¿Importa?

El domingo pasado, en el marco de las I Jornadas de Literatura Histórica de Valencia, se suscitó el tema de las autoediciones, y dentro de ellas de la importancia de la corrección formal.

O al menos ésa era la tesis inicial, porque pronto empezó a ponerse en duda si a los lectores (más bien compradores) en general les resulta tan crucial ese aspecto de la edición que siempre se ha considerado clave. La descorazonadora respuesta parece ser que aparentemente no demasiado. Cuando hasta los grandes grupos editoriales empiezan a descuidarse en este aspecto (no digamos ya en las ediciones electrónicas), parece que vivimos malos tiempos para la ortografía.

Pero ahondemos más. ¿Importa siquiera que el libro en cuestión esté bien escrito? Algunos de los superéxitos más arrolladores de los últimos tiempos (“el código da Vinci”, “Crepúsculo”…) son pura basura desde un punto de vista literario. El caso es que a mí me han intentado vender la moto de que los editores españoles desdeñan al autor español porque no alcanza un nivel mínimo de excelencia. Y yo me pregunto: ¿Qué excelencia? ¿Cuántas de sus novedades foráneas alcanzan esa supuesta excelencia? ¿No será que, como todos, no tienen ni puñetera idea de qué hace triunfar una novela y ante la duda prefieren adquirir un producto ya probado?

Pero me estoy desviando el tema.

Escribía sobre cuánto le importa al lector la corrección literaria (y no es la primera vez que me planteo esta cuestión), y por consiguiente cuánto le importa de verdad al editor.

Si saliéramos a la calle con un par de textos, uno de un premio nobel y otro de un autor novel del montón, ¿cuántos serían capaces de distinguirlos? ¿Seríamos capaces nosotros? ¿Y aún lográndolo, implica ello que disfrutaríamos más del primero que del segundo?

A lo largo de la última semana he visto también un par de películas que me vienen al pelo para embrollar aún más la cuestión. Sé que el lenguaje cinematográfico y el literario no son equivalentes, pero se da la cuestión de que en las películas es más fácil discriminar entre las bondades del guión y el resto de condicionantes, así que espero que me permitáis esta licencia. Los largometrajes en cuestión son “Ira de titanes” y “Los juegos del hambre”.

Empecemos por lo obvio.

El año 2010 Warner Bros decidió probar con el remake de “Furia de titanes” (“Clash of the titans”, 1981), la última gran película de Ray Harryhausen y el canto de cisne del stop-motion clásico. Con un presupuesto de 125 millones de dólares, pese a las malas críticas (espoleadas por una chapucera transformación en postproducción al 3D), la aventura comercial fue un éxito, con una recaudación global de casi 500 millones. Nadie pedía una secuela, pero la relación coste/beneficio resultaba demasiado atractiva para que ningún productor que se preciara dejara pasar la oportunidad, así que dos años después llegó “Ira de titanes” (“Wrath of the titans”).

Como suele ser habitual, en estas lides, el presupuesto se incrementó hasta los 150 millones (con el 3D en el punto de mira desde el principio, aunque añadido todavía en postproducción)… y como también suele ser habitual los ingresos se desplomaron hasta poner en duda la rentabilidad de la empresa (con 300 millones recaudados en todo el mundo). Sería de sentido común suponer que alguien dispuesto a invertir tal barbaridad de dinero en un negocio se preocuparía de conseguir lo mejor de lo mejor… lo que al parecer no incluye partir de una buena historia.

A nivel técnico la película es perfecta. Ya no sólo en cuanto a efectos especiales, que hoy en día casi se dan por supuestos, sino también por lo que respecta al diseño de producción. Se nota que detrás de escenarios y criaturas hay un equipo de artistas de primer nivel. Hay fotogramas que, visualizados por separado, harían salivar a cualquier aficionado al fantástico. El problema surge cuando cualquiera de los personajes abre la boca (porque ya no vamos a pedir siquiera que la historia tenga sentido).

A nadie se le ocurrió al parecer gastar unos pocos miles de pavos en contratar a un experto en mitología para aportar ideas y sugerir desarrollos (o no le hicieron ni caso, que también se han dado casos). ¿Y qué tal consultar con algún novelista? En la industria del videojuego es habitual buscar ese tipo de experiencia, pero al parecer en el mundo del cine los egos son demasiado voluminosos para que alguien reconozca que eso de crear historias no es tan fácil como parece.

El resultado: un caro espectáculo pirotécnico sin pies ni cabeza, en el que a poco que algún antagonista hubiera tenido un ápice de personalidad, me hubiera puesto de su parte por compartir su objetivo de hacer callar a los protagonistas. Todo ello envuelto en un burdo discurso en torno a las relaciones paterno-filiales (que no lleva a ningún lado) y un refrito del crepúsculo de los dioses (con una sensibilidad actual que no cuadra para nada entre las falanges de carne de cañón hoplita).

En definitiva, “Ira de titanes” está a un buen guión (y un actor principal capaz de interpretar) de ser una gran epopeya fantástica. En vez de ello, por la integridad de los dientes, conviene pasar rápido de escena de acción en escena de acción y disfrutarla a un nivel puramente estético (repito: los valores de producción son de lo mejorcito que es posible comprar con capazos de dinero).

Conclusión: el guión es lo que menos importa cuando vas a gastarte 150 millones.

Vale, lo reconozco, el público, hasta cierto punto, la puso en su lugar (estas grandes producciones recaudan casi por inercia), y cualquier plan para una nueva entrega (que propondría titular “Lujuria de titanes”, por eso de alimentar el interés) habrá sido aparcado hasta dentro de otros veinte o treinta años. Así que, al fin y al cabo, el guión (la literatura) sí que podría importar.

¿O no?

Pasemos al segundo ejemplo, la adaptación de “Los juegos del hambre”, la popular novela “distópica juvenil” (algún día tendría que meterme con este concepto) de Suzanne Collins.

Dirigida por Gary Ross, con un presupuesto de 78 millones de dólares, ha recaudado casi 700 en todo el mundo, obteniendo el mismo día de su estreno la luz verde para las tres películas restantes (¿Cómo? ¿No eran tres libros? Sí, pero ahora se ha puesto de moda estirar el chicle, y el último se rodará en dos partes).

Reconozco que no he leído el material original y tenía cierta curiosidad. Después de todo, la propia autora es una de las firmantes del guión de la película (empezó su carrera como guionista en Nickelodeon), por lo que cabía esperar cierta fidelidad, e incluso he llegado a leer críticas que la ensalzaban como “la primera gran película de ciencia ficción americana del siglo XXI” (sip, literalmente). Estaba igualmente mentalizado para no ir comparando ni con “Battle Royale” (Kinji Fukasku, 2000, basada en la novela de Koushun Takami), ni con “La larga marcha” (Stephen King, 1979).

Para lo que no estaba preparado era para una suprema ineptitud narrativa durante más de dos horas de… casi nada.

Ojo, no estoy juzgando en modo alguno la historia (tal y como se presenta en la película tampoco es que me impulse a buscar los libros, pero eso es otra historia), sino la forma en que se nos presenta. Lo hago, además, a dos niveles. Por un lado está el más básico, que sería el del guión: ramplón, timorato, sin el menor sentido dramático, dispuesto a recurrir a los trucos más baratos y la simplificación más burda con tal de que nadie se pierda. Por otro la dirección, que podríamos equipararla al estilo en una novela, que es digna de un telefilm.

¿Un ejemplo? Primero nos ponen en situación con un texto introductorio que nos transmite una información que más adelante se nos ofrecerá a través de los diálogos (se ve que en los pases de prueba alguien se quejó de sentirse perdido al principio). Luego tenemos una zona supuestamente deprimida y un sorteo sin el menor atisbo de emoción, que contrastarán con la “decadencia” de la capital (aparente sólo en unos cutres excesos estilísticos). Cualquier sublectura social queda diluida hasta límites homeopáticos en una simple recreación del Camino del Héroe, versión tardoadolescente… con la única novedad de que en esta ocasión tenemos heroína.

La cosa no mejora con los juegos que dan título a la obra. Tenemos veinticuatro chavales condenados a perseguirse y darse caza inmisericordemente, y la película desaprovecha por completo todo ese potencial por el simple procedimiento de centrarse con gran miopía en la pareja protagonista (forzando de paso un pseudotriángulo amoroso), dejando al resto de víctimas en tan segundo plano que sus muertes nos dejan fríos. Ah, sí. En cierto momento uno de los distritos (de negros, porque al parecer, en un arranque de sutileza, se da la segregación racial y tenemos un distrito negro y otro de rubios superhombres arios) se rebela, y aunque no volvemos a saber de él se supone que todo se arregla con un morreo en directo (la más que previsible represión militar ni se menta).

En definitiva, la película se las arregla para evitar tener que abordar en serio temas como la fascinación por la violencia, la bestialización de la lucha por la supervivencia, la represión económica, la discriminación racial, la manipulación de las masas o el poder de la imagen frente a la realidad. En vez de ello, se contentan con pulsar los dos o tres acordes precisos para lograr una identificación con el protagonista insignificante pero virtuoso que logra vencer al sistema contra todo pronóstico.

Lo irónico del asunto es que al caer en una lectura tan simplista logra el mismo objetivo que supuestamente persiguen los juegos del hambre: apaciguar a los oprimidos ofreciéndoles un espejismo de esperanza. Para terminar de rematar la faena, filosofías aparte y como comentaba hace unos párrafos, a un nivel puramente cinematográfico la dirección de Gary Ross no pasaría de teleserie chunga, tipo “Revolution” (otra postapocalíptica de chica con arco).

Volviendo pues al tema de la entrada, y ofrecidos ya los dos ejemplos, queda tratar de responder a la pregunta inicial: ¿Importa la calidad/corrección de la historia para determinar su futuro éxito?

Cada vez me inclino más a pensar que no (e incluso que en determinados casos podría llegar a ser contraproducente).

Al final todo queda en una cuestión de cómo de bien el autor quiere hacer su trabajo, independientemente de que ello le reporte más o menos lectores. Alcanzar el éxito es, de todas formas, algo casi imposible. Por lo menos que siempre puedas sentirte satisfecho contigo mismo al contemplar tu obra.

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~ por Sergio en octubre 26, 2012.

12 comentarios to “¿Importa?”

  1. A los que manejan los hilos les interesa que el nivel de exigencia popular sea el mínimo posible, ya que satisfacer las demandas de un público inculto es más fácil que hacerlo de uno culto, pero esto es obvio. Deseducar es la clave, si eres un opulento productor y quieres ganar dinero claro. Si queremos dedicarnos al arte… bueno, siempre existe la esperanza de ser el siguiente G.R.R. Martin, por nombrar el tópico más reciente.
    En mi opinión personal, creo que hay que escribir siempre dando lo mejor de uno mismo (con lo que eso conlleva, no todos somos Javier Marías). Es una cuestión de principios, da igual el sol por donde salga. Y además, es incompatible para un escritor o guionista, rebajar un sistema de trabajo tan laborioso a la altura del rebuzno. Lo del destrozo suele ser obra de don dinero.
    Un saludo.

    • Me temo que rebajar el nivel educativo de la población obedece a razones más retorcidas que simplemente poder satisfacer sus demandas con mayor facilidad. O mejor dicho, ésa es tan sólo una faceta del auténtico motivo. Una población inculta es políticamente más manipulable. Mientras se quejen de no poder ver el fútbol en abierto, por ejemplo, no exigirán que rueden cabezas por los despilfarros del sistema clientelar. Por no hablar de que basta con montar una campaña de confrontación, nosotros contra ellos, para no tener que aportar soluciones y perpetuar el statu quo.

      En cuanto a la literatura, sí, al final buscar la correción es una cuestión de principios, porque ni siquiera es una actitud favorecida por la “selección natural” (salvo casos extremos). Bueno, de principios y de amor por el lenguaje. Siempre he pensado que un escritor que no cuida su lenguaje es como un carpintero que deja que su sierra se embote.

  2. Los símiles cinematográficos me parecen acertados y son de mucha ayuda para visualizar “la cosa”. Sin embargo, creo que en el terreno literario no se han alcanzado todavía cotas irreversibles. Si bien hay ejemplos a patadas de novelas precarias a nivel formal que alcanzan “el éxito”, hablamos de medios muy distintos. Una mala película (o una buena) apenas exige dos horas de implicación por parte del espectador. La lectura es otra cosa; requiere más “esfuerzo”; y el escritor tiene un aliado incorruptible, que es el que marca la diferencia y no admite apelaciones. Para la Real Academia de la Lengua Española no sirve lo de los gustos y los colores.

    Opino que el uso correcto de la lengua es inexcusable. No para vender libros o para fascinar a los lectores (eso es ambiguo, opinable y, en cierto modo, manipulable) sino para sentirse (como bien dices) satisfecho con uno mismo; para sentirse profesional. Lo demás escapa a nuestro control.

    Aunque duela, tanto el cine como la literatura se desvinculan de conceptos culturales y artísticos para ubicarse en esa “tierra de nadie” que es el entretenimiento. Y, aunque duela todavía más, ahí se compite con la telebasura, con el futbol, con el vicio de Onan, con la papiroflexia o con la colombofilia.

    Yo me abstengo de juzgar los gustos, porque no me ampara ley alguna. Pero, si toca batirse, me gusta pensar que en la RAE están mis padrinos.

    Un saludo, Sergio. Y mucha suerte en todos tus proyectos.

    • Pues yo no estoy tan seguro de las lealtades de la RAE. Una decisión como eliminar la tilde diacrítica de los demostrativos se me antoja más una rendición (era una de las faltas ortográficas más pertinaces) que una defensa de la lengua. Precisamente el que tanta gente tuviera problemas en su uso correcto sería para mí indicativo de lo necesario que era marcar la diferencia. De hecho, si nos atenemos a los argumentos ofrecidos, bien podríamos prescindir también de la tilde diacrítica en “té”, “tú” o “mí”. Razón por la cual he optado por “enfrentarme” a la RAE en esta cuestión. Supongo que al final tendré que claudicar, pero mientras tanto expreso mi disconformidad en ése y otros aspectos (como que actualmente deberíamos según la RAE sustituir la coma decimal por un punto y los puntos cada tres cifras por espacios en blanco).

      Gracias por los ánimos.

      • Mal que bien, hay una normativa, más allá de las bajadas de pantalones de la institución que la promulga. En otros terrenos creativos eso no existe y valorar cuestiones de estilo (o de lo que se entiende como tal) es dar palos de ciego; por eso, es de agradecer que estén ahí la gramática y la ortografía. Para dar y quitar razones en caso de necesidad.

        Lo demás es cuestión de gustos, territorio peligroso en el que corre uno el riesgo de desorientarse. Y ojo, que yo soy de los que opinan que el mal gusto existe, pero Mari Pili seguirá llenándose los morros de silicona y cambiando de tetas, según le de. Y no hay mal en ello, mientras la opere un profesional. :)

        Por eso, al “¿importa?” yo respondo. “Pos sí” ;)

  3. Es célebre el comentario de un clásico productor de cine de la época dorada de Hollywood, no sé si David O. Selznick u otro de los grandes que dijo algo así como “lo más importante en la industria del cine son los guionistas, pero no hay que dejar que esos hijos de puta se enteren”. No sé quiénes serán los más importantes hoy, pero si hay dinero de por medio, desde luego que los guionistas no.

    Supongo que si pones muchos millones quieres dar el producto más ramplón posible para llegar a más público y recuperar el dólar, prescindiendo de excelencias; no querrás dejar fuera al segmento de público que no iría a ver la peli por “tener que pensar demasiado”.
    Afortunadamente, de vez en cuando surge algún Inception por ahí…

    Literariamente creo que el tema está mejor por no requerir inversiones millonarias, aunque con la autoedición, que tiene sus bondades, corres riesgos de obras poco cuidadas. Si leo un libro de una editorial con erratas, me lo pienso mucho antes de volver a esa editorial. Con los autoeditados lo pienso aún más.

    Un saludo, Sergio. Buena entrada, como siempre.

    • Es que en realidad hacer las cosas bien no implica por necesidad obligar a pensar demasiado. Simplicidad y corrección pueden ir de la mano. Eso sí, es un trabajo extra que muy posiblemente no aporte mucho desde una perspectiva comercial, así que aplicando la ley del mínimo esfuerzo resulta prescindible (por no hablar de que es un proceso que se retroalimenta, bajando cada vez más el umbral general de aceptación por simple ausencia de elementos de comparación).

      En literatura, precisamente por no requerirse inversiones millonarias, la oferta es de mucha mayor amplitud, haciéndose más necesario el criterio personal para discernir qué leer y qué no. ¿Cuánto peso posee la corrección en ese criterio? Para algunos, como tú mismo comentas, mucho. Para otros… ¿Cuántas veces has leído expresiones como “talibán ortográfico” aplicado a quien, pedante él, se atreve a sugerir en un foro que tal o cual escrito mejoraría sensiblemente con un buen repaso?

  4. Es un tema muy complicado. Parece que deliberadamente se buscan historias extremadamente superficiales, que rehuyan cualquier complejidad y permitan una fácil concatenación de gags visuales que atrapen la atención del público. De algún modo, es como si al urdir la historia primero filmamos la persecución A y la persecución B, el duelo inicial, el duelo final, la escena de atrapados al borde del precipicio, y la de gran batalla. Luego le damos sentido. Supongo que son cuestiones derivadas de:
    A- Se ha educado al público a un ritmo trepidante de concatenación de hechos espectaculares
    B- El sistema productivo prioriza estos refritos más fáciles de abordar en equipos muy amplios, donde planteamientos más personalistas generarían más discrepancias y dificultades de gestión del proyecto.

    • Sí, pienso que ambas razones son muy plausibles, en particular la B referida al mundo del cine (al ser las películas normalmente el resultado de un choque de egos). Respecto a la A, acierta de pleno en el tema de esta entrada. Se está “educando” a la población para que ignore el pensamiento lógico, el cual tal vez le permitiría extraer conclusiones molestas. Así pues, cabe preguntarse si más que un motivo comercial en sí mismo la simplificación de la narrativa (ya sea fílmica o literaria) no es sino un síntoma de una tendencia de mayor calado.

  5. Intuyo que aquí nos va a separar lo ideológico. La tendencia a la superficialidad no creo que encierre una maquiavélica voluntad manipuladora, evidentemente, no encierra la menor voluntad didáctica (el enseñar ilustrando), y eso ya es un síntoma. Pero pienso que se debe más a una inercia de mercado.
    Se pretende aglutinar el segmento masivo, tanto para minimizar riesgos como para “educar” a la audiencia en una producción industrial que optimice la producción. Para mí es una clara distorsión del marketing. Al enfocar al segmento mayor, es en detrimento del caracter artesanal de los extremos de la campana de Gauss (que es donde está lo novedoso, lo extraño, lo bueno en mi peculiar gusto literario). Se enfoca al segmento mayor porque tienes menos riesgos. Y el precio, porqué no decirlo, es una marcada mediocridad.

    • Es el eterno debate. ¿Los productores ofrecen mierda, perdón, productos industriales masivos, porque le gusta a la gente? ¿O es al contrario, es el público o el lector quien lo demanda? Yo pienso más bien en la primera opción. Los productores siempre necesitan ir por delante intentando adivinar los gustos del consumidor, y estos, los gustos, antes imprevisibles, empiezan ahora a desvelar sus puntos flacos y la manera de controlarlos. Por lo menos los del consumo masivo, no hablo de un público más refinado, aunque estoy seguro que también tienen sus debilidades, menores, pero las tienen y por ello, igualmente susceptibles de se ser manipuladas. Actualmente estamos muy cerca de saber que teclas pulsar (nunca mejor dicho) y que fórmulas más o menos eficaces debemos aplicar para conseguir algunos resultados predefinidos. Aunque parezca que da un poco de miedo, en realidad es simple efectividad de gráficos y encuestas estadísticas, datos interpretados de forma aséptica y limpia, con precisión quirúrgica… (bueno, un poco de cague sí da). Están los productores de Ira de Titanes o Los Juegos del Hambre. Utilizan la fórmula de “invierto mucha pasta para ganar mucha pasta”. Tienen muy muy, pero que muy claro que la gran masa, no culturetas como nosotros, es el target adecuado para recuperar e intentar ganar con su inversión. Ahora viene la fórmula narrativa a aplicar y que es la que casi todos nosotros conocemos: argumentos de industria actual, moderno, cercano, el antihéroe de moda, el subplot historia de amor, el de la duda paterno filiar, tipo de climax, arcos y ciclos narrativos y blablablaetc. Trucos precisos al alcance de cualquier guionista o escritor de ficción que se precie y que quiera pertenecer (los que no, también deberían conocerlos) a esta gran industria, gran consumo, grandes cifras. La humanidad, la de gustos sencillos, quiere historias sencillas y que lleguen fácilmente, que les provoque el efecto deseado e irse a casa. Peli para llorar, peli para pasárselo bien, peli de miedo chungo, una demanda acorde al consumismo rápido y sin fallo que mueve nuestra época. Tampoco creo que sea algo maquiavélico, esto implicaría una animosidad que no creo ni que tengan en cuenta. Simplemente quieren ganar dinero. Estos productores ignoran la opinión de tipos como nosotros en su modelo de negocio. No entra dentro de la ecuación.

      Da gusto tener diálogos así.

      • El problema, a mi entender, es que esos trucos han estado ahí desde siempre, lo cual no es nada malo. Hay historias que conectan con mucha gente y otras que no. La cuestión es que simplicidad e incorrección no son sinónimos, y cabría esperar que una historia simple, directa y tramposa, pero mal contada, suscitara el rechazo. No es así.

        No cabe duda que tal tendencia favorece a los productores, ya que no se ven obligados a generar contenido de calidad (formal, reitero mi convencimiento de que lo simple también debe estar bien construido) para ganar dinero, pero en mi opinión el origen de esa pérdida de la capacidad crítica cabe buscarlo en un plano totalmente diferente: el de las políticas educativas.

        Hay otros indicios preocupantes. Basta con comparar un documental de hace diez o veinte años con uno actual. El estilo ha variado por completo. Mientras hace no mucho la estructura habitual era la típica de introducción, desarrollo y conclusiones (bien apoyada en el pensamiento lógico-científico), ahora prima la escuela de transmitir los datos en bruto, poquitos además, repetidos una y otra vez para que queden fijados por simple memorización, sin que haya intervenido para nada el razonamiento. Es una estrategia, por cierto, apoyada por los actuales modelos educativos (que promueven la enseñanza de un conjunto de conocimientos básicos, espoleando en teoría al alumno para que conecte a instancias de sus propios intereses los puntos).

        El resultado: en estos momentos hay estudiantes universitarios que muestran graves carencias en una habilidad tan básica como es la lectura comprensiva (hasta el punto de experimentar dificultades para interpretar los enunciados de los exámenes).

        El lenguaje en el fondo no es sino un sistema para estructurar lógicamente el pensamiento (lo cual permite su transmisión). El que su uso correcto sea cada vez más irrelevante da mucho que pensar… y temer.

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