Brasyl

Ian McDonald es uno de los principales autores británicos actuales de ciencia ficción, con una propuesta especulativa algo diferente de la predominante, pues su ficción no explora ni la space opera ni escenarios singularistas, sino que apunta más bien hacia el futuro (no tan) cercano, con especial atención hacia el desarrollo futuro de economías postcoloniales (cabe resaltar que en esa categoría incluye a Irlanda del Norte, que es su hogar desde que en 1965, cuando tenía cinco años, su familia se mudó a Belfast).

Escritor profesional desde 1987, con varias nominaciones y premios (relativamente) menores a sus espaldas, su consagración definitiva llegó en 2004 con “El río de los dioses”, una mirada hacia la India del 2047 que fue nominada a los premios Hugo y Arthur C. Clarke y ganó el British Science Fiction Award. Con su siguiente novela, “Brasyl” (2007), repitió victoria en el BSFA, así como completó el triplete de grandes nominaciones (Hugo, Nebula y Locus).

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“Brasyl” propone tres historias, apenas interrelacionadas, que se ambientan en tres visiones de Brasil no sólo temporalmente distantes (1732, 2006 y 2032), sino también pertenecientes a universos ligeramente divergentes (lo que hace de la tramas del siglo XVIII y contemporánea dos ucronías atípicas, en las que el punto Jonbar resulta irrelevante, siendo más bien representantes de una multiplicidad de realidades coexistentes).

El protagonismo en el 2006 recae en Marcelina Hoffman, una productora de realities en un canal pequeño de Río de Janeiro. Imagina cómo llevar la telebasura un paso más allá al tiempo que libera tensiones como practicante de capoeira y mediante una atípica relación sentimental/sexual con un adusto presentador de telediarios. Su última idea, buscar a Moacir Barbosa, portero de la selección brasileña de fútbol de 1950, y juzgarlo públicamente por el Maracanazo. La búsqueda del ex cancerbero, sin embargo, pronto se muestra elusiva, y lo que es peor, la vida de Marcelina empieza a derrumbarse a su alrededor por la intermediación de un misterioso agente… que todas las pruebas se empeñan en identificar como ella misma.

Edson Jesus Oliveira de Freitas es un joven favelista del São Paulo de 2032, un emprendedor en el mismo borde exterior de un sistema obsesionado por la vigilancia y el control, cuya tecnología más característica son las gafas I, a medias interfaz informático, a medias etiqueta identificativa. Erómeno de un catedrático de computación cuántica, se enamora de Fia Kishida, una quantumeira (hacker de sistemas cuánticos) cuyos propios negocios turbios llevan a una muerte violenta. Para sorpresa de Edson, pocos meses después descubre a una mujer idéntica a su Fia, objetivo al parecer de una conspiración. Pese a ser consciente de que es (en cierto sentido) otra chica, pone a su servicio todo su conocimiento callejero para librarla de sus poderosos perseguidores.

Por último, el jesuita irlandés Luis Quinn llega en 1732 a un Brasil colonial, azotado por una serie de plagas que diezman a los animales domésticos, con la misión de poner en cintura al padre Diego Gonçalves, quien al parecer ha estado construyéndose un pequeño reino personal Amazonas adentro. Acompañado en esta misión (con ecos tanto de “El corazón de las tinieblas” de Joseph Conrad como de la película “La misión” o incluso de la expedición de Orellana en busca de El Dorado) por el científico francés Robert Falcon, acaba descubriendo que la selva virgen esconde secretos lo bastante terribles como para hacer incluso tambalear su fe y destruir su ordenada concepción del mundo.

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Ian McDonald utiliza estas líneas argumentales para un doble propósito. Por un lado el libro celebra la polifacética realidad de Brasil, el quinto país del mundo en extesión y segundo en población, así como una de las principales economías emergentes. Lo hace, además, desde una perspectiva mayoritariamente interna (en la trama de 1973 se puede argumentar que la actual población brasileña es heredera directa de los colonizadores europeos y la antigua comunidad esclava africana, antes que de las tribus indígenas), lo cual lo diferencia de la Thailandia que Bacigalupi muestra en “La chica mecánica“. Por otro, sirven de ejemplo para mostrar la naturaleza cuántica de la realidad, y la conexión entre las diversas facetas de lo que el autor denomina multiverso (esta característica, prescindiendo de la física, ha hecho que también haya sido comparada a menudo con “El atlas de las nubes” de David Mitchell).

El fundamento, más filosófico que científico, del libro se encuentra en “The fabric of reality”, una obra especulativa publicada por el físico David Deutsch en 1997. No entraré en demasiado detalle sobre ella por no desvelar sin querer elementos cruciales de la trama de “Brasyl”, baste con apuntar que se basa en la interpretación de los muchos mundos de Everett, la epistemología de Popper, la teoría computacional de Turing (adaptada para ordenadores cuánticos) y la síntesis moderna de la evolución para elaborar su propia teoría del todo (no demostrable, sino tan sólo apoyada por su propia interpretación de la navaja de Occam). Todo ello integrado con la teoría del Punto Omega de Tipler.

Bueno, al menos en teoría. Me da la impresión de que McDonald no termina de comprender el alcance de los (en ocasiones controvertidos) conceptos que maneja Deutsch, o al menos eso se desprende de la super trama que construye, emparentada directamente con las viejas intrigas temporales que nos han dado títulos como “El fin de la Eternidad” (Isaac Asimov, 1955), “El gran tiempo” (Fritz Leiber, 1958) o la serie de “La Patrulla del Tiempo” de Poul Anderson (iniciada en 1955). Incluso cuando aborda cuestiones más modernas no deja de sonar a algo ya tratado (por ejemplo, por Robert Charles Wilson en “Darwinia”, 1998), por no hablar de que no alcanza la contundencia metafísica de Greg Egan, desde las especulaciones sobre la naturaleza del universo en su Trilogía de la Cosmología Subjetiva (“Cuarentena”, 1992; “Ciudad Permutación“, 1994; y “El instante Aleph“, 1995) o sobre la ética bajo la intrepretación de Everett (la novela corta “Singleton”, de 2003, publicada en la antología “Oceánico”).

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Y es una pena, porque no cabe duda alguna de que Ian McDonald, desde un punto de vista literario, es mucho mejor escritor que todos los anteriores. Cada una de las tramas constituye por separado una lectura absorvente, que nos introduce de lleno en el ambiente y época que describe, ya sea la narración histórica de principios del XVIII (sólo desentona la increíble perspicacia científica de Robert Falcon, que le permite concebir ideas adelantadas en al menos dos siglos a su época) o el caótico escenario casi postcyberpunk del São Paulo futurista. Eso por no hablar de los dardos lanzados contra el mundillo de la producción audiovisual sensacionalista en la línea contemporánea (cabe señalar que el autor trabajó en televisión a finales de los años ochenta). Los comentarios desde el país en cuestión, además, dan a entender que, siendo un autor extranjero, fue capaz de asimilar y comunicar a la perfección la idiosincrasia brasileña.

Es a la hora de cerrar y entralazar las historias (me permito una digresión para comentar cómo la traducción, bastante buena en términos generales, tropieza un poquito en la terminología cuántica, al traducir “tangled” por “enredado” en vez de “entrelazado”) cuando la debilidad del entramado especulativo se pone de manifiesto, dando lugar a una (o tres) conclusión(es) poco satisfactoria(s), que empobrecen un poco el conjunto.

“Brasyl” perdió el Nebula ante “Poderes” de Ursula K. Leguin y tanto el Hugo como el Locus ante “El sindicato de policía yiddish“, aunque cabe señalar que tan sólo esta novela y la ucronía de Chabon alcanzaron el estatus de finalista en ambos premios (por lo que respecta al Nebula, que “El sindicato de policía yiddish” también ganó , en ediciones diferentes). De igual modo, fue declarada finalista del John W. Campbell Memorial, aunque en las últimas ediciones es un honor un tanto diluido por el gran número de nominados (catorce en 2008).

Otras opiniones:

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~ por Sergio en mayo 23, 2013.

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