The war of the flowers

De entre los incontables autores que saltaron a la palestra fantástica entre mediados de los ochenta y principios de los noventa (la edad dorada de los juegos de rol, la juvenilización del género y la épica pseudotolkienista), hay uno que, constreñido entre las a menudo deplorables franquicias de Timun Mas, hubiera merecido mayor reconocimiento. Se trata del californiano Tad Williams, que se presentó en sociedad en 1985 con la muy original “La canción de Cazarrabo” (fantasía épica protagonizada por gatos) y se graduó con honores gracias a la trilogía de “Añoranzas y pesares” (1988-1993).

Con posterioridad, exploró la ciencia ficción, con la gargantuesca saga de “Otherland” (1996-2001), que vendría a ser una especie de cyberpunk opera, donde tienen cabida homenajes a Edgar Rice Burroughs, Lewis Carroll y otros grandes escritores clásicos, entre una miríada de mundos virtuales a cual más exótico. Por realizar un repaso completo de sus series, entre 2004 y 2010 publicó una nueva tetralogía de fantasía, “Shadowmarch”, cuya traducción nos ha empezado a llegar recientemente.

Entre “Otherland” y “Shadowmarch” (en 2003) publicó la novela que nos ocupa (y que, por lo que sé, nadie tiene previsto publicar en castellano). Se trata de un solo tomo, pero es Tad Williams, así que son cerca de 800 páginas de detallistas descripciones y acumulación de personajes. En ella se aleja de los esquemas propios del high fantasy, que emplea en el resto de su obra fantástica, para aproximarse a la fantasía feérica británica. Claro que siendo estadounidense su enfoque es un poco más iconoclasta que el de, digamos, Neil Gaiman.

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En pocas palabras, “The war of the flowers” narra las peripecias de un treintañero sin oficio ni beneficio, Theo Vilmo (modelado quizás un poco a imagen y semajanza del autor justo antes de empezar su carrera literaria), que se ve arrastrado a Fairyland, justo cuando este mundo mágico se ve convulsionado por guerras por el poder entre los fairylords y además se ve abocado a la degradación (física y moral) de un industrialismo (mágico) exacerbado.

Habréis comprobado que no he intentado traducir ni Fariryland ni fairylord. La verdad es que es una cuestión peliaguda (si alguna editorial se anima a importarlo) ya que emplea la acepción anglosajón de “fairy“, que no se traduce exactamente como “hada” (aunque sea ésta la forma “oficial”). Por estos lares nos apañamos más o menos con palabras como Faerie o feérico, pero ninguna consigue transmitir exactamente lo que el concepto evoca en un anglosajón… Por no hablar de las dificultades para formar conceptos compuestos. Aunque no dispongamos de un concepto equivalente, podríamos hablar, para entendernos, de un mundo (o plano) sobrenatural, en contraposición con la cotidiana realidad terrenal.

El protagonista se ve arrastrado hacia este mundo mágico, cuyas reglas desconoce, guiado por una hadita alada, Applecore (que pronto se dedica a derribar todo prejuicio que Theo o el lector pudiera tener), y perseguido por una misteriosa criatura asesina. En los capítulos siguientes, Tad Williams esboza un paisaje a la vez extraño y familiar, desmitificando la magia al mostrárnosla a través de los ojos de quienes la usan a diario y mostrando personajes que, pese a su naturaleza feérica, son impulsados por pasiones no demasiado diferentes de las nuestras. Lo curioso es que, a pesar de su continua labor iconoclasta, la historia sigue siendo muy clásica en su estructura y en su… podría llamarse aroma.

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Desde los primeros ejemplos del subgénero (“Phantastes“, “La hija del rey del País de los Elfos“), el mundo mágico y el cotidiano se encuentran inextricablemente unidos, y lo que ocurre en uno afecta al otro. Faerie no es un reino independiente, sino que es un eco del nuestro, un lugar de apredizaje o redescubrimiento interior. A posteriori, resulta lógico pensar que al escenario del Fairyland victoriano no le iría mal una actualización para mantener su (relativa) cercanía con los lectores, pero lo más habitual es seguir al pie de la letra los planos maestros esbozados a finales del siglo XIX (si se hace bien, como en “Stardust”, el autor tiene la precaución de ambientar los acontecimientos en esa época).

Está bien que el género fantástico presente cierto valor escapista (desde luego, Theo bien que lo necesita), pero si se fuerza en exceso, con una desconexión evidente entre el plano mágico y el cotidiano, la fuga pierde todo su sentido. Adentrarse en la fantasía no libera de obligaciones, sino sólo suelta el lastre de las preconcepciones. Así, el protagonista de “The war of the flowers” debe conseguir en Fairyland lo que no logró en nuestro mundo: encontrar el lugar en que encaja y pelear por él, lo que en cierto sentido significa pelear por una visión específica del futuro (que, en este caso, no incluye a seis clanes, tan poderosos como avariciosos, sumiendo a la gente humilde en un infierno de capitalismo exacerbado… por muy mágico que sea).

Sí, es cierto que Theo Vilmo no es precisamente el personaje más atractivo de la historia de la fantasía. Su evolución personal es lenta, y sus méritos son discutibles a lo sumo, pero ahí está Applecore, que constituye una auténtica (aun diminuta) fuerza de la naturaleza, que vigoriza el relato cada vez que aparece.  Tal vez podría decirse incluso que constituye la personificación de ese Fairyland contemporáneo que nos propone Tad Williams y que resulta el elemento más destacado de la novela.

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en enero 7, 2013.

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