Mecasmo: Orgasmo mecánico

John Thomas Sladek es un autor peculiar. Estadounidense de nacimiento, para 1966 se encontraba en el Reino Unido, a tiempo de verse influenciado por la New Wave, mamándola directamente de su fuente. Sus primeros textos, coescritos con su amigo Disch (que también por aquel entonces iniciaba su carrera), aparecieron en 1966 en la revista de Michael Moorcok New Worlds. En 1967 formó parte de la antología “Visiones Peligrosas” y en 1968 se publicó su primer libro: “Mecasmo: Orgasmo mécanico” (“The Reproductive System” en su edición inglesa original; “Mechasm” al año siguiente en Estados Unicos; nótese cómo el título va ganando en sutileza en su periplo Reino Unido-EE.UU.-España).

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Eso sí, en contra de la seriedad (casi me atrevería a decir que pomposidad) de muchos de sus colegas, lo que le iba a Sladek era la sátira, el surrealismo, en otras palabras: el pitorreo padre. Con sustrato filosófico, sí, pero a su manera. En resumidas cuentas, lo que le interesaba era poner de manifiesto los defectos (del ser humano, de los Estados Unidos, de la ciencia ficción) a través de retorcidas reducciones al absurdo.

“Mecasmo” toma uno de los escenarios más típicos del género, el de la rebelión de las máquinas, y lo sume en el caos. Todo comienza en una fábrica de muñecas andarinas de Nevada, que se enfrenta a la quiebra cambiando su negocio por el de la investigación militar, porque:

Si somos capaces de presentar al gobierno un proyecto extremada, irremediablemente inútil, nos concederán una subvención para investigación pura.

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El científico loco de la historia es el doctor Totó (por el perrito de Dorothy) Smilax, un sádico con graves problemas afectivos, que entre otros muchos adelantos ha inventado la CUCA (Computadora Universal Cuantificable ADN), un sistema operativo mediante ADN que se utiliza para crear máquinas capaces de buscar por su cuenta alimento (diversos tipos de metales) y energía (cualquier tipo de energía) para reproducirse (un planteamiento similar al del cuento “Los cangrejos caminan sobre la isla”, del ruso Anatoly Dneprov, que se publicó en inglés ese mismo año 1968). Por supuesto, a las primeras de cambio las “células” se descontrolan y comienzan a abrirse camino, literalmente a mordiscos, por todo el sureste del país.

Lejos de seguir una trama lineal, la historia se bifurca una y otra vez, siguiendo las visicitudes de una docena larga de personajes. Por añadidura, una serie de coincidencias increíbles fuerzan entrecruzamientos que en ningún momento pretenden ser coherentes, con los escenarios principales (el pueblucho de Altoona, la ciudad de Las Vegas, el centro de mando del NORAD, la factoría de Millford) sirviendo de escenario a una farsa casi surrealista.

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Los dardos de Sladek se dirigen principalmente contra los militares (el menos maltratado es un sargento que se empeña en mantenerse de guardia, exigiendo el pase a todo quisqui, hasta ser relevado, aunque el fin del mundo se haya desatado a su alrededor), aunque le queda munición para burlarse de la carrera espacial (en aquel momento dirigida a situar al primer hombre en la Luna), de la guerra fría, de la burocracia, de la ciencia… de todo lo que se ponga a tiro.

Claro que una cosa es la intención y otra los resultados. Por desgracia, sus esfurzos no siempre se saldan con el triunfo, y su empeño en fragmentar la narración (quizás se había emocionado demasiado con los experimentos de William Burroughs, autor de “Nova Express“, al que menciona explicitamente), saltar sin aviso de personaje en personaje y omitir escenas de enlace hace que la seguir el hilo de los acontecimientos constituya por momentos una dura prueba. Si a esto añadimos cierta tendencia hacia el surrealismo (cuando no al dadaísmo), queda completado el campo para que la novela despierte por momentos más perplejidad que hilaridad (que aun así tiene sus momentos, como en un capítulo que se burla de las operaciones de espionaje y contraespionaje, mientras rusos y americanos intentan sabotear el lanzamiento de un cohete lunar gabacho en Tánger).

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De fondo es posible detectar una reflexión en torno a la relación del hombre con sus creaciones (que se puede rastrear a lo largo de toda la obra de Sladek), con un apunte hacia la posible obsolescencia de la humanidad, e incluso atisbos de ideas que no serían exploradas a conciencia hasta décadas más tarde (todo el libro tiene un aromilla precyberpunk, siempre y cuando se elimine del concepto cualquier referente informático; e incluso se llega a medio formular una tesis que bien podría ser singularista). Por condicionantes personales, me ha resultado particularmente sorprendente su especulación en torno a una posible computación con base de ADN, habida cuenta que lo más reciente en el campo era el descifrado del código genético, con la relación entre codones y aminoácidos, que se había verificado a  lo largo de los años 60 (en 1968 se concedió el premio Nobel en Fisiología o Medicina a Har Gobind Khorana, Robert W. Holley y Marshall Nirenberg por sus investigaciones en este campo, abierto Severo Ochoa, galardonado en 1959).

Pese a estos destellos de anticipación, lo cierto es que Saldek no llega a profundizar en ninguna de las ideas lanzadas, dejando con la miel en los labios. Al parecer, sus intereses (y los del género en su conjunto) marchaban por distintos derroteros.

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Como sátira, “Mecasmo” es un texto que se esfuerza demasiado en abarcar lo máximo posible, perdiendo en el proceso agudeza. Los mejores momentos surgen de sus ataques al estamento militar, pero son golpes burdos. Sirven, sin duda, para compartir unas risas a su costa con los ya afines a su filosofía, pero dudo mucho que consigan nuevos conversos. Quizás sea más pertinente la burla hacia el ser humano en su conjunto, pero las generalidades nunca resultan tan impactantes como un torpedo bien dirigido hacia la línea de flotación de una creencia (me viene a la cabeza la genialidad que supone “Más verde de lo que creéis“, publicada por Ward Moore en 1947).

En cuanto al estilo… Creo que es un ejemplo claro de que aunque algo pueda hacerse, ello no implica necesariamente que se deba. El propio Sladek resulta muchísimo más incisivo a través de la linearidad de “Tik-Tok“. Eso sí, es posible que parte de la gracia del autor, famoso por sus juegos de palabras y sus acrónimos chistosos, se pierda irremediablemente en la traducción.

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en mayo 16, 2013.

7 comentarios to “Mecasmo: Orgasmo mecánico”

  1. Vaya por delante que no he leído esta novela, así que no puedo -ni busco- opinar sobre ella, sino sobre la Nueva Cosa en general. Y es que, con independencia de los valores intrínsecos de una novela o un autor en concreto, lo que siempre me ha echado para atrás de esta tendencia ha sido la para mí extraña -e incómoda para el lector- manera de redactar. Puedo tener mucho aguante -con independencia de que me guste o no- con argumentos extraños, inhabituales o revolucionarios, pero lo que no soporto es un estilo literario digamos incoherente o deslavazado, algo de lo que solían pecar mucho estos autores.

    Claro está que es una reflexión personal, no una crítica…

    • Es lo que tiene la experimentación. A veces sale bien, otras no tanto (y hay por ahí un puñado de fracasos espectaculares). De todas formas, hacía falta explorar las posibilidades, y la ciencia ficción posterior le debe mucho a esta época, independientemente de la afinidad personal con sus postulados. Yo creo que he aprendido a apreciarla (aunque después de cada incursión suele apetecerme un cambio de registro radical).

      • Ya, estoy de acuerdo contigo, pero es que yo diferencio entre la forma y el fondo. Digamos que acepto la experimentación en el fondo, pero soy bastante más conservador en la forma. Dicho con otras palabras, admito las cosas raras siempre y cuando estén bien escritas… pero cuando me encuentro con una redacción o un estilo que considero deficientes, o directamente desconcertantes, la verdad es que se me pone muy cuesta arriba. Y ese fue para mí el principal defecto de la Nueva Cosa, hay novelas que están escritas (insisto, me refiero a la forma, no al fondo) de una manera que ni una redacción escolar.

      • Oh, la experimentación formal también era necesaria, claro que a veces se pasaban. Aldiss, por ejemplo, tiene grandes novelas… Y la incomprensible y pedante “A cabeza descalza”. En general, creo que su nivel literario era superior a la media de la generación precedente, y que su influencia, atemperada, se mantiene para bien.

        Lo cual no quita que de vez en cuando, como en mi opinión es el caso, el experimento saliera rana.

        En cualquier caso, lo bueno de la ciencia ficción es que tiene para todos los gustos.

        • Bueno, quizá sea por mi formación académica, pero lo cierto es que, aun reconociendo y admitiendo la necesidad y la importancia de los experimentos, tengo también muy claro que son sólo eso, experimentos, y que no pueden ser tomados jamás como un canon o un camino a seguir. Simplemente, lo que hay que hacer es aprovechar lo bueno que se saque de ellos, incorporándolo al acervo general, y olvidarnos de lo demás. El problema surge (y éste es a mi modo de ver el del arte contemporáneo en cualquiera de sus vertientes) cuando a estos ensayos se les pretende convertir en la “evolución lógica” al tiempo que se anatemiza a todo lo anterior tildándolo de anticuado. Al fin y al cabo el hiperrrealismo es tan contemporáneo como los vanguardismos, por mucho que les pese a quienes intentaron vetar a Antonio López en el Reina Sofía. Esto es lo que critico, ese exclusivismo descarado de muchos.

      • Sí, se tiende a identificar automáticamente heterodoxia estilística con calidad literaria (y lo contrario), lo cual me parece un error, en especial cuando se consigue a costa de descuidar el fondo conceptual (o despreciar el “mero” entretenimiento).

        • Y no sólo eso. Surge un movimiento artístico como rebeldía ante el academicismo imperante y, en cuanto cobra fuerza… se convierte en una tiranía tan absoluta como la que pretendió combatir. Yo no tengo nada en contra del arte vanguardista (aunque no me gusta), pero lo que me hace gracia es que te tilden de retrógrado o incluso cosas peores en cuanto manifiestes tus gustos por otros estilos más tradicionales. Como si cada cual no fuera libre de gustarle lo que más le plugiera…

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