La guerra de los mercaderes

Treinta y dos años después de la publicación de “Mercaderes del espacio“, de vuelta a la escritura a tiempo completo y en el momento de mayor reconocimiento crítico de su carrera, Frederik Pohl regresó al universo de su primera (y más exitosa) novela, escribiendo (lógicamente en solitario, pues Kornbluth había muerto en 1958) su secuela: “La guerra de los mercaderes” (“Merchant’s war”, 1984, publicada también en formato omnibús junto con su predecesora, bajo el título común de “Venus INC”).

Tal lapso entre dos entregas correlativas de una misma serie es inusual, pero la evolución de la ciencia ficción propició que los escritores de la Edad de Oro, tras el paréntesis que supuso la New Wave durante los sesenta y buena parte de los setenta, percibieran un renovado interés por sus antiguas obras (cierta añoranza por aquella forma de abordar el género)… y si alguno no se percataba, a buen seguro ahí estaba su agente o sus editores para hacérselo notar. El caso es que los primeros años de la década de los ochenta vieron como, por ejemplo, Arthur C. Clarke retomaba el escenario de “2001”  (veinticuatro años hasta “2010: Odisea 2”) e Isaac Asimov resucitaba a sus robots (“Los robots del amanecer“, veintiséis años después de “El sol desnudo”) y decidía expandir el universo de la Fundación (“Los límites de la Fundación“, veintinueve años después de “Segunda Fundación”).

Aunque, en general, las secuelas no estuvieron a la altura de los originales (destacaría como excepción “Los robos del amanecer”), el éxito económico acompañó a muchas de estas iniciativas, lo cual propició retahílas de continuaciones en franco declive artístico (y mejor no hablamos de las “colaboraciones” con otros escritores). No fue el caso de Pohl. Bien fuera porque la recepción de “La guerra de los mercaderes” fue tibia a lo sumo, porque contaba con su propia serie de éxito recientita que explotar (la de los Heechee), o simplemente porque él mismo constató que no había más leña que cortar y optó por producir material original.

No es que “La guerra de los mercaderes” sea una mala novela. De hecho, en muchos aspectos supone una mejora con respecto a su predecesora, de la cual por momentos parece no tanto una secuela como un remake en toda regla. Sólo que eso no basta. Treinta y dos años de evolución de la ciencia ficción no pueden quedar limitados a un lavado de cara, y las mejores ideas del libro provienen directamente de 1952 (baste con señalar que ese mismo año William Gibson revolucionó el patio con “Neuromante“).

Juzgando (con acierto) que los personajes no eran el fuerte de “Mercaderes del espacio”, Pohl optó por trasladar el intérvalo entre libros a la ficción, situando la acción de “La guerra de los mercaderes” treinta y tres años después de la odisea de Mitch Courtenay. El planeta Venus, colonizado por una panda de conservacionistas, lleva todo ese tiempo resistiéndose con éxito a los publicistas terrestres… una situación que las grandes compañías publicitarias (encabezadas por la Tauton-Gatchweiler-Shocken, la fusión de los principales competidores de antaño… en claro reflejo, incluso anticipo, del desmoronamiento de la política de bloques) no están dispuestas a tolerar.

El protagonismo recae en Tennison Tarb, un alto ejecutivo de la compañía, destinado al inicio del libro a la embajada en Venus, cuyo devenir personal sigue al dedillo el modelo de Courtenay tres décadas antes. De regreso a la Tierra, es víctima de una agresiva campaña de publicidad por inducción neuronal que lo vuelve adicto a la Moka-koka, incapacitándolo para desempeñar cualquier trabajo de cierta responsabilidad. Hundido en la miseria, hace uso de su talento para la publicidad (y de sus antiguos contactos, así como de buenas dosis de suerte), para volver a encaramarse a la cima.

Por el camino, sin embargo, es testigo de los peores aspectos de la sociedad construida sobre los cimientos de un capitalismo salvaje, conociendo a adictos a las colecciones por entregas, trabajando en la mercantilización de la religión, participando en una guerra de colonización comercial (con técnicas similares a las que le han implantado su dependencia) y entrando en contacto, finalmente, con agentes provocadores venusinos dispuestos a destruir la sociedad terrestre desde dentro, antes de que estos lancen la ofensiva final contra la díscola colonia.

Tennison Tarb es duro de mollera, pero al final, muy al final, abre los ojos a la verdad (lo cual ya es un avance respecto a “Mercaderes del espacio”) y decide colaborar con la causa rebelde… a su manera.

Se nota que Pohl ha madurado en los años que median entre las dos entregas de los mercaderes. La sátira sigue presente (si bien ya no resulte tan punzante, salvo algún que otro golpe directo, que compensa la falta de sutileza con buenas dosis de humor), pero se percibe una mayor implicación personal, un intento por no sólo exponer los problemas, sino también empezar a plantear las soluciones. No es culpa suya si peca de ingenuidad y su intento se queda muy lejos de los de autores como Norman Spinrad (“Incordie a Jack Barron“, 1969) o John Brunner (“El jinete en la onda del shock“, 1975). Si a ello añadimos una subtrama amorosa imposible (por circunstancias que no puedo desvelar sin destripar la principal “sorpresa” de la historia) y un clasicismo excesivo, no es de extrañar que la novela levantara poca polvareda.

Ahora bien, muchas de las salvedades que he ido exponiendo están referidas al momento en que se publicó. ¿Tienen relevancia hoy en día, casi treinta años después? Ya he comentado que, como novela, su estructura es más satisfactoria que la de “Mercaderes del espacio”, que está considerada como un clásico, y las ideas que contiene son muy similares. ¿Significa eso que, descontextualizadas, su valor es equivalente?

Pienso que no, que la ciencia ficción no puede diseccionarse con parámetros tan estrictos. El que en 1952 “Mercaderes del espacio” supusiera una novela que abrió nuevos horizontes le confiere una cualidad inaprensible pero no por ello menos perceptible. ¿Frescura, quizás? No lo sé, pero está ahí. Ampliamente superadas ambas, la primera sigue percibiéndose como una obra atrevida, que de verdad está aventurándose en lo inexplorado, mientras que la segunda no deja de parecer correcta, pero acomodaticia, repasando territorios ya trillados. Quizás no obedezca a una razón muy diferente por la que todos conocemos quién fue el primero que dio la vuelta al mundo, o subió al Everest, mientras que el segundo (y el tercero, y…) suele quedar en el anonimato. No es sólo que el pionero tenga mayor mérito, o siquiera que afronte más dificultades, sino que, de algún modo, su aventura es más sincera, y eso se nota.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en junio 16, 2012.

2 comentarios to “La guerra de los mercaderes”

  1. Enhorabuena por su blog, me pasaré más a menudo por aquí.

    Un saludo de un nuevo lector,

    Jose

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