Los sueños del canciller

Allá por el 2003 Manuel Buil publicaba su primera novela de ciencia ficción, “Los sueños del canciller”, bajo un sistema de impresión bajo demanda. Siete años después, con más bagaje a sus espaldas, se estrenaba en el circuito profesional con “El triángulo D“, que tomaba prestadas algunas de las ideas de aquel primer título para construir una novela francamente interesante (podría casi definirse como cifi hard cómica, ahí es nada).

A raíz de aquella aventura, surgió la posibilidad de reeditar en formato electrónico la primera obra, convenientemente revisada y transformada en secuela (lejana) de la última. Así llegó de la mano de FiccionBooks (el sello digital de AJEC, que pese a la interrupción de la edición física se mantiene en activo) “Los sueños del canciller” v 2.0, y con ello una nueva oportunidad para descubrir una ciencia ficción con acusada personalidad propia (a un precio, por cierto, muchísimo más razonable).

Debido a un desastre natural y a un “pequeño” malentendido posterior, la Tierra en un futuro no demasiado lejano es un páramo radioactivo, sometido a un crudo invierno nuclear. Toda la población superviviente ha migrado a un anillo orbital compuesto por centenares de estaciones espaciales de todo tamaño y pelaje, algunos, los menos, enteros, otros, por problemas de espacio, como cabezas cercenadas a la espera de que se les clone un nuevo cuerpo (mientras, pueden ir tirando con torsos robóticos), y unos cuantos millones directamente como copias informatizadas, almacenadas en un sistema virtual llamado Cybérica (a la espera, o no, de volver a la carne un día de estos).

Debido a la premura de la evacuación, el sistema es de todo menos organizado, pero por lo menos funciona, y no parece estar yéndole tan mal a la humanidad (incluso se habla de que algún día alguien podría volver a la Tierra). Esto no es sino un espejismo de seguridad, como bien sabe Biel XVI, ex canciller de Aragón (desposeído de su cargo por un accidente que le ha costado la vida, o no, la jurisprudencia no es clara al respecto, a unos cuentos miles de ciudadanos de Cybérica). Todo tiene un motivo, los maltrechos restos de la humanidad se enfrentan a un peligro ignoto del que sólo el canciller parece ser consciente (eso, o se trata de una paranoia megalomaníaca, vete tú a saber).

Desde prisión, Biel XVI tiende sus (más bien paupérrimas) redes, con su principal agente, el coronel Montgomery Barrachina (leal a muerte a la Corona de Aragón), investigando una epidemia de trances místicos, que afecta incluso a los ciudadanos virtuales de Cybérica.

“Los sueños del canciller” no pierde demasiado tiempo en presentaciones, sino que se lanza de cabeza a la acción desenfrenada, haciendo uso además del corpus conceptual de la ciencia ficción para ahorrarse también explicaciones innecesarias. ¿Qué lector actual necesita que le lleven de la mano por la realidad virtual, o por los robots autoconscientes, o por los ciborgs? ¡Desperta ferro, San Jorge y Aragón y a por ellos! ¿A por quiénes? Da igual, ya lo descubriremos, que no decaígan los ánimos y que el enemigo nos encuentre cargando. Ah, sí, y “no” al trasvase.

Como “El triángulo D”, estamos ante una obra que se mofa de los nacionalismos, retratando a la perfección a un líder prototípico en Biel XVI, preocupado sólo por recuperar su cargo y sin que le tiemble el pulso a la hora de utilizar a sus súbditos como carne de pollo. Estoooo… de cañón. También es una figura heroica (lo cual no dice mucho bueno de la humanidad), pero casi a su pesar. El pobre Barrachina es el que se come casi todos los marrones, con la oportuna ayuda de Kan, el robot (un gran personaje).

Con un estilo directo y una aparente ligereza, Manuel Buil encuentra ocasión para ir colando reflexiones sociológicas muy agudas (haciendo uso de un gran sentido de la ironía) e incluso desarrollos especulativos atrevidos (no demasiado originales, pero de una sofistificación que no siempre es aparente a primer vistazo). La orientación de la novela es decididamente cyberpunk (con toques que me han recordado al Varley de los Ocho Mundos) y es una pena que en ningún momento se tome un respiro para profundizar en alguno de los temas que propone (como la radiación evolutiva de la humanidad), pues desperdicia así una gran oportunidad de trascender su enfoque cómico.

En cuanto a la forma, aun tras la revisión, se percibe su naturaleza primeriza, sobre todo al poder ser comparada con la posterior “El triángulo D”. La trama fluye sin obstáculos pero también sin deparar momentos realmente especiales, e incluso los intentos por aportar un poco de complejidad estructural acaban resultando un tanto fallidos. Más que una revisión, “Los sueños del canciller” tal vez hubieran precisado de una reescritura completa (sobre todo al presentarse como secuela), aunque es posible que con ello hubiera perdido algo de su frescura.

Se lea en el orden en que se lea (yo propondría el de escritura original), el (hasta ahora) díptico formado por estas novelas nos regala una ciencia ficción atrevida y sin complejos, que hace gala de un humor muy nuestro. Como comentaba en la crítica a “El triángulo D”, los personajes de Buil son antihéroes, pero al contrario que los yanquis no son genios incomprendidos, sino personajillos patéticos, cuya principal virtud reside en un ego tan monumental que les hace ignorar sus propios límites y les lleva así, mal que bien, al triunfo.

Divertido… hasta que paras mientes en que individuos como Biel XVI no sólo habitan las páginas de las novelas de Buil. Y entonces el enloquecido futuro que dibuja parece de repente mucho menos inverosímil.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en octubre 17, 2012.

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