The princess and the goblin (La princesa y los trasgos)

La obra más famosa de uno de los precursores de la fantasía moderna, George MacDonald, es la novela infantil “The princess and the goblin”, publicada en 1872. Al contrario que su ficción para adultos, que disfrutó de una popularidad limitada, los cuentos de hadas de MacDonald le ganaron la admiración incondicional de los niños, que según las crónicas de la época esperaban a la puerta de su casa para poder echar un vistazo al creador de aquellas historias tan maravillosas.

Aparte de introducir a toda una generación de niños a la fantasía, el autor es famoso por la influencia que ejerció sobre los inklings. En particular sobre C. S. Lewis, pudiendo considerarse su serie sobre la princesa (que se completa con “The princess and Curdie”, de 1883) como inspiradora directa de las Crónicas de Narnia, ya no sólo desde un punto de vista literario, sino en particular por desarrollar el concepto de un cuento infantil como alegoría cristiana.

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Eso sí, el pastor (de la iglesia congregacional) MacDonald fue un teólogo de mayor calado que Lewis, así que su obra es al mismo tiempo más sutil en las metáforas y más compleja en la filosofía subyacente. Lo cual, unido a su naturaleza pionera, le concede a mi entender un interés mayor desde el punto de vista de un estudioso del género (ni a uno ni a otro llegué a leerlos de niño, o siquiera de joven, así que no puedo avalar sus méritos en ese sentido).

La princesa Irene es una niña de ocho años, que vive junto con varios cuidadores en una gran casa de campo, mientras el rey, su padre, atiende los asuntos del reino. En las montañas, no lejos de allí, hay una mina, atendida por una puñado de familias de mineros; y aún a mayor profundidad medran los goblins (trasgos según la traducción al español), desplazados mucho tiempo ha de los campos bajo el Sol por los hombres, que ansían recuperar lo que una vez fue suyo.

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Las décadas (o siglos, no se llega a precisar) de oscuridad han alterado su fisonomía y la de sus animales, convirtiéndolos en una plaga que acecha por las noches a los viajeros despistados. Como por ejemplo a la princesa Irene y su nodriza Lootie, a las que el crepúsculo alcanza por descuido en la montaña, exponiéndolas a un peligro que sólo la oportuna intervención de Curdie, un niño minero, entonando una canción (pues los goblins temen las rimas) conjura.

Por desgracia el mal ya está hecho. El rey de los goblins sabe ya de la existencia de Irene, y concibe un plan para forzar a su través a su padre a aceptar un acuerdo ventajoso con la raza exiliada. No cuenta, sin embargo, con la valentía y resolución de Curdie, ni mucho menos con la intervención milagrosa de la tatarabuela de la princesa, una anciana hermosa, de cabellos plateados, que habita en una de las torres de la gran casa, alimentándose de huevos de paloma e hilando incansablemente en una rueca. El problema es que nadie cree a la princesa cuando relata el encuentro fortuito con su abuela, ni siquiera Curdie (y eso que de no ser por ella…). Aunque al fin la confianza total de Irene en su abuela, contagiada a su amigo, consigue conjurar el peligro después de una serie de aventuras que, por supuesto, no voy a referir aquí.

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Si bien la historia comienza como un (casi) típico cuento de hadas (incluso con una serie de interpelaciones directas del autor, que crean la ficción de que está presente, contando un cuento a sus lectores), llega un punto, como suele ocurrir con las alegorías, en que la enseñanza moral acaba adueñándose por completo de la narración. Para interpretarla, cabe tener en cuenta que para MacDonald la naturaleza de Dios es femenina (como ya apuntó en “Phantastes”), así que la tatarabuela de la torre, en la que no todos creen (o pueden siquiera creer, caso de Lootie) es Dios (mostrando características tradicionales de Padre, Hijo y Espíritu Santo), y solicita de Irene una confianza ciega, incluso cuando las instrucciones que le da parecen en un principio equivocadas.

Tras una breve vacilación inicial, la princesa deposita su fe en el amor de su abuela, y siguiendo sin vacilar el hilo mágico que le proporciona es capaz de salvarse de todos lo peligros y de contribuir, a la postre, a frustrar los planes de los goblins.

Crucial en este empeño se muestra el proceso de “conversión” de Curdie, quien en principio no puede ver lo que Irene afirma, pero que a la postre, depositando su confianza en ella (y a través de su ejemplo), acaba recibiendo el auxilio mágico/divino justo en el momento de mayor necesidad.

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Resulta interesante constatar que la fábula sigue el arquetipo del tito de madurez (bastante precoz de acuerdo con las sensibilidades actuales, pero en una época en que un niño minero de doce años, con responsabilidades de adulto, era lo más normal del mundo…). Irene pasa de la sobreprotección infantil de su nodriza (que, recordemos, no sólo no creía en la tatarabuela, sino que incluso no podía creer en ella), a un nuevo estado de responsabilidad junto a su padre el rey, bajo la protección omnipresente (y secreta para los no iniciados) de la señora de la torre, y todo ello a través de la fe.

Me temo que careciendo de información sobre la teología de MacDonald sería muy aventurado proponer una interpretación más compleja, aunque la simbología del relato, sin duda, apunta a su existencia.

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Me quejaba en mi crítica a “El león, la bruja y el armario” sobre que el mensaje subyacente mediatizaba en exceso la trama, secuestrando la fantasía en beneficio de la alegoría. Con “The princess and the goblin” no he tenido exactamente la misma sensación. Aunque personalmente no puedo evitar ir analizando todo cuanto leo, he encontrado a los goblins con entidad propia, más allá de su posible significado metafórico (podría entrar ahí, pero serían especulaciones alocadas, sin base argumental firme, como mero juego intelectual), y eso, hablando de los abuelos de los orcos, kobolds y demás razas fantásticas malignas, tiene su mérito (al igual que lo tiene incluir polémicos, sobre todo desde una perspectiva religiosa, desarrollos evolutivos en 1873).

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en abril 25, 2013.

Una respuesta to “The princess and the goblin (La princesa y los trasgos)”

  1. […] El cadáver y los zapatos de hierro. El duende de los zapatos de hierro podría ser un redcap. La Princesa y los […]

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