Mercader de inteligencia

A veces parecemos olvidarlo, pero entre los Aldiss, Silverberg, Heinlein y compañía en el mercado anglosajón tienen cabida decenas (incluso cientos) de autores, tan profesionales como los grandes, que desarrollan una carrera más o menos boyante antes de desaparecer en el anonimato, fagocitados por los nuevos aspirantes. Es más, de tanto en tanto, ya sea por cubrir cupos o por compromisos contractuales, porque los designios de los editores son inescrutables o, como el caso que nos ocupa, porque por motivos históricos fueron realmente significativos durante un breve lapso, llegan a las estanterías de nuestras librerías.

Tomemos el caso de Boyd Bradfield Upchurch, quien entre 1968 y 1978 firmó once novelas de ciencia ficción bajo el seudónimo de John Boyd. De ellas, la que alcanzó mayor repercusión fue la primera, “La última astronave de la Tierra”. Un éxito (relativo) que no volvió a repetir, aunque le dio para una década de dedicación al género (incluyendo dos obras realistas, firmadas con su nombre real). Era la época de la New Wave, y su obra se ajusta en parte a esta corriente. No hay mucha experimentación estilística, pero sí se aprecia un esfuerzo por acercar el género a la corriente principal de la literatura, así como su interés por dos de los temas que casi habían sido tabú para la ciencia ficción: la religión y el sexo. Todo ello pudo suponer un elemento diferenciador en la década de los setenta. Por desgracia para su legado, pasada la novedad lo que queda son unos intentos bastante torpes por cumplir todos esos objetivos.

“Mercader de inteligencia” (“The I.Q. merchant”), escrita en 1972, es una de las tres novelas de John Boyd traducidas al español (la editó Martínez Roca en 1977). En ella se nos narra cómo el empresario farmacéutico Hugh Dorsey desarrolla un compuesto que incrementa la inteligencia… con el pequeño inconveniente de resultar mortal en el 45% de los casos (más un 10% de individuos resistentes). Dado que su hijo, Marlon, es deficiente metal y él se encuentra al borde de la bancarrota, decide unilateralmente administrarle la droga y solucionarle la vida (de un modo u otro) antes de encontrarse en la calle. Decisión que le enfrenta con Liza, su mujer, una auténtica belleza, culta e inteligente además, aunque por no abundar en parabienes también resulta ser alcóholica.

La novela navega entre los resultados del experimento, que se hacen pronto evidentes, y las vicisitudes cotidianas de Dorsey (empeñado en salvar su empresa y su matrimonio). Boyd hace uso de un estilo sobrio, apegado a la relidad, con no pocos toques costumbristas (aunque también emocionalmente plano). Entremedias va dejando caer reflexiones éticas y especula levemente sobre las consecuencias de la irrupción de una superinteligencia (tomando elementos de la filosofía de Nietzsche, y citando aquí y allá a autores clásicos ingleses, desde Shakespeare a Keats, y a pensadores científicos).

Lo que al parecer se le olvida es que no basta con disponer las piezas, para construir un discurso filosófico válido hay que plantear las premisas, desarrollar las ideas y aportar unas conclusiones. Lo que se nos presenta resulta ser una retahíla de pensamientos que no acaban de enhebrarse en un discurso coherente. Le falta muy poco, tan poco que es posible apreciar su potencial, pero los continuos saltos lógicos, las ideas truncadas y las conclusiones que surgen de la nada acaban por reducirlo todo a un batiburrillo a medio cocer.

Algo similar ocurre con la faceta realista. El autor no se contenta con desarrollar la historia de acuerdo con las premisas iniciales, sino que siente la necesidad de ir incluyendo nuevos elementos cada dos por tres. Liza, de repente, desarrolla una psicosis y el producto estrella de la empresa sufre un boicot que obliga a Dorsey a cambiar de estrategia… justo antes de tener que ceder las riendas por enfermedad a su hijo, que con su nueva inteligencia reflota la compañía y se la devuelve a su padre a tiempo de que lo detenga la policía por motivos que no voy a desvelar. Demasiados vaivenes. La trama nunca da la impresión de encontrarse bajo control.

Por añadidura, da la impresión de buscar activamente alejarse de las convenciones del género… hasta el punto que deja en tercer plano lo que hubiera podido ser el elemento redentor de la novela: el análisis de la evolución intelectual y moral de Marlon. Desconozco a qué pudo deberse esta actitud. Por los pocos detalles biográficos que he podido recabar por internet, es muy posible que Boyd se sintiera realmente al margen de la corriente tradicional de la ciencia ficción y pretendiera marcar distancias a toda costa.  También podría estar distanciándose de “Flores para Algernon, cuya adaptación cinematográfica le había reportado al protagonista principal el Oscar tan sólo cuatro años antes.

Sea como fuere, al obrar así, en mi opinión, renuncia a aprovechar los recursos específicos que proporciona el género para examinar al ser humano… y despojada de esa faceta la novela, simplemente, no es tan buena como para sostenerse por sí sola. La reflexión final (que aboga por la integración de las facetas intelectual y emocional en un desarrollo equilibrado), se nos presenta surgiendo de la nada, montada apresuradamente a partir de un puñado de observaciones y careciendo por completo de peso.

“Mercader de inteligencia” queda pues como una obra fallida, incapaz de aportar nada a un tema que había explorado con mucha mayor profundidad Olaf Stapledon en 1935 con “Juan Raro” (aunque el abuelo intelectual es sin duda “El hombre invisible”, de Wells), y que otros autores ya habían expandido con éxito (“Más que humano“, Theodore Sturgeon, 1953; o el ya mencionado “Flores para Algernon”, de Daniel Keyes, 1966). Desaprovecha, de igual modo, el hecho de ser sin duda una de las primeras plasmaciones de una singularidad a través de la aparición de una inteligencia sobrehumana (una década antes de que Vernor Vinge popularizara el concepto).

Resulta un poco frustrante comprobar cómo se acerca tanto… y se queda tan lejos de trascender a sus limitaciones. El resultado es que cuarenta años después de su escritura no tiene mucho que aportar, e incluso por sus defectillos literarios (de nuevo tan cerca y tan lejos) resulta poco recomendable como mero pasatiempo. El juicio del tiempo puede llegar a ser implacable.

Otras opiniones:

Anuncios

~ por Sergio en septiembre 8, 2012.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: