonizar diferencias para trabajar en conjunto (la propia premisa ya habla de la unión de la humanidad frente a un enemigo común). Hay varias parejas inicialmente antagónicas que acaban colaborando, siendo la unión neural la expresión literal de esta idea. Por desgracia, este elemento filosófico se queda en lo anecdótico. A lo más que llega es a hacer un par de chistes sobre la unión de pensamientos. La experiencia demoledora de compartirlo todo con otro ser humano no parece tener ningún efecto discernible en la relación, dejando una idea grandiosa, repleta de ramificaciones potenciales, reducida a la categoría de mera excusa argumental (y ya no digo nada de la posibilidad de explorar el concepto de que cada piloto representa un hemisferio cerebral).

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No quiero dar una impresión equivocada. La película mola. Técnicamente es impecable, con unos efectos que transmiten a la perfección la sensación de gigantismo (hay por ahí voces críticas por ser la mayor parte de las escenas nocturnas o incluso bajo la lluvia, aunque desde mi perspectiva el uso de intensísimas luces artificiales transforma esa supuesta ventaja infográfica en justo lo contrario: un alarde estético). Tan sólo sostengo que, con un poco más de esfuerzo (o una redistribución del mismo, porque no cabe duda de que en el diseño de producción se han invertido miles de horas de trabajo), el resultado hubiera sido igual de impactante a nivel visual y mucho más atractivo emocional e intelectualmente.

Quizás “Pacific rim” haya sido víctima de su propio gigantismo. Para reducirla a un tamaño manejable Guillermo del Toro se vio obligado a podar por todos lados (se comenta, por ejemplo, que llegaron a haber hasta cuarenta diseños completos de jaegers) y en algún momento se le fue la mano con las tijeras.

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~ por Sergio en agosto 14, 2013.

5 comentarios to “Pacific rim”

  1. Fui a ver la película emocionado por los buenos comentarios que había leido pero francamente salí decepcionado. Concuerdo plenamente con tus afirmaciones, la película tiene muchos efectos especiales, sorprendentes todos, pero carece de lo más importante: trama. Casi me quedo dormido al final de la película que se me hizo muy larga. Me aburrí al verla.

  2. Yo no me aburrí, aunque me parece una película muy por debajo del nivel de Guillermo del Toro. Creo que todos acudimos a verla con las expectativas demasiado altas.

  3. Bueno, en realidad el cine de Guillermo del Toro se ha destacado sobre todo por su estética (aunque es verdad que ha sabido desarrollar personajes mucho más carismáticos que los de Pacific Rim). En cualquier caso, es posible que con tanto presupuesto entre cierto vértigo y surja el impulso de simplificar con la idea de llegar mejor a los espectadores.

  4. Estoy de acuerdo, es visualmente grandiosa pero con personajes planos y trama vista ya mil veces.

    Lo que más me ha sorprendido es la reacción airada de muchos aficionados ante las críticas, alegando que no se le puede pedir profundidad de personajes a una película de este género. Es como si me dijeran que no se puede hacer una película bélica profunda, “porque esto va de pegar tiros”.

    Personalmente, y como devoto lovecraftiano, prefiero que Del Toro no dirija nunca En las Montañas de la Locura, porque miedo me da lo que pudiera quedarle…

    Saludos,
    Entro

    • Tampoco a mí me acaba de inspirar confianza como director de “En las montañas de la locura”. Lovecraft es más que estética, y esa historia en particular constituye la culminación de su giro hacia el materialismo (en cierto modo, de su desmitificación de los mythos). Del Toro, me temo, se quedaría en la superficie (aunque he de reconocer que en mi postura pesa el tener una idea muy precisa sobre lo que podría ser una actualización de los mythos lovecraftianos, abordada desde la ciencia ficción, por supuesto; quizás para el 2017…).

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