El manantial

Cuando en una colección de libros de zombis, tras una treintena de títulos con diversos intereses y enfoques, se estima oportuno la inclusión en la portada de un aviso previniendo de la inclusión de violencia extrema y sexo explícito, sabes que no se trata de un mero ardid publicitario. Efectivamente, “El manantial”, de Alejandro Castroguer, eleva el listón, sobre todo por lo que se refiere a la violencia.

Quince años después del apocalipsis zombi, dos jóvenes de veinte y diecisiete años, Verona y Abel, sobreviven aislados en un viejo instituto. Solos desde la muerte del padre de Verona cinco años antes, su relación ha ido viciándose a medida que la violenta naturaleza de Abel se desarrolla sin trabas. Atrapada en una mórbida relación de dependencia, Verona es obligada a participar en los juegos crueles de su compañero, bien sea involucrando a alguno de los zombis que aún les sitian o a algún desdichado superviviente que tiene la desgracia de tropezar con su destartalado “país”. Claro que peor es cuando la única víctima a mano es ella.

“El manantial” es una obra concentrada. Apenas cuatro personajes de cierta entidad y un escenario que se reduce a unas pocas localizaciones dentro del instituto. También en eventos se muestra parca, con la acción concentrada en unos pocos días (con dos grandes bloques separados por tres meses). En contrapartida, dedica un considerable esfuerzo a describir con minuciosidad las anunciadas escenas de violencia y sexo, que posiblemente sean acreedoras del aviso (máxime teniendo en cuenta cómo el género zombi ha menudo tiene más que ver con la aventura que con el terror).

Hace ya unos ocho años que el cine nos viene ofreciendo títulos con estas características, como una evolución del slasher tradicional; desde la entrega original de “Saw”, pasando por “Hostel”, “Turistas” o “The human centipede”. La proliferación ha sido tal que incluso han sido merecedoras de una etiqueta con cierta carga peyorativa: Torture porn. Sin embargo a la postre, como en casi todo, la consideración final depende de si detrás de la violencia y la sangre hay algo más.

A este respecto, las citas con que se abre el libro son significativas, en particular dos provenientes de “La fabrica de avispas” de Iain Banks y “El Señor de las Moscas” de William Golding. En ambas novelas nos encontramos con una exploración de la maldad intrínseca al ser humano (aparte de una alegoría social en el segundo caso), que tiene su reflejo en la evolución de Abel, separado de la civilización a los tres años, aunque educado durante una década más bajo estrictos preceptos éticos (sólo a la muerte de Padre, con la desaparición de un poder superior capaz de imponer castigos, da rienda suelta a sus instintos).

Así pues, prácticamente aislados de la cultura precedente (los únicos vínculos que persisten son la canción “The end” de The Doors, un referente importante para ambos jóvenes, y la antología “Marcovaldo” de Italo Calvino, que constituye el cordón umbilical de Verona con el mundo anterior al desastre), generan por sí mismos un horror que se alimenta a partes iguales del egoísmo y de la ausencia de restricciones.

A grandes rasgos, éste sería el concepto que “El manantial” busca transmitir tan enfática como explícitamente. El que lo consiga ya depende de las expectativas de cada cual. Por lo que a mí respecta, me he encontrado con un enorme escollo: el planteamiento y desarrollo no se me antojan plausibles. Quince años son demasiados para sobrevivir entre los reducidos horizontes de un instituto. Sin entrar en otras consideraciones, está la cuestión del alimento, que la novela intenta esquivar con un pequeño huerto en el tejado del instituto y… llamémoslos suplementos dietéticos obtenidos irregularmente; arreglos de todo punto insuficientes.

De igual manera, la psicología de los personajes no se me antoja creíble. Sus pensamientos alternan entre el desconocimiento (lógico) de elementos básicos de nuestra sociedad y una sofisticación que no cuadra con jóvenes aislados de cualquier fuente de conocimiento externo desde la infancia (uno de ellos, por añadidura, analfabeto). Sus obsesiones (la fijación por los símbolos y rituales religiosos, que reinterpretan a su manera, por ejemplo) son difíciles de justificar dentro de su marco cultural. Véase también al respecto la fijación con “The end”, una canción de compleja interpretación aun compartiendo referentes con Jim Morrison, y la influencia que ejerce en sus vidas, que supone un claro ejemplo de incongruencia entre lo que deberían saber y lo que saben (cuestión que se agrava dados los paralelismos entre la letra y algunos episodios de la novela, lo cual eleva a la canción además a fuente de inspiración para el propio autor, con lo que el discurso metarreferencial se hace decididamente confuso).

Estas cuestiones, que quizás a otros pudieran parecer menores, me han impedido en todo momento alcanzar el estado de suspensión voluntaria de la incredulidad, imprescincible para sumergirme en la historia. Por añadidura, considero que la violencia continuada pierde efectividad por pura desensibilización, y no encuentro en “El manantial” los cambios de tono o las variaciones precisas para mantener mi interés (de igual modo, tengo que confesar que las obras cinematográficas mencionadas hace unos párrafos me aburren sobremanera… así que no formo a buen seguro parte del público objetivo de la novela).

“El manantial” es sin duda una obra que alcanza su objetivo de impactar al lector. Encuentro sin embargo el discurso subyacente falto de anclajes sólidos que faciliten su exploración más allá del ámbito de la novela, por lo que ésta queda en cierta forma limitada al disfrute (o todo lo contrario, eso ya va por gustos) que se le pueda sacar por sí sola.

Agradezco a Dolmen Editorial el envío de un ejemplar de “El manantial” para su reseña en Rescepto.

Otras opiniones:

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~ por Sergio en agosto 19, 2012.

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