Huevo del dragón

Con el declive de la New Wave a finales de los setenta y el renovado interés por el componente científico en la ciencia ficción (espoleado por los avances), era sólo cuestión de tiempo que surgiera un nuevo autor que tomara el testigo de la vertiente ultrahard del género, en manos hasta entonces de Hal Clement, y lo introdujera a las nuevas generaciones de lectores (el hard de ingeniero de Arthur C. Clarke seguía siendo atractivo, como demuestran los premios que cosechó “Fuentes del paraíso” por aquel entonces, pero hay una clara diferencia entre ambos enfoques, la misma que existe entre ciencia pura y ciencia aplicada). El papel recayó en Robert L. Forward, que levantó gran expectación con su primera novela: “Huevo del dragón” (“Dragon’s egg”, 1980).

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De hecho, hasta se podría argumentar que “Huevo del dragón” es una vuelta de tuerca sobre “Misión de gravedad”, la novela más famosa de Hal Clement, publicada en 1953. En aquélla se nos presentaba el planeta Mesklin, un superjoviano con una gravedad en superficie que oscila entre las 3 g en el ecuador y los 700 g en los polos. En ésta la protagonista es la estrella de neutrones homónima, sobre cuya corteza se alcanzan las 67.000.000.000 g… ocho órdenes de magnitud por encima.

Lo curioso es que Forward apenas era diez años más joven que Clement, quien había publicado su primer libro con veintisiete años. La diferencia generacional por lo que respecta a sus respectivas carreras literarias se amplía a más de treinta años. El lapso discrepante lo ocupó Robert L. Forward desarrollando una prestigiosa carrera como ingeniero aerospacial en los laboratorios de Hughes Aircraft (a partir de 1987 se desvinculó de la empresa para dedicarse a la escritura, aunque siguió realizando labores de consultor para organizaciones como la NASA).

Precisamente su especialidad fue el estudio de la gravedad, de ahí que fuera lógico que recogiera el guante arrojado por el astrónomo Frank Drake en 1973, al afirmar que la vida podía llegar incluso a surgir en un entorno tan hostil como lo es la superficie de una estrella de neutrones, que poseen una masa parecida a la del Sol concentrada en un diámetro de unos pocos kilómetros (los valores propuestos por el autor son 0,5 masas solares y 20 kilómetros… lo cual no son valores típicos de acuerdo con los conocimientos actuales, que apuntan más hacia 1,5 y 12 respectivamente). Así nacieron los cheela, como herederos espirituales de los mesklinitas.

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La novela arranca hace 500.000 años, con la explosión de la supernova que dio origen a la estrella de neutrones (e indirectamente inundó el relativamente cercano Sistema Solar con radiación que provocó, entre otros efectos, la aparición por mutación de un mono bípedo con capacidad para hablar en las llanuras africanas). Milenios después, en el 2020, una doctoranda en astrofísica capta una molesta interferencia en la señal de una sonda lanzada por encima de la eclíptica para estudiar el Sol. El análisis de este problema, que ocupa todo un capítulo del libro, lleva al descubrimiento del púlsar (la estrella de neutrones rota cinco veces por segundo), que se encuentra a tan sólo 2300 uA, en la dirección de la constelación del Dragón (de donde gana su nombre).

Desde ese mismo momento empieza a organizarse una expedición para aprovechar la oportunidad de investigar el fenómeno, de modo que treinta años después la San Jorge, con el módulo órbital Matadragones, está en disposición de estudiar la estrella de materia degenerada. Para sorpresa de los científicos, su láser de reconocimiento topográfico genera una respuesta que pone de manifiesto la existencia de vida inteligente, iniciándose entonces uno de los escenarios de primer contacto más extraños de la historia de la ciencia ficción.

Porque una peculiaridad de los cheela es que su vida, gobernada por reacciones nucleares, no químicas, transcurre un millón de veces más rápido que la nuestra. Desde la creación de Huevo del Dragón ha habido tiempo suficiente para que evolucione la vida, desde autótrofos (como plantas, que aprovechan gradientes de temperatura para generar energía) a animales y, por último seres pensantes ameboides, como tortas aplanadas de unos pocos milímetros, que viven en un entorno poco menos que bidimensional (y teniendo en cuenta el titánico campo magnético, que favorece una orientación este-oeste, la dirección fácil, casi unidimensional en la práctica).

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En lo que dura la misión humana, los cheela pasan de la edad de piedra a desarrollar una civilización mucho más avanzada que la nuestra, pues un día terrestre es equivalente a un milenio suyo. La novela narra tanto los desafíos técnicos de la expedición (como el sistema que deben diseñar para evitar quedar destrozados por fuerzas de marea que podrían generar diferencias de 200 g entre la cabeza y los pies de los visitantes situados en una órbita de 400 kilómetros de altura), como toda la cultura cheela (mostrada por obligación episódicamente, y con paralelismos a veces excesivos con la nuestra, pues, peculiaridades fisiológicas aparte, no cumplen la máxima de Campbell de que un alienígena no debe pensar como un humano).

Pese a las dificultades comunicativas, el optimismo predominante en la ciencia ficción de los ochenta se pone de manifiesto en la forma en que todos los problemas se salvan y la curiosidad mutua da origen a una improbable amistad, llegando incluso a celebrarse un breve encuentro cercano interespecífico (de poco más de un segundo). En esencia, “Huevo del dragón” es una declaración de amor a la ciencia (Forward siente especial atracción por los sabios Cheela; sus Da Vinci, Galileo y Einstein) y a los misterios del universo (y una reivindación, en su primer tramo, de la figura de Jocelyn Bell, codescubridora de los púlsares en 1967, aunque no receptora del premio Nobel de 1974, otorgado a su director de tesis, por haber realizado el trabajo como doctoranda).

Robert Forward llegó a describir su libro como un tratado de física sobre las estrellas de neutrones novelado. Seguramente recordaba las dificultades que había tenido para publicarl0. En principio, iba a ser un proyecto conjunto con Larry Niven, pero como éste se encontraba demasiado ocupado con “El Martillo de Lucifer” tuvo que apañárselas solo, y fue coleccionando rechazos hasta que Lester del Rey le dio unos cuantos consejos para humanizar la historia.

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Pese a la ayuda del que sería su futuro editor, peca de casi todos los defectos que se atribuyen a la cifi hard: personajes (humanos) acartonados, conflictos simples y diálogos forzados. En contrapartida, nos ofrece una de las razas alienígenas más singulares y simpáticas jamás descritas (con una biología, reservas sobre la química neutrónica aparte, mucho más sólida de lo que fue la norma del autor). En cuanto al escenario… no es posible ganarle en exotismo y capacidad de generar asombro. Con todas las deficiencias narrativas del novato Forward (tampoco es que con la práctica llegara a pulirlas demasiado), “Huevo del Dragón” es una de esas obras de ciencia ficción únicas e inolvidables.

En 1985 Forward publicó una continuación directa: “Estrellamoto“. Juntas conforman la serie de los cheela, que ha conocido una única edición en español (en 1988), con una traducción, al menos en este primer título, bastante insatisfactoria por lo que respecta a términos técnicos (y también, aunque esto sea anecdótico, en la transcripción latina de palabras rusas, al mantener de base la fonética inglesa).

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en mayo 12, 2013.

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