The Honor of the queen (El honor de la reina)

El auge del bestseller procedimental a finales de los 80, principios de los 90, pronto influyó el género fantástico, dando lugar a una miríada de sagas centradas en un personaje central, protagonista casi exclusivo (sobre todo durante las primeras entregas), cuya vida y logros se siguen pormenorizadamente a medida que los sucesivos títulos expanden el universo para él creado. En fantasía (a veces con toques de terror), predominan los ambientes urbanos, bien sea en realidades alternativas (Anita Blake), bien poniendo de manifiesto un mundo mágico oculto (Harry Dresden). En ciencia ficción la moda encontró terreno fértil en la space opera, con especial predilección por la vertiente militarista.

Honor_Queen

El ejemplo más notorio de ello es sin duda el de la saga de Miles Vorkosigan, de Lois McMaster Bujold (que a partir de su cuarta entrega empezó a explorar otros enfoques, como la aventura de espías, la intriga política o incluso la comedia de costumbres), pero otros muchos autores decidieron explotar con mayor o menor habilidad el filón. Entre ellos, uno de los más exitosos es David Weber, creador de la oficial manticorana Honor Harrington y a través de ella del Honorverso.

Como aficionado a la historia militar, Weber se propuso en 1993 publicar una serie centrada en el conflicto entre el reino de Mantícora y la República de New Haven (aquí debo hacer un inciso para precisar que he leído el libro en versión original, graicas al CD distribuido gratuitamente por Baen Books, así que es posible que yerre en algún momento con la nomenclatura escogida en las traducciones). Ambos son unidades políticas multiestelares, empujadas a un conflicto por la supremacía local que tiene su inspiración en la faceta naval de las guerras napoleónicas. La propia Honor se basa principalmente en dos personajes, uno real, el almirante Nelson, y otro ficticio, Horatio Hornblower, de la serie clásica de C. S. Forrester (con quien comparte, de forma absolutamente premeditada, iniciales).

Honor Harrington es una militar de carrera, cuya familia pertenece a la baja nobleza de Mantícora, alta y ultraeficiente, experta en lucha con y sin armas, con un gran genio estratégico, adorada por sus subordinados y adoptada por un ramagato, algo así como la mascota definitiva (un felino de seis patas, telempático y con una inteligencia que se insinúa como al menos casi humana). Todo ello compensado por un “terrible” defecto: cierta falta de seguridad en sí misma (el bloqueo para las matemáticas no cuenta, que cuando hace falta se saca de la manga los cálculos más complicados de forma intuitiva). Tal retahíla de virtudes no es inhabitual en este tipo de ficción. Para que funcione, el protagonista debe satisfacer las fantasías del lector, que se identifica, por pura necesidad, con él (o ella). Por otra parte, es inevitable que el autor vuelque sus propias fantasías en su personaje… lo cual requiere de una férrea disciplina para evitar caer en el marysuismo.

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Mary Sue nació en los círculos de fanfiction de Star Trek. Fue creación de cierta chica anónima, que en sus relatos la introdujo en la tripulación de la Enterprise como sustituta de sí misma. Por supuesto, Mary Sue era un dechado de virtudes. Todo el mundo, desde el Capitán Kirk hasta el más vil klingon terminaba adorándola y tan pronto enseñaba idiomas a Uhura como enmendaba algún error científico a Spock. En otras palabras, la ficción giraba en torno suyo, para su mayor gloria y completa satisfacción representada. Pronto se extendió el apelativo (desdeñoso) Mary Sue para referirse a cualquier personaje cuya excelencia sin parangón, junto con una serie de características delatoras (rasgos físicos extravagantes, mascotas inusuales, habilidades innatas superlativas y pluridisciplinares, éxito social o amoroso desbordante…) lo delatan como una fantasía personal por delegación del autor (los personajes masculinos que cumplen el cliché a veces se conocen como Gary Stu).

Este fenómeno no es privativo de la ficción amateur. A decir verdad, en sentido estricto todos los personajes de un autor son proyecciones más o menos alteradas de sí mismo (aunque pueda moldearlos sobre otras personas). El truco, por supuesto, consiste en evitar en lo posible las idealizaciones y en supeditar el personaje a la historia, y no a la inversa. Por otro lado, el marysuismo, más o menos controlado, vende (que se lo digan a J. K. Rowling)… y el modelo del bestseller procedimental se presta a incurrir en ese tipo de idealización.

Todo esto viene a cuento porque existe cierto consenso en considerar a Honor Harrington como el modelo de Mary Sue profesionalizada por excelencia en el campo de la ciencia ficción.

TheHonorOfTheQueen

El problema con las Mary Sues es que su evolución está constreñida a un perfeccionamiento continuo (partiendo ya de un estado óptimo), lo que termina por volver ridículo cualquier desarrollo. Un buen autor sabe distanciarse y esquivar las trampas del modelo (un gran autor logra hacerlo además sin renunciar a su atractivo). La mayor parte, sin embargo, no pueden evitar entrar en una espiral descendente en cuanto a interés y relevancia.

Por fortuna (para la entrada que nos ocupa), “El honor de la reina” es tan sólo la segunda aventura de Honor Harrington, y aunque los detalles molestos están ahí (bastante evidentes, incluso hasta el punto de llegar a distraer al lector prevenido), la novela conserva suficientes atractivos como para “perdonar” al autor la debilidad que tiene para con su protagonista. De hecho, considero este título superior a la entrega inaugural, “En la estación Basilisco”, que pecaba de problemas de ritmo y de ser tremendamente predecible.

Una pequeña flotilla al mando de Harrington es enviada al sistema Grayson en misión diplomática. Su objetivo, lograr la firma de una alianza militar en contra de las ambiciones expansionistas de New Haven. El problema es que la colonia fue fundada por extremistas religiosos antitecnológicos (aunque siglos de lidiar con un ambiente hostil que obliga a depender de la ciencia para la simple subsistencia han limado esta faceta), con unas ideas bastante retrógradas por lo que respecta al papel otorgado por el plan divino a la mujer. Claro que peores son sus vecinos de Masada, exiliados de Grayson cinco siglos atrás por talibanes y que han jurado recuperar su mundo prometido y purgarlo en nombre de la verdadera fe. En el momento de inicio de la acción, con la ayuda militar havenita (en forma de dos navíos de guerra, que suponen una fuerza mucho mayor que la de la pequeña escuadrilla liderada por el Fearless de Harrington).

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Ignorante de esta cuestión, y escamada por el machismo recalcitrante graysoniano, Honor parte en misión de escolta a otro sistema, encontrándose a su vuelta con una invasión bien avanzada, llevada a cabo por fuerzas superiores y con la posible ayuda a varios días en el futuro en el mejor de los casos.

David Weber ha diseñado su universo con gran meticulosidad, de forma que la acción espacial sea un fiel reflejo (aumentado y corregido) de los combates navales a cañonazos. Empezando por unas normas de vuelo translumínico que determinan trayectos de varios días entre sistemas, efectuados además a través de nodos fijos, y siguiendo por un armamento que sustituye las balas de cañón por misiles inteligentes, la coraza de los navíos por escudos energéticos casi impenetrables y las armas de fuego personales por láseres. Evidentemente, la traducción no es exacta punto por punto, el campo de batalla es tridimensional y el autor se permite cierta flexibilidad para aportar algún toque futurista, pero el resultado final es lo bastante parecido para permitir el empleo de estrategias similares y, sobre todo, conferir al conjunto un aroma muy marítimo y muy, muy británico.

Es un escenario que no deja de tener su interés dramático, pero desde una perspectiva especulativa se antoja extraño, anticuado. Es como imaginar una guerra de infantería futurista con estrategias, por muy elaboradas e ingeniosas que puedan ser, diseñadas para un enfrentamiento con mosquetes y espadas. Sensación que se agrava a poco que se haya leído algo de space opera moderna (desarrollada sobre todo en Gran Bretaña a partir de 1995) o no digamos ya delirios postsingularistas de este nuevo siglo (como en “Cielo de singularidad” de Charles Stross).

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Tampoco está de sobra, si se quiere disfrutar a fondo de la saga, compartir la anglofilia de Weber y, por supuesto, su idealización del estamento militar.

Con todas las salvedades presentadas, lo cierto es que “El honor de la reina” es un libro que se deja leer con facilidad. No promete nada que no ofrezca (ni ofrece nada que no haya prometido). En el campo de la ciencia ficción centrada en personaje, Honor Harrington tampoco destaca en exceso, e incluso llega a cansar un poco su monopolio del protagonismo, que convierte al resto de personajes en meros comparsas (cuando no en víctimas propiciatorias para propulsar su fulgurante carrera), pero cumple con lo que se espera de ella (eso sí, he leído que se va volviendo progresivamente más insoportable a medida que avanza la saga, que cuenta ya con catorce novelas sobre Honor… y otras tantas relacionadas).

Por supuesto, este tipo de ficción se dirige principalmente a un segmento lector muy específico (que no me incluye), por lo que en el fondo es cuestión más bien de decidir a priori si va a ser fruto de tu gusto. A ese respecto, es lo bastante elaborado y honesto como para no defraudar en un sentido… ni sorprender en el otro.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en abril 4, 2013.

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