Hacedor de mundos

Allá por mediados de los 80 una de las principales colecciones de ciencia ficción en España era la de Grandes Éxitos Bolsillo de Ultramar. Fue pues significativo que anunciaran su “intención de iniciar la publicación de una serie de obras de ciencia ficción de autores hispanos digna de figurar en las mejores bibliotecas del género”… y que lo hicieran en igualdad de condiciones, intercalándolas entre los títulos foráneos (que siguieron siendo amplia mayoría, todo sea dicho). Fruto de esta política vieron la luz obras como la bilogía original de Akasa Puspa de Juan Miguel Aguilera y Javier Redal, la Trilogía de las Islas de Ángel Torres Quesada o la antología “Unicornios sin cabeza”, de Rafael Marín.

Todo ello se inició, supongo en buena medida a modo de experimento, con la publicación de “Hacedor de mundos”, de Domingo Santos, como número 37 de la colección (antes ya había habido una reedición de autor español de una obra no exactamente de ciencia ficción, pero la declaración que he trascrito al inicio de la entrada se publicó en la contraportada de “Hacedor de mundos”).

Por entonces Domingo Santos (o Pedro Domingo Mutiñó) era el autor de ciencia ficción español con más proyección internacional, aunque llevaba tiempo dedicado principalmente a otras labores dentro del mundillo editorial (como traductor, director de Nueva Dimensión y coordinador de diversas colecciones especializadas… como la de Ultramar, sin ir más lejos). Esta novela constituyó pues una suerte de retorno a su faceta creativa (quitando de algún que otro cuento disperso y la novela cómica “El extraterrestre rosa”).

En ella asistimos al salvamento in extremis de David Cobos, un cosmonauta perdido en mitad del vacío estelar tras el brutal accidente que sufre su nave. Lo especial del caso es que nadie lo rescata, sino que, de algún modo, acaba en órbita cercana de la Tierra, habiéndose trasladado aparentemente centenares de años luz en un parpadeo.

Sus experiencias a partir de ahí no abandonan el sendero de lo insólito, pues poco a poco llega a la conclusión de que posee el poder de cambiar la realidad a su antojo, de forma tan definitiva que la percepción del resto de personas se ajusta para acomodar sin paradojas la nueva situación. Las cosas se complican, sin embargo, cuando descubre que no es el único en detentar el Poder, y que existen jerarquías ocultas y normas cuya vulneración, incluso por ignorancia, no quedaría impune.

A partir de esta premisa, Domingo Santos construye un entramado lógico, preocupado sobre todo por erigir una estructura coherente (lo cual cualifica la historia como ciencia ficción) y cuajada de suficientes golpes de efecto para ir subiendo las apuestas sin hacer (demasiadas) trampas y cambiar las normas. Todo ello aderezado, por supuesto, de persecuciones, enfrentamientos y algún que otro interludio erótico-festivo, para que la acción no decaiga.

El estilo es sencillo, funcional pero correcto. La novela se apoya principalmente en el juego intelectual de desarrollar sus premisas hasta la conclusión más impactante posible (que se revela igualmente como una gran broma cósmica… que no cuesta mucho anticipar a tenor del título). El problema para el lector avezado de ciencia ficción es el grado de metarreferencialidad, que por momentos alcanza cotas abrumadoras.

Así pues, aunque los únicos autores mencionados en la dedicatoria son Olaf Stapledon (“Hacedor de Estrellas”) y Philip José Farmer (la saga del Mundo Río, empezando por “A vuestros cuerpos dispersos”), no es complicado detectar la huella de muchos otros, desde Alfred Bester (de quien toma el punto de partida de “Las estrellas mi destino”, con alguna pequeña modificación) a Isaac Asimov (mejor me reservo la referencia directa, aunque toda la estructura lógica de la historia es en sí muy asimoviana y cualquier conocedor de la obra del Buen Doctor podrá anticipar hacia dónde se dirige), pasando por Heinlein (precisamente, Domingo Santos acababa de traducir “Viernes”, lo que quizás le indujo a meter algo de sexo de sopetón en su historia… que ya presentaba los arquetipos del joven, el viejo y la chica Heinlein).

Las referencias son tantas y tan evidentes que el lector no puede evitar preguntarse qué hay de Domingo Santos en la historia, dónde termina la labor de compilación y encaje de elementos y empieza la aportación original (y aquí no me estoy refiriendo a la trama, que es evidentemente original, sino al alma de la historia, a su sublectura, que suele ser la que confiere el valor añadido a las obras de ciencia ficción). Al finalizar el libro me dejó con la impresión de haber leído un destilado de motivos y situaciones (aquí no puedo dejar de señalar al sustrato del autor como escritor de bolsilibros, por no ubicar todos los referentes más allá de nuestras fronteras) de la ciencia ficción más o menos clásica, aunque carente de ese ingrediente realmente novedoso capaz de conferir al cóctel un sabor especial.

Tal vez su mérito resida precisamente en su capacidad de fusionar con habilidad todos esos elementos dispersos en una combinación nueva y consistente, pero como lector ya con cierto recorrido (y habiendo bebido directamente de sus mismas fuentes), no puedo dejar de sentir cierta decepción por que la historia no consiga llegar más allá, trascender sus orígenes y abrir nuevas posibilidades.

“Hacedor de mundos” queda pues como una historia correcta aunque inconsecuente. Trasluce un profundo conocimiento del género y es improbable que desagrade a nadie, pero tampoco posee lo necesario para deslumbrar y enamorar, para sacudirnos con esa idea impactante (por novedad o profundidad) que suele distinguir a las grandes obras de las simplemente funcionales.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en julio 9, 2012.

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