El hombre completo

Hay obras cuyo interés radica no en méritos intrínsecos, sino en circunstancias externas que les confieren una importancia mayor de la que tendrían en otras condiciones. Tal es el caso de “El hombre completo” (“The whole man”, “Telepathist” en sus ediciones inglesas), de John Brunner, publicada en 1964 como fix up de tres novelas cortas aparecidas entre 1958 y 1959( “City of the Tiger”, aparecida en la revista británica Science-Fantasy en diciembre de 1958; “The whole man”, Science-Fantasy de abril de 1959; y “Curative telepath”, en la americana Fantastic Universe, en diciembre de 1959), sin que haya podido precisar el grado de reescritura posterior, ni siquiera si realmente la hubo (aunque el lapso de cuatro años parece sugerirlo).

Dentro de la carrera de Brunner supuso un punto de inflexión, entre las space operas sencillitas y directas que venía publicando en ACE Books (en su mayor parte dentro de la colección Double) y su producción dentro de la New Wave, que incluye algunos de los libros más importantes (y de mayor vigencia) alumbrados dentro del movimiento (por ejemplo, su Trilogía del Desastre). Por extensión, la novela sirve en cierto modo de fulcro entre las historias de la Edad de Oro y las de la nueva forma de concebir la ciencia ficción, con el cambio de enfoque del universo exterior al interior y su deriva hacia las ciencias sociales.

El problema de todo ello es que el poseer significancia histórica no asegura una experiencia lectora satisfactoria, y “El hombre completo” presenta tantos aciertos como fallos, derivados precisamente de su condición de obra fragmentaria, a medio camino entre diversas tendencias.

El personaje central de la historia es Gerrald Howson, un hombrecillo lisiado de nacimiento (con desviación de columna vertebral, piernas desiguales, insuficiente desarrollo de los caracteres sexuales, hemofilia…) y criado en un hogar desestructurado, en una Gran Bretaña deprimida tras graves revueltas políticas y sociales. Pese a su inteligencia, todo transcurre por los previsibles cauces infaustos hasta que en la pubertad (una pubertad retrasada respecto a la norma, por supuesto), despiertan sus poderes telepáticos latentes. Capacidades, por supuesto, de un nivel extraordinario, hasta el punto que alertan al servicio telepático de la ONU en Ulan Bator, que acude presto a llevarlo al lugar que realmente merece.

Vamos, nada nuevo bajo el sol. La típica fantasía de trascendencia de cualquier adolescente. Una historia contada mil veces con anteriodidad (y diez mil, lo menos, desde entonces). Sólo que, de algún modo, las características particulares de Gerald (Gerry para los amigos) no se prestaban a seguir el guión tipo. Brunner percibió que a su través podía contar algo significativo sobre la mente humana y decidió echar mano de la psicología, presentando a su telépata como una personalidad profundamente herida, incompleta, que necesita más reconciliarse consigo mismo que ser rescatado.

Así pues, Brunner inventa el estado catapático, que es como una fuga cataléptica de la realidad, pero conducida por una mente telepática, que inventa un mundo mejor al que huir… arrastrando consigo otras mentes no dotadas. En primera instancia, el propio Gerald debe ser salvado de tal estado, y con el tiempo él mismo se convierte en un terapeuta de primera magnitud, cuyo labor consiste en sacar de los trances catapáticos al personal telepático de la ONU, que actúa como mediador en conflictos por todo el mundo.

El mejor segmento de la novela, proveniente del texto más antiguo, “City of the tiger”, trata precisamente sobre la curación de un alto funcionario, que se ha refugiado en una fantasía oriental en la que Gerald debe infiltrarse, para sabotearla desde dentro. Bien posicionada en la ruta que va directamente de “El hombre demolido” (Alfred Bester, 1952) a “Origen” (Christopher Nolan, 2010), este fragmento de “El hombre completo” es sin duda el más satisfactorio, llegando a derivar incluso hasta el terreno de la espada y brujería para escenificar el enfrentamiento mental.

La superación del reto, sin embargo, no satisface a Gerry, a quien su trabajo no termina de realizar, pues se encuentra constreñido por el conocimiento de que nunca podrá emplear su poder para su propia satisfacción, so pena de verse atrapado en una fantasía de la que nadie podría sacarle. Parte pues en una búsqueda personal que, como resulta habitual en el tratamiento de la telepatía durante la New Wave (véase “Muero por dentro“, de Silverberg), acaba transformándose en una metarreflexión sobre la capacidad creativa y la necesidad de comunicar este universo interior a los demás.

Pese a sus buenas intenciones, sin embargo, este desarrollo, después de la tensión alcanzada en las escenas precedentes, se antoja anticlimático. Aparece, además, cuajado de personajes poco interesantes y con cierto tufillo a elitismo intelectual. Todo ello por no hablar de cierta ñoñería new age (con el alegre empleo de elementos acientíficos como la “imagen mental del cuerpo”, que impide que Gerald se someta a una operación que rectifique sus malformaciones… una forma un tanto burda de exteriorizar su conflicto interior).

En definitiva, al contrario que con sus más elaboradas novelas posteriores, “El hombre completo” adolece de una línea argumentativa clara y definida. Por sus orígenes fragmentarios, el foco de la narración va saltando de aquí para allá, alumbrando en ocasiones temas de interés, pero sin la constancia necesaria para explorarlos hasta sus últimas consecuencias. En su época, estos enfoques novedosos constituyeron sin duda un elemento distintivo (la novela le proporcionó a Brunner su primera nominación a los premios Hugo en 1965… un año bastante flojo, todo sea dicho), pero desde nuestra perspectiva actual no podemos sino constatar que fueron tratados con posterioridad en mucha mayor profundidad, por lo que se nos antojan necesariamente toscos.

Para añadir más leña al fuego, la traducción disponible, original de 1957 en Nebulae, pero reutilizada en las más recientes ediciones de la Factoría, es infame hasta el punto de constituir un serio escollo para la lectura, algo que termina por hacer la obra recomendable sólo para los completistas de Brunner o para los interesados en ese punto de inflexión en concreto dentro de la evolución de la ciencia ficción.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en junio 30, 2012.

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