Upside down (Un amor entre dos mundos)

Una de las principales virtudes que puede tener una película fantástica es la originalidad. Por desgracia, al ser un medio donde lo visual reviste una gran importancia, no es raro que los autores dediquen toda su creatividad a ese aspecto, descuidando otros igual de cruciales, como por ejemplo la trama o, en el caso de la ciencia ficción, también la subtrama.

Tal es el caso, por ejemplo, de “Upside Down” (por estos lares la han traducido como “Un amor entre dos mundo”, pero me abstendré de perpetuar esa blasfemia), un largometraje tan fascinante a nivel visual como fallido desde el punto de vista de la historia. Tal vez por ello esta producción de 50 millones de dólares de presupuesto ha sido un fracaso en todo el mundo (el que se filtrara a Internet antes incluso de entrar en exhibición no ayudó precisamente a generar comentarios positivos). Más adelante analizaré sus problemas, ahora toca una breve sinopsis.

UpsideDown

Adam y Eden son dos jóvenes que viven en mundos diferentes… literalmente. Existen dos planetas gemelos, orbitando el uno junto al otro, cada uno con su propia gravedad, que no afecta a los objetos del opuesto. La única comunicación oficial entre los mundos es a través de la empresa Transworld, cuya principal actividad consiste en importar petróleo de abajo para producir energía barata arriba. Ello condiciona dos sociedades, una próspera (y explotadora) y otra económicamente subyugada.

Existe, sin embargo, otro punto de casi contacto. Hay un enclave en las montañas donde los dos planetas casi se tocan. Allí es donde en su juventud se encuentran los dos protagonistas y nace entre ellos la amistad. Un grave accidente, sin embargo, hace que pasen diez años antes de que vuelvan a verse. Él trabaja en desarrollar una antigua fórmula familiar para anular la gravedad, basada en un producto formado por polen de ambos mundos. Ella no recuerda nada previo al accidente, y trabaja en el departamento de promoción de Transworld.

Desde el mismo momento en que Adam descubre el paradero de Eden, se propone recuperar su relación, aunque para ello tenga que vender su investigación a la compañía. Eso sí, una vez en el edificio Transworld (que conecta ambos mundos), hará lo imposible para reunirse con ella, aunque ello suponga vulnerar todas las leyes, tanto las humanas como las físicas.

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“Upside down” nos plantea el escenario del amor prohibido entre personas de extracto social diferente (por supuesto, la “rica” es siempre ella). Al mismo tiempo, escenifica desde una perspectiva más general una relación de desigualdad económica y comercial entre arriba y abajo o, visto de otra manera, norte y sur (el director, Juan Diego Solanas, es argentino). Para ello construye una metáfora en base a los planetas con gravedades opuestas, elaborando un pequeño conjunto de reglas para definir las posibilidades: los objetos de cada mundo sólo responden a su gravedad, si se unen el resultante neto determina hacia dónde es atraído el conjunto, con la salvedad de que al cabo de no mucho en el punto de contacto se inicia una reacción de desintegración exotérmica.

Hasta aquí todo correcto. No cuesta imaginar que éste hubiera podido ser el planteamiento de una novela de Brian Aldiss o Robert Silverberg de los años 60 ó 70. Lo que tocaba era tomarlo como base para construir sobre él un desarrollo significativo. La película no lo hace. Se contenta con exhibir su metáfora y considerar que con ello está todo el trabajo hecho. Del planteamiento salta a la conclusión. A este respecto, supongo que no echo a perder ninguna sorpresa si desvelo que al final, por decreto, el amor lo puede todo y las desigualdades se esfuman por arte de magia.

Sí, magia, porque las reglas enunciadas al mismo inicio de la película (seguramente por imposición de los productores, que no confiaban demasiado en que el público esperara hasta un poco más adelante para conocerlas) no son coherentes, sino que se vulneran de forma reiterada, acomodándolas al mensaje que se quiere transmitir. Eso es un grave error. Lo ideal hubiera sido crear unas reglas sólidas, aunque no hubieran tenido un paralelismo físico real, un armazón que resistiera la construcción del edificio especulativo.

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El mismo descuido se aprecia en el desarrollo de la trama amorosa. La relación entre Adam y Eden (pasemos por alto la obviedad etimológica) discurre de tópico en tópico, sin que el guión se preocupe por unir de forma coherente los puntos. Un ejemplo: la amnésica Eden ha vivido durante diez años no influenciada por los acontecimientos de su juventud, hasta que porque así lo exige el guión lo recuerda todo y retoma su vida y su relación justo donde la dejó; nada de lo que ha ocurrido entremedias tiene la menor relevancia. Al final, por supuesto, los dos acaban juntos, aunque para ello tengan que sacarse de la manga otra modificación mágica de las leyes que supuestamente rigen el mundo.

Lo peor es que la extrema debilidad del guión es una auténtica pena, porque a nivel visual “Upside down” es mucho más que satisfactoria. Las imágenes que conjura son poderosas, y algunas de ellas, como la oficina doble o el Café Dos Mundos, atesoran un enorme potencial desaprovechado. Por desgracia, el discurso sobre desigualdades sociales es tan superficial y tramposo como carente de emociones auténticas la historia de amor. A la postre, la película es tan bonita como olvidable. Tal vez hubieran debido reservar un poco de creatividad para hacer algo con las ideas que propone. Con sólo que hubieran estado a la altura del escenario, la película hubiera sido memorable.

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~ por Sergio en abril 28, 2013.

Una respuesta to “Upside down (Un amor entre dos mundos)”

  1. Totalmente de acuerdo. Es una buena idea netamente desaprovechada. Es una pena, porque visualmente regala momentos muy bellos, pero no vienen acompañados con un desarrollo de la historia y los personajes (ese repentino recuperar de la memoria de Eden, como bien dices), o en todo caso el “desarrollo” que le dan es fallido.

    Saludos.

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