Descansa en paz

Tras el éxito internacional de “Déjame entrar” (gracias a la adaptación sueca de 2008… el remake americano de 2010 no está mal, pero es por completo innecesario), los editores se lanzaron a la caza de otras novelas de John Ajvide Lindqvist (tampoco vino mal la moda por lo sueco desatada a raíz del éxito de la trilogía Millenium). Casualmente, su segundo título, “Hanteringen av odöda” (que vendría a traducirse por “Atendiendo a los no muertos”), encajaba a la perfección dentro de la actual moda zombi, pese a haber sido publicado originalmente en 2005 (es decir, un año antes de que Max Brooks diera el pistoletazo de salida a la fiebre con “Guerra Mundial Z”). Tales son los vericuetos editoriales que dieron con “Descansa en paz” en las librerías en 2010.

La novela narra como, tras una inusitada ola de calor en pleno agosto, todos los fallecidos en Suecia durante los últimos dos meses vuelven a la vida, provocando un tremendo desasosiego en la sociedad (no digamos ya en los familiares) y generando un problema de salud pública de primer orden. Lejos del estereotipo zombi, los redivivos se limitan a intentar volver a sus casas, donde quedan estáticos, sin que sea aparente otro propósito. Pronto las autoridades intentan controlar la situación, reuniendo a los muertos (incluso los atrapados en sus tumbas) en centros de investigación, mientras tratan de decidir qué hacer a continuación.

La historia se nos presenta desde la perspectiva de tres familias implicadas. Por un lado está David Zetterberg, un monologuista, cuya mujer, Eva es tal vez la muerta más reciente, habiendo sufrido un accidente automovilístico precisamente mientras se desarrollaba el fenómeno. Muestra, por ello, una capacidad de raciocinio muy superior al resto, llegando incluso a articular alguna palabra (aunque todo intento de interracción es inútil). También está Gustav Mahler un periodista retirado que, tan pronto sabe por sus fuentes de la resurrección de los cadáveres en la morgue del hospital parte hacia el cementerio y saca de su tumba a su nieto Elias, fallecido en torno a un mes antes. Por último, Elvy y Flora Lundberg, abuela y nieta, que comparten una capacidad extrasensorial secreta y asisten a la resurección del marido de Elvy, acontecimiento que cada una interpreta de forma muy diferente (Elvy como una señal de la pronta venida del Reino de Dios y Flora, una joven gótica y descreída, con profundo desconcierto).

A través de las vivencias de las tres familias se nos va mostrando el desarrollo de los acontecimientos, con enfoques, perspectivas e intereses muy diferentes. Así, por ejemplo, David apenas puede aceptar que Eva haya muerto, y la situación, incluyendo el tener que lidiar con Magnus, el hijo de ambos, le impide dar rienda suelta a su dolor. Gustav, por su parte, huye con Elias y con la madre de éste, su hija (con la que mantiene una relación distante), para evitar que le arrebaten al niño. Su obsesión es cuidarlo y conseguir que se recupere. A cualquier precio, pues en aquel niño había volcado sus expectativas y había sublimado la culpa por no haber atendido correctamente en su momento a su hija.

La subtrama de Elvy y Flora resulta menos sólida, derivando entre la campaña de concienciación religiosa orquestada por la primera ante lo que interpreta como una aparición mariana y la relación de la segunda con Peter, un chico que malvive precisamente en la urbanización abandonado donde el estado decide internar a los muertos (debido a campo extrasensorial que estimula cierto tipo de telepatía que se forma cuando se juntan varios).

Frente a lo que pudiera esperarse, “Descansa en paz” no es una novela de terror. Más que miedo, los redivivos causan desconcierto. La muerte, una barrera definitiva, de repente ha perdido sentido, provocando angustia existencial. Heridas aún no cerradas se reabren, el proceso de duelo queda interrumpido y los familiares deben volver a enfrentarse con la pérdida sufrida, sin estar muy seguros de qué implica el cambio a largo plazo.

Se trata también de una novela muy personal. Lindqvist trabajó en su momento como monologuista, y el fallecimiento de su padre, que murió ahogado, se refleja en el Señor del Agua, una representación metafórica de la muerte, imaginada por Eva Zetterberg (autora de una serie de cuentos leídos por Flora) y en la figura del ahogado que acosa a los Mahler, reaccionando violentamente a su rechazo. En esencia, la novela busca indagar en el proceso de despedir a los fallecidos, dejarlos atrás, reconociendo la muerte como un estado irreversible desde una perspectiva más espiritual que física (dado que los cuerpos en sí están animados por fuerzas inexplicables e incluso pervive un poso de conciencia).

En ese sentido, las vivencias de los Zetterberg y los Mahler se complementan, ofreciendo un análisis exhaustivo del tema central desde diversas perspectivas (además de ahondar en relaciones padre-hijo). La tercera historia queda sin embargo bastante aislada, con una introducción poco justificada (en cuanto a necesidades narrativas) de elementos paranormales, y ni siquiera consigue cerrar de forma satisfactoria, quedando abierta de un modo que se antoja un fallo conceptual en la estructura de la novela (el año 2006 el autor publicó en la antología “Papperväggar” un cuento que sirve en cierto modo de epílogo a la novela, así que quizás ahí termine de cerrar su argumentación).

En cuanto al estilo, he de confesar que me ha resultado un tanto decepcionante, al recurrir en exceso a la bolsa de trucos del thriller moderno (en la estela de Stephen King, aunque construyendo unos personajes no tan redondos, ofreciendo en ocasiones la impresión de una complejidad impostada). Eso sí, a medida que avanza la acción y el foco narrativo se desplaza de la presentación de los actores a la descripción de los acontecimientos el texto mejora considerablemente, en especial en las escenas concebidas para despertar la inquietud.

“Descansa en paz” es un texto interesante por el enfoque, pero me deja con la impresión de no haber dado de sí todo lo que hubiera podido, optando en demasiadas ocasiones por eludir las conclusiones. Con esto no me refiero a lo más o menos abierto de las subtramas, sino a las cuestiones filosóficas de fondo, que en ocasiones deja en simples premisas sin desarrollo (como todo lo referente a las implicaciones religiosas del fenómeno). Lo que sí desarrolla hasta sus últimas consecuencias es el tema central: lo difícil y necesario que es decir adiós. Ahí radica la fuerza de la novela y, en última instancia, lo que le da pleno sentido y permite disculpar sus debilidades.

Otras opiniones:

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~ por Sergio en julio 17, 2012.

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