Staten Island

Uli recobra la conciencia en una parada de autobús, con una letanía repitiéndose en su mente como un disco rayado: instrucciones para localizar y asesinar a Dropt. No sabe dónde se encuentra, ni quién es Dropt, ni siquiera quién es él mismo. La primera duda se resuelve relativamente pronto. Está en Nueva York… más o menos.

En las siguientes horas descubrirá que esa ciudad caótica no es exactamente la Gran Manzana, sino una especie de copia erigida en medio del desierto de Nevada, primero como campo de prueba para el ejército, luego como campo de refugiados cuando el modelo original sufrió la serie de atentados con bombas sucias en 1970 y, finalmente, como prisión de disidentes, terroristas, rojos, opositores a la guerra de Vietnam y hippies en general. Corre el año 1980, y Ronald Reagan ultima la campaña por su reelección, con la aspiración de repetir mandato como su antecesor Nixon.

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“Stanten Island” (“The swing voter of Stanten Island”, 2007), de Arthur Nersesian, es un ejemplo de literatura underground neoyorquina, y en un sentido más amplio de la reciente literatura postmodernista norteamericana. Sin reparos en beber de fuentes populares, es posible apreciar la influencia de Philip K. Dick en una historia desquiciada, a medida que Uli tropieza con las peculiaridades de una ciudad aislada, presa de la actividad de mafias organizadas como partidos políticos (o quizás al revés) en un sistema bipartidista que divide a la población entre cagaos (de ideología cercana a los republicanos) y puteros (más tirando para demócratas), con la gobernabilidad supeditada a menudo del distrito de Stanten Island, en poder de un grupo independiente.

En los días previos a la elección de alcalde, las bandas de puteros y cagaos pelean por convencer (o matar) a los indecisos, y se encuentran dispuestos a cualquier cosa con tal obtener la ventaja decisiva. Claro que pronto Uli descubre que debe haber mucho más en juego, pues a medida que rebota de extremo a extremo de la ciudad van surgiendo los indicios de una trama de mayor alcance… Aunque, la verdad, él a lo único que aspira es a escapar de la ciudad.

La trama se despliega a saltos caóticos, entre atentados con coches bomba, conciertos chungos, instituciones caritativas (la Pluraridad Puer’il, también conocidos como los Pajilleros Puros porque, en teoría, son los únicos que no van a joderte), recreacionistas amerindios, cartillas de racionamiento y autobuses eléctricos manejados por conductores mancos, sin que al autor le tiemble el pulso a la hora de tomar prestados elementos de ciencia ficción. Desde el planteamiento ucrónico hasta idiotas capaces de predecir el futuro, pasando por un escenario, e incluso unos episodios, que bien hubieran podido sacarse de las desventuras de Serpiente Plissken en la Nueva York postapocalíptica imaginada por John Carpenter.

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Por desgracia, Uli no es Plissken, y su actitud, un tanto pasiva, acaba cansando un poco (y eso que la novela no es muy extensa). De igual modo, lejos de realizar una crítica coherente de los sistemas políticos bipartidistas, Nersesian se contenta con ir soltando pullitas aquí y allá, sin llegar nunca a articularlas en un discurso focalizado. Ahí reside quizá la mayor debilidad de “Staten Island”: todo se antoja un poco arbitrario, una sucesión de escenas más o menos conseguidas y más o menos surrealistas cuya finalidad parece ser cumplir con la longitud requerida, tocando tantos temas como buenamente puede pero sin llegar a profundizar en ninguno de ellos. Un ejemplo: a lo largo de la historia se incluyen, como visiones, escenas del genocidio armenio (el autor posee ascendencia armenia), sin que parezcan conectar con nada.

Ahí encuentro que el libro palidece en comparación con las paranoias de Dick. No es que éste lograra transmitir un mesaje claro (ni mucho menos), pero (casi) ninguna de sus obras te deja con la sensación de que ha estado jugando ociosamente con las ideas. Tal vez ni él mismo tenía muy claro el propósito de sus novelas, pero jamás dejaban la impresión de ser ejercicios de estilo.

Una de las características de la posmodernidad consiste precisamente en difuminar la frontera entre popular y culto, lo cual se ha manifestado en literatura en la apropiación por parte de escritores considerados de mainstream de temas, recursos y ambientación propia de la ciencia ficción y, lo que es más significativo, con el beneplácito de la crítica (la misma que originalmente despreció todo eso y que hoy en día sigue despreciando la ciencia ficción más de vanguardia… porque por supuesto nada con menos de cuarenta años constituye un préstamo adecuado).

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Así tenemos por ejemplo desde “Pulp” de Charles Bukowsky (1994), hasta “La carretera” de Cormac McCarthy (2006), o incluso como en el caso de “El sindicato de policía yiddish” de Michael Chabon (2007) conquistando los principales premios del género fantástico. Hay quienes ven en esta dinámica una muestra de la aceptación por parte del mundo literario “serio” de la ciencia ficción, señalándolo como el camino a seguir.

Yo discrepo. Sin importar si son buenas o malas obras literarias (incluso si pueden llegar a ser obras maestras), lo cierto es que aportan muy poco a la ciencia ficción. En mi opinión, se alimentan de ella sin elaborar nada nuevo. Desde el punto de vista de la literatura de género, no son sino ideas recicladas, que además tampoco contribuyen al viejo anhelo de “darle respetabilidad”. Su uso obedece a un propósito consciente de ir a contracorriente, y como tal es interpretado y aplaudido. La sinceridad, y por tanto la innovación, están vetadas (algo que experimentó el propio Dick en su época).

En cualquier caso, es ésta una reflexión que no debe inmiscuirse en la valoración de “Stanten Island”. Como novela de ciencia ficción no aporta gran cosa, pero como obra literaria es entretenida y bastante gamberra, lo cual nunca está de más. Hacia los dos tercios pierde un poco el pie y empieza a dar tumbos, pero por fortuna el autor sabe cuándo parar. También debe tenerse en cuenta que un libro hasta cierto punto para neoyorquinos. Las innumerables referencias a la ciudad, su geografía, urbanismo, historia y gentes, no pueden sino resultar un pelín crípticas para un foráneo. Pero en cualquier caso, dada la universalidad del escenario, es una dificultad menor que no ensombrece el conjunto.

Otras opiniones:

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~ por Sergio en enero 15, 2013.

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