Los espejos turbios

El año 2003 Rafael Marín ganó el Premio Albacete de Novela Negra con “Detective sin licencia”, el ascenso a primera división (es decir, a la novela) de su particular investigador gaditano, el ex boxeador amnésico Torre. Desde entonces no ha dejado de publicar relatos de mayor o menor extensión en Crisei, su blog. Ahora llega a las librerías la segunda novela (de un ciclo de tres, con la continuación, “Lona de tinieblas”, prevista en principio para dentro de unos meses).

Las historias de Torre han sido definidas como género negro costumbrista, y a juzgar por “Los espejos turbios”, el libro que nos ocupa, he de convenir en que la etiqueta les cuadra. Novela negra tradicional no es, desde luego. Al tiempo que sigue algunas de sus líneas maestras, subvierte otras, restándole glamour (tanto la romántica aura canallesca clásica como la violencia glorificada predominante en el harboiled actual) y añadiéndo autoconciencia al cinismo típico de esta narrativa.

En “Los espejos turbios” nos encontramos a un “detective” diferente, enfrentado a un embolado que no puede ser más tópico: personaje más o menos inocente que es testigo de un crimen brutal perpetrado por poderosa figura local y se encuentra en el brete de no disponer de pruebas con que acusarlo aparte de su testimonio. La concomitancia de ambos factores, sin embargo, aparta a la historia de la senda previsible y la lanza a explorar otros territorios, pues en este caso el investigador carece tanto de la legitimidad que concede una placa (o, cuanto menos, una licencia) como de las capacidades deductivas o conocimientos especializados que suelen avalar a los amateurs.

No, Torre sólo dispone de su tozudez, su lealtad inquebrantable (al amigo muerto y, por extensión, a su familia) y cierta conexión intangible con el entorno. Porque Torre es Cádiz. No una idealizada Cádiz de postal turística; ni tampoco una versión afeada con intención fabuladora; sino la ciudad del día a día, la del residente antiguo que ha crecido y envejecido con ella y que la conoce como conoce los achaques de su propio cuerpo (y que, pese a todo, se estima ambos, ciudad y cuerpo).

La novela avanza de pista en pista, casi a regañadientes, desplazando el foco narrativo entre Torre y el testigo (casi) inocente, Angelito Fiestas, mientras ambos tratan de pillar a contrapié al asesino, catedrático de la universidad, autor de prestigio y, para colmo, escogido rey mago en la próxima cabalgata del cinco de enero. Y por el camino va posando su mirada cínica aquí y allá, proclamando acá la desnudez del emperador y desedulcorando con sobredosis de realidad acullá tal o cual ítem (ya sea el sordido mundo de la prostitución de lujo y el softcore o las miserias personales de las fiestas navideñas).

El mundillo de Torre es un entramado complejo de personajes desarrollados a fuerza de años y relatos, pero la novela navega por él con suavidad, sin escollos invisibles aguardando a los neófitos incautos. Entre los “habituales” y las estrellas invitadas (por utilizar un símil televisivo), “Los espejos turbios” se gana su etiqueta de “costumbrista”, apoyándose en su baza más sólida, que es la caracterización de tipos tan peculiares como una mulata casquivana o un mazas con más pretensiones que méritos. Ellos sostienen una trama cuya sustancialidad peligra por momentos, aunque nunca llega a perder el hilo.

Lo que no me acaba de convencer es la caracterización de los protagonistas, que se me antojan por momentos simples testaferros para transmitir los pensamientos del autor, aun en casos en que éstos no encajan demasiado con lo que sabemos de ellos (en particular por lo que se refiere a Angelito Fiestas, aunque hay referentes cinéfilos y comiqueros que no acaban de cuadrar con un ex boxeador, devenido en algo parecido a matón particular). El uso de la tercera persona subjetiva, alternada entre Torre y Angelito, pierde bastante fuerza al incurrir ambos en reflexiones demasiado similares, hasta el punto que en determinados momentos parece que sólo se diferencian en conocimientos (bien sea especializados o adquiridos durante el transcurso de la investigación) y capacidades (vamos, que Angelito no tiene ni media bofetada, mientras que Torre es todo él un callo bien endurecido).

También se da el hecho de que no hace mucho pude disfrutar de otra novela de Rafael Marín ambientada en Cádiz, “La ciudad enmascarada“, con la que ésta presenta no pocas simillitudes en su ambientación (cambiando el carnaval por las navidades). En aquélla, el tono a mitad camino entre la crítica inmisericorde y la indulgencia sin límites nacida del aprecio se me antoja mucho mejor conseguido, más macerado quizás (pese al orden de publicación, me da que “Los espejos turbios” predata en cuanto a escritura a “La ciudad enmascarada” por varios años). Por comparación, las reflexiones de Torre y Angelito me parecen a veces forzadas, carentes del mismo peso filosófico.

Posiblemente sea una comparación injusta. “Los espejos turbios” busca causar otro efecto, satisfacer otras necesidades. El elemento catártico no puede obviarse. En esencia, se trata de la historia de dos mindundis que, por una vez y sin que sirva de precedente, consiguen hacer caer al poderoso podrido de su pedestal, aunque sea ayudados por generosas raciones de potra. Tampoco es mala cosa, corriendo los tiempos que corren.

Agradezco a Grupo Editorial AJEC el envío de un ejemplar de “Los espejos turbios” para su reseña en Rescepto.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en julio 4, 2012.

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