Stardust

El repaso de estos últimos meses de la fantasía feérica, nacida de la pluma de escritores victorianos como primera muestra de la literatura fantástica moderna, culmina (por ahora) con la obra que es sin duda heredera directa de esa tradición: “Stardust”, de Neil Gaiman (“Stardust: Being a romance within the realms of Faerie”).

A finales de los noventa Gaiman era uno de los guionistas de cómic más aclamados, sobre todo gracias a su serie de “The Sandman” para Vertigo (75 números entre 1989 y 1996). También había hecho sus pinitos como novelista, primero en colaboración con Terry Pratchett (“Buenos presagios”, 1990) y luego con su primera obra en solitario: “Neverwhere” (1996, basada en un guión del propio Gaiman para una miniserie de la BBC). Tras su crucial intervención en cimentar el prestigio del sello, había pocas cosas que los editores de DC pudieran negarle, y su capricho de publicar una novela de fantasía ilustrada recibió pronto el visto bueno.

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El dibujante escogido para complementar la parte escrita fue Charles Vess, con quien Gaiman había colaborado en “Los libros de magia” y en un puñado de números de “The Sandman”, en particular el que podría considerarse el más famoso, el 19, inspirado en la obra de Shakespeare “Sueño de una noche de verano” (que ganó el World Fantasy Award a mejor cuento en 1991, siendo todavía el único cómic que ostenta tal honor). El plan consistía en recuperar la tradición literaria de la novela feérica ilustrada, que había florecido sobre todo en la época victoriana, con colaboraciones como la de George MacDonald con Arthur Hughes (“Phantastes“), o Lewis Carroll y John Tenniel (“Alicia en el País de las Maravillas”).

Como resultado, en 1997 Vertigo publicaba “Stardust”, en una edición Prestige en cuatro tomos. El éxito de la propuesta llevó a su publicación en 1998 ya en formato de libro ilustrado y, por último a la edición en 1999 de versiones sólo texto (que es como lo he leído yo). Desde entonces, su popularidad, alimentada por la adaptación cinematográfica de 2007, ha propiciado múltiples reediciones con y sin ilustraciones.

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La historia se centra principalmente en un joven, Tristran Thorn, que vive en Muro, un pueblecito sito junto a la frontera con los reinos de Faerie (con un murete, abierto por un único punto, sirviendo de separación entre ambos éstos y los campos que conocemos). Como prueba de sus sentimientos por Victoria, una chica del pueblo, se conjura a traerle una estrella que ambos ven caer del cielo más allá del muro. Lo que ninguno de los dos saben es que la auténtica madre de Tristran era de Faerie, ni que la estrella (que en Faerie asume la forma de una mujer llamada Yvaine) es el objetivo de otras dos partes con intenciones poco nobles.

Por un lado están los príncipes (supervivientes) de Stormhold, en busca del zafiro que otorgará la dignidad real al heredero varón de dicho linaje que se haga con él (y que ha provocado la caída de Yvaine). Por otro están las Lilim, tres hermanas brujas que precisan del corazón de la estrella para recuperar la juventud, y que envían a la mayor, la reina de la brujas, fortalecida con los últimos restos de magia que les queda, para hacerse con el preciado tesoro.

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Las aventuras de Tristran en Faerie asumen la forma de viaje iniciático. A través de los distintos encuentros va madurando, al tiempo que va asumiendo la mitad feérica de su herencia. Su relación con Yvaine, que no empieza del mejor modo, va desarrollándose bajo la amenaza de la reina de las brujas y en medio del mortal embrollo por la sucesión de Stormhold, desembocando en un amor que borra tanto el inicial disgusto de la estrella como el enamoramiento juvenil de Tristran. Todo ello contra un fondo mágico, donde conviven unicornios, hadas, dríadas, brujas y fantasmas).

La novela en ningún momento oculta sus fuentes de inspiración. En la propia página de agradecimientos Gaiman menciona a Hope Mirrlees (“Entrebrumas”), Lord Dunsany (con influencia directa y abrumadora de “La hija del rey del País de los Elfos“), James Branch Cabell (“Jurgen, a comedy of justice“; actualmente bastante olvidado, aunque muy influyente en su tiempo) y C. S. Lewis (“El león, la bruja y el amario“). Precisamente a través de Lewis, por su labor como valedor de la fantasía decimonónica, posiblemente le llegue también influencia de George MacDonald (tanto el concepto global como cierta escenas presentan muchos puntos de conexión con “Phantastes“) o William Morris (la marca de esclavitud de Lady Una es similar a la de la doncella en “El bosque del fin del mundo“). También resulta evidente la influencia de Chesterton (al que homenajea directamente a través de un elemento de la trama) y, pese a que se suele hablar de influencias pretolkinistas en “Stardust”, Tolkien (los que así afirman seguramente desconocen la obra del Profesor más allá de “El Señor de los Anillos”, siendo muy pertinente, por ejemplo, la novela corta “El herrero de Wootton Mayor”).

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Con todas sus virtudes (que no son pocas), lo cierto es que “Stardust”, como obra estrictamente literaria, presenta ciertas carencias, propias de un autor aún no adaptado al medio (carencias que, a decir verdad, son mucho más evidentes en “Neverwhere”). Así, por ejemplo, la historia resulta demasiado episódica para una obra contemporánea, con episodios no demasiado bien hilvanados (y recurriendo más veces de las que sería conveniente a conexiones causales poco firmes… cuando no directamente al socorrido deux ex machina). En cuanto a los personajes, su evolución, en particular lo referente al enamoramiento entre Yvaine y Tristran, no resulta convincente (peca de una concisión que funciona mejor en un medio gráfico, donde la imagen refuerza la palabra). También se nota que, al apoyarse originalmente en las ilustraciones de Vess, descuida bastante las descripciones. Por último, estructuralmente carece de un clímax adecuado, limitándose a concluir el viaje y cerrar las tramas (algunas con más fortuna que otras). Desde su salida al mercado Gaiman lleva anunciando la posibilidad de una secuela (que narraría las aventuras de Tristran e Yvaine de camino a Stormhold), pero nada se ha concretado todavía.

La adaptación cinematográfica, con guión de Matthew Vaugh y Jane Goldman (incorporada al equipo para reforzar específicamente la parte romática), optó por ser fiel al espíritu más que a la letra de la novela, al tiempo que abordaba todas estás flaquezas. El producto final ofrece quizás un mundo menos mágico (sin duda menos feérico), pero al mismo tiempo una aventura y un romance más sólidos (por el camino elimina o modifica personajes, fusiona a otros, amplia segmentos y añade tanto humor como acción).

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en diciembre 28, 2012.

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