El alucinante mundo de Norman (ParaNorman)

Con cuatro meses de retraso respecto a su estreno norteamericano (y ya hacia el final de su despliegue internacional) llega a las pantallas españolas “El alucinante mundo de Norman” (tonta modificación del perfectamente válido título original, “ParaNorman”, que lo priva de todo su carácter distintivo y lo transforma en algo genérico y sin chispa).

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Se trata del segundo largometraje de Laika, un pequeño estudio que se ha especializado en la técnica del stop-motion (tras coquetear también con la animación digital). Su primer título, “Coraline” (2009) fue un pequeño éxito internacional (que reportó, eso sí, más prestigio que beneficios netos) y para este segundo proyecto, tras la desvinculación del director Henry  Selick, tomó las riendas Chris Butler (también guionista debutante y antes dibujante de story boards para “Coraline” y “La novia cadáver”), con ayuda del más experimentado Sam Fell (proveniente de Aardman y ya con un par de largos en su haber: “Ratónpolis” y “El valiente Despereaux”).

La película tiene por protagonista a Norman, un niño un poco obsesionado con los zombis (clásicos), que además posee la facultad no sólo de ver a los fantasmas, sino también de hablar con ellos. Esto, lejos de suponerle una ventaja, lo convierte en un bicho raro, tanto dentro de su propia familia como, sobre todo, en su trato con sus compeñeros de colegio. Lo que nadie puede imaginarse es que como cada año, al aproximarse el aniversario del juicio por brujería sobre el que se sustenta tanto el folclore como el turismo local, el pacífico pueblo de Blithe Hollow (Nueva Inglaterra) se enfrenta al despertar de la maldición que la bruja arrojó contra los siete honrados ciudadanos que la juzgaron, condenaron y ejecutaron, y sólo Norman posee la clave para prevenir el caos… o al menos eso se presupone.

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Primero lo primero. “ParaNorman” (de aquí en adelante utilizaré el título original) es una película infantil, sí, pero de terror. No, no va de coña. A lo largo del metraje se presentan tanto imágenes como situaciones de más que considerable intensidad terrorífica. ¿Quiere esto decir que no es para niños? En absoluto.  Es ideal para niños de cierta edad (la del protagonista, 11, para arriba) que disfruten del miedo, de ese cosquilleo emocionante en el estómago que provoca fascinación y respulsión a partes casi iguales, de lo que te hace taparte los ojos con la mano pero con los dedos bien abiertos para no perderte un solo instante de lo que acontece en pantalla.

Algo así es refrescante. Está muy extendida la idea de que hay que “proteger” a los niños del miedo, cuando la esencia misma de los cuentos de hadas clásicos se alimenta de él (y de forma bastante gráfica en sus encarnaciones originales). El miedo estimula, y bien dosificado no puede resultar más recomendable. También un exceso de limpieza puede resultar contraproducente (porque debilita el sistema inmune). Un niño debe ensuciarse de tanto en tanto, pelarse la rodillas, hacerse algún chichón y pasar algo de miedo. Cuidar sin sobreproteger es sin duda una de las tareas más duras y complicadas de los padres.

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Pero “ParaNorman” es mucho más que un simple vehículo de emociones fuertes para (casi) todos los públicos. Tiene la valentía de afrontar un problema muy serio, el de la marginación y el acoso escolar, y lo hace a conciencia. Nada de cuatro generalidades, sino que realiza un análisis profundo de causas y consecuencias, evitando por si fuera poco caer en un discurso moralista y desconectado de la realidad (una realidad que incluye tanto suicidios, insinuados en la película de un modo bastante sutil pero contundente, como sangrientas revanchas del estilo que se hizo tristemente famoso en Columbine y que, a través del filtro de la fantasía, constituyen el motivo central de la película).

Los distintos personajes combaten la exclusión a su manera. Así pues, Neil, el (gordito) candidato  a mejor amigo de Norman, racionaliza el acoso y lo sufre como algo normal; mientras que la empollona (y poco agraciada) Salma se refugia en el elitismo intelectual (algo despectivo). Norman, por su parte, abraza el apelativo de freak y se autoexcluye, cerrándose a cualquier contacto (con alguien vivo), para evitar el rechazo. Todo ello por no hablar demasiado, por eso de evitar los spoilers, de que el tema enlaza también con la maldición de la bruja.

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Aparte de esto, la película sigue la tradición (muy del género zombi) de entrelazar terror y humor. Un humor que funciona a varios niveles. Algunos, la mayoría, al alcance de todo su público, otros con contenido más sociológico como incisivas apreciaciones destinadas al segmento adulto de su audiencia (genial el comentario de la sheriff recriminando a una exaltada que estuviera disparando a civiles, aunque fueran zombis, porque “para eso está la policía”). Así pues, varios arquetipos del género hacen su aparición estelar, como la animadora superficial, el musculitos un tanto corto de entendederas o el matón acobardado, aunque siempre con una sorpresa o dos guardadas en la recamara (y si no, esperad a la declaración final de Mitch).

En el apartado técnico, tan sólo cabe calificar a la película de espectacular. Los avances tecnológicos van demoliendo fronteras a pasos agigantados (destaca, por ejemplo, el uso de impresoras 3D a color, que permite dotar a los personajes de una expresividad jamás antes alcanzada en stop-motion, al propiciar la fabricación sencilla de cabezas), y el uso moderado de los efectos digitales termina por crear un mundo rico e impactante. También es de alabar la banda sonora, del compositor Jon Brion.

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“ParaNorman” es una joya a descubrir. Lejos del posicionamiento puramente estético del mucho más celebrado Tim Burton, Chris Butler y su equipo no dudan en abrazar el género de terror, al que no se cortan en homenajear, en general y específicamente referenciando títulos como “Viernes 13”, “Haloween” o “El retorno de los muertos vivientes”  de Dan O’Bannon… por no hablar de las claras conexiones argumentales con  “El retorno de las brujas”  (“Hocus pocus”, 1993). Es, además, una película valiente, que sin renunciar al entretenimiento expone su tesis con meridiana claridad: la exclusión nace del temor por lo diferente y la violencia genera violencia, y el único modo de escapar del círculo vicioso es cortando por lo sano la dinámica a través del diálogo.

Ya lo dicen los zombis: “¡Cereeeeebros!”. Ojalá se rodaran más películas como “ParaNorman”, y ojalá unos cuantos largometrajes para adultos o adolescentes tomaran buena nota (aunque en vista del resultado comercial, que apenas dará, con suerte, para cubrir costes, me temo que lo que se nos vendrá encima son muchos más Crepúsculos, Iras de Titanes y Juegos del Hambre).

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~ por Sergio en diciembre 22, 2012.

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