El nombre del mundo es Bosque

El grueso de la obra ciencia ficción de Ursula K. Le Guin se organiza en torno al Ciclo de Hainish, que sitúa a la humanidad como una de las razas humanas sembradas por una antigua antecesora que, tras un período de aislamiento y olvido, se reintegra en lo que primero nace como una Liga de Mundos y acaba dando lugar al Ekumen. La tecnología que vertebra esta unión es el ansible, la comunicación instantánea, desarrollada a lo largo de nuestro siglo XXIV (con los primeros pasos teóricos descritos en “Los desposeídos”, la primera historia del ciclo según su cronología interna).

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Entre 1966 y 1967, con la publicación de “El mundo de Rocannon”, “Planeta de exilio” y “Ciudad de ilusiones”, Le Guin empezó a conformar este escenario, quizás el más desarrollado de la vertiente soft de la ciencia ficción (apoyado principalmente en ciencias sociales). Entre 1969 y 1976, durante su período más prolífico y críticamente reconocido, publicó las tres grandes novelas del ciclo: “La mano izquierda de la oscuridad”, “Los desposeídos” y “El nombre del mundo es bosque”. La Saga del Ekumen se completa con varias narraciones más breves, escritas en su mayor parte durante los años 90 (recopiladas en diversas antologías), así como una última novela: “El relato” (2000).

De las tres novelas principales, “El nombre del mundo es Bosque” (“The word for world is Forest”, 1976) es la que ostenta una menor consideración (siendo sus hermanas doblemente reconocidas por los premios Hugo y Nebula). Eso sí, la novela corta en que se basa (de igual título, aparecida originalmente en “Again dangerous visions”) ya había cosechado en 1972 el premio Hugo (así como una nominación a los Nebula), siendo la obra final una ampliación bastante modesta, lo cual posiblemente jugó en su contra (no sé si hasta el punto de prevenir incluso su candidatura en 1977).

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La novela relata un desafortunado episodio colonial en el planeta de Nuevo Haití (Athshe para los aborígenes). Una pequeña (poco más de dos mil colonos) expedición terráquea ha establecido una explotación maderera (allá en la Tierra no queda un solo árbol, mientras que toda la superficie emergida de Athshe se encuentra recubierta de un espeso bosque), para cuya gestión emplean mano de obra autóctona voluntaria… es decir, esclavos. Los athshianos, como todas las razas humanoides de la galaxia, comparten un ancestro común con el hombre, pero el desarrollo específico en su mundo los ha hecho pequeños (poco más de un metro), verdes y peludos. Las mayores diferencias, sin embargo, cabe encontrarlas a un nivel cultural, pues su sociedad es pacífica hasta el extremo de no concebir siquiera la posibilidad de una agresión.

Los abusos terrestres (que no se interrumpen siquiera cuando se establece con la empresa matriz uno de los primeros enlaces por ansible), acaban provocando que uno de los athshianos “sueñe” con la rebelión y haga posible el concepto de ataque físico, enfrentando a los pocos cientos de colonos contra al menos tres millones de aborígenes, que reclaman el mundo para sí.

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“El nombre del mundo es Bosque”, en muchos sentidos, carece de sutileza. Coincidiendo con la orientación de muchos de los fenómenos sociales de la época o inmediatamente anteriores (feminismo de segunda ola, movimientos por los derechos civiles, ecologismo militante…). Se concentra en la denuncia, adoptando posiciones extremas, con cierto tono de fantasía revanchista. Así pues, desde una perspectiva actual, superada quizás la necesidad de aplicar un tratamiento de choque, sus planteamientos se antojan bastante simplistas.

La cultura colonial es mala sin paliativos, fiel reflejo supuestamente del imperialismo occidental. En contraposición, los aborígenes de Athshe encarnan el mito del buen salvaje, con una cultura con no pocos rasgos orientales o incluso amerindios, pacifista y sin defecto aparente (incluso se responsabiliza a los colonos de la violencia que brota en el corazón athshiano, casi como si hubieran inducido al pecado a unos espíritus inocentes). El esquema se repite una y otra vez. Cortar madera es malo, así que la selva acaba rebelándose (un tema ya tratado por Kipling, uno de los autores de referencia de Le Guin; con alguna que otra conexión con desastres ecológicos históricos como el de la Isla de Pascua). El racismo es malo… lo cual no impide a la autora caracterizar a los personajes en función de su raza (el peor es sin duda el anglosajón, heredero de una cultura judeocristiana, mientras que otras etnias, como la negra, pueden optar al papel del no muy exitoso Bartolomé de las Casas local). Eso por no hablar del trato a la mujer, que oscila entre el matriarcado athshiano y la limitación terrestre a los roles de esposa/procreadora o prostituta. Así una y otra vez. Blanco o negro, sin apenas matices de gris.

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Toca contextualizar un poco.

Una de las inspiraciones directas de la novela fue la reciente Guerra de Vietnam, con abundantes paralelismos como el uso indiscriminado de helicópteros y líquidos incendiarios por parte de los terrestres en su lucha contra unos aborígenes que recurren a las tácticas de guerrilla (y que acaban derrotándolos). De igual modo, el uso de personajes no caucásicos seguía siendo marginal en la ciencia ficción (hasta el punto que a Delany un editor le rechazó por ese motivo el manuscrito de “Nova” en 1968… sin saber posiblemente que el propio autor era negro). Eso por no hablar de la propia singularidad de la autora como precursora en su sexo dentro del campo de la ciencia ficción (sin firmar con seudónimo masculino). “El nombre del mundo es Bosque” no busca un análisis equitativo, ni pretende en modo alguno ser “justo”. Antes de eso se impone llamar la atención, marcar con claridad los puntos de conflicto: impactar.

Pese a ello, los detalles autocríticos tampoco se encuentran por completo ausentes. Entre los colonos invasores hay algunos que, por su nombre, se adivinan de origen vietnamita, lo cual apunta hacia la reversibilidad de las posiciones, de explotado a explotador, a instancias de un fallo intrínseco a la naturaleza humana. Incluso hay apuntes tímidos hacia la caracterización de esa tara, para lo cual Le Guin explora conceptos psicoanalíticos como el de lo inquietante (traducido como “extrañeza” en la edición que he leído), basándose de hecho la salud psicológica de los athshianos en su capacidad para integrar a voluntad el consciente (el mundo-real) y el subconsciente (el mundo-sueño). La autora ya había aplicado conceptos psicoanalíticos, a través de Carl Gustav Jung, en su serie de Terramar.

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Lo que en realidad termina por restarle méritos a la novela es una conclusión excesivamente simple y apresurada, que deja con la sensación de que se le hubiera podido sacar mucho más jugo a la situación planteada. A falta de una tesis más compleja, la relativa obsolescencia del enfoque revanchista resulta mucho más patente. Los apuntes psicológicos hubieran podido, con algo más de desarrollo, adquirir un peso mucho mayor. En su formulación final posiblemente pasen desapercibidos (o peor, puedan ser confundidos con alguna filosofía cutre New Age).

Otras opiniones:

Otras obras de la misma autora reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en marzo 31, 2013.

8 comentarios to “El nombre del mundo es Bosque”

  1. Me encanta Le Guin, pero este en concreto aún no lo he leído (y eso que es bien cortito), así que me reservo tu reseña para cuando lo haga. Por cierto, no sé si estás enterado que en marzo ha salido “Las doce moradas del viento” y en mayo “Cuatro caminos hacia el perdón”. ¡Bien!

  2. Yo he de admitir, no sin cierto pudor, no haber leído aún nada de Le Guin. Anda eternamente colgada de la pila de pendientes, eso sí, pero siempre acaba desplazada por otras lecturas que se le cuelan alegremente. Permíteme alzar la mano, Sergio, tengo algunas preguntas. En primer lugar, ¿qué obra me aconsejas para empezar con esta autora? Ya leí que Los desposeídos te pareció sobrevalorada. Y segundo: aunque pertenezcan todas al ciclo de Hainish, las novelas pueden leerse de forma independiente, ¿verdad?

    Un saludo y gracias por las respuestas.

    • La verdad es que Le Guin no se encuentra entre mis autores favoritos. En general, sugeriría empezar con alguna de las antologías (“Los que se van de Omelas” es uno de los mejores cuentos fantásticos de todos los tiempos), o quizás con “Un mago de Terramar”, para constatar otro modo de escribir fantasía. En ciencia ficción, creo que su novela más compleja es “La mano izquierda de la oscuridad”, aunque me temo que es una de mis carencias y no puedo ratificarlo personalmente (me he propuesto ponerme al día con ella para proseguir con la Hugolatría).

      En cuanto al ciclo de Hainish, es más un marco común que una serie rígida. Las novelas pueden leerse en cualquier orden y son casi por completo independientes. Las referencias cruzadas aportan más ambientación que soporte a las respectivas tramas, así que no hay problema en abordarlas como se quiera (de hecho, la cronología interna es muy diferente del orden de escritura).

      • Gracias. Empezaré entonces por las antologías, lo cual me viene bien ya que la fantasía siempre me ha atraído un tanto más que la ciencia ficción. El problema es que encontrar fantasía inteligente y alejada del género épico es bastante complicado.

        Un saludo.

      • Entonces, definitivamente, prueba con “Un mago de Terramar” (y después te puedes pasar por títulos como “Bosque Mitago” de Robert Holdstock, “Esperanza de Venado” de Orson Scott Card u “Olvidado rey Gudú” de Ana María Matute).

  3. Yo tampoco he leído nada de Leguin, excepto un par de cuentos y un extracto de “Lavinia”. Me gustaron, pero… no me termina de atraer, y no sé por qué.

  4. Gracias por dedicarle un espacio a esta autora, Sergio; está entre mis preferidos. Leí “El nombre del mundo…” con mucho placer, pero esto fue hace más de 30 años, quizá tendría que ver qué tal envejeció (o envejecí yo como lector).
    Si tuviera que recomendar títulos de ella a alguien que empieza diría que “La mano izquierda de la oscuridad” o “Los desposeídos” (que tú reseñaste) son imprescindibles para quien está interesado en la s-f. Y si quiere leer algo más corto, existe una nouvelle llamada “Más vasto que los imperios y más lento” que es bellísima.
    Coincido contigo en que “Los que abandonan Omelas” es un cuento único.
    Y hay todavía una LeGuinn más a explorar que no escribe s-f ni fantasy sino relatos casi chejovianos y de una poesía única, están reunidos en un libro que yo aconsejaría a cualquiera: “Países imaginarios”. (Y existe todavía una coda de estas historias que es la novela “Malafrena”.)

    En cuanto a la saga de La Costa Oeste, ay, dios, debe ser evitada como un ser con alguna enfermedad horrible y contagiosa. Es triste, la autora parece haber envejecido y no tener nada que decir. Son libros rutinarios, desagelados.

    Pero afortunadamente queda un corpus previo insustituible.

  5. Me parece un libro muy interesante, que llama la atención; a varios les llamaría la atención porque es corto el libro y no demorarías mucho en leerlo.
    Mr. Answer

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