China Montaña Zhang

En 1992, apenas tres años después de vender su primer cuento de ciencia ficción (a la Asimov’s), Maureen F. McHugh lanzó al mercado su primera novela, “China Montaña Zhang” (“China Mountain Zhang”). La obra fue acogida con gran entusiasmo, siendo merecedora de sendas nominaciones a los premios Hugo y Nebula (distinción que suele costar algunas obras más de “calentamiento”). Fue aquel, sin embargo, un año duro (con victorias para “El libro del día del juicio final“, de Connie Willis, en ambos certámenes y “Un fuego en el abismo“, de Vernor Vinge, compartiendo el Hugo), así que tuvo que conformarse con el premio Locus a mejor primera novela (además de un par de galardones especializados que ya mencionaré más adelante).

Con tal aval, hubiera sido de esperar una pronta traducción, pero no fue hasta el 2007 que Ómicron la presentó al lector español… no mucho antes del cese de su actividad editorial. La razón, supongo, cabe buscarla en la escasa repercusión posterior de la autora, que hasta el momento no ha vuelto a situar ninguna de sus novelas a un nivel similar (aunque cosechó el Hugo de relato en 1995).

En cuanto a la obra, “China Montaña Zhang” irrumpió en el panorama de la ciencia ficción un poco a contracorriente. A principios de los 90 el género se estaba recuperando de los excesos del cyberpunk y las ventas acompañaban especialmente a una nueva generación de space operas, que celebraban la figura del héroe (aunque éste fuera tan improbable como el Miles Vorkosigan de Lois McMaster Bujold). McHugh, por su parte, proponía un futuro muy diferente, casi distópico, aunque no a la manera molona de William Gibson e imitadores. Es decir, no como resultado de una hiperinflación tecnológica anarcocapitalista, sino justo lo opuesto.

En el primerizo siglo XXII (o sea, lo que por entonces se consideraba futuro cercano) de la novela, casi todos los países regidos por el libre mercado han atravesado crisis que han conducido a revoluciones proletarias y a la implantación de regímenes comunistas (mediante procesos más o menos traumáticos). La nueva superpotencia mundial es China, mientras que los antiguos Estados Unidos se han convertido en una región satélite, agotada y dependiente, tanto desde un punto de vista económico como cultural, del nuevo orden. Como nota de interés, cabe señalar que la dureza de la situación cabe achacarla tanto a las contradicciones intrínsecas del sistema imperante como a los excesos del precedente (y presente) En propiedad, pues, no se trataría de una distopía comunista, sino sólo de un futuro poco halagüeño.

El foco de la historia, sin embargo, no se ocupa de ofrecer una visión panorámica, sino que se centra en el primer plano de los personajes. En especial de Zhang Zhongshan (Zhongshan puede traducirse como China Montaña, y es el nombre de uno de los padres fundadores de la República Popular China), un constructor CNA (Chino Nacido en América), de ascendencia chino-hispana y gay (en un contexto cultural bastante más homófobo que el actual). Así, a través de diversos episodios, asistimos a los esfuerzos de Rafael (su nombre hispano) Zhang por encontrar su lugar en un mundo que no parece haber dispuesto de un hueco para alguien como él. Aparte del tema de su orientación sexual, su origen mestizo constituye un obstáculo (relativo, que mucho peor lo tienen los que ni siquieran parecen chinos) en una sociedad que practica sin rubor el racismo.

Intercaladas con su historia, nos encontramos con capítulos muy tenuemente conectados entre sí, que se centran en las cuitas de otros personajes: una voladora de cometas de competición, una granjera en la colonia de Marte y un hombre desplazado con su hija que acaba en la misma comuna marciana. En todos estos fragmentos encontramos variaciones de un mismo tema recurrente, que podría describirse como la búsqueda de la felicidad, aunque en realidad las metas suelen ser mucho más modestas (realización laboral, estabilidad sentimental, conquista de un lugar al que poder llamar hogar…). Al final, la integración de todas estas facetas (e incluso una resolución más o menos satisfactoria de los conflictos) sólo la encontramos en el más extenso hilo de Zhang, aunque cada uno de los personajes obtiene su propio pequeño triunfo personal (lo cual no quiere decir, ni mucho menos, que alcancen plena realización).

Por su tratamiento del conflicto (homo)sexual, la novela se hizo merecedora de dos galardones especiales. Por un lado el James Tiptree Jr. Award (para novelas de ciencia ficción y fantasía que exploran cuestiones de género, instaurado apenas el año previo, aunque ya bien consolidado), y por otro el Lambda de ficción especulativa (para obras con temática gay, lésbica, bisexual o transexual; sólo en otra ocasión, con “Río lento”, de Nicola Griffith, que conquistó el Nebula en 1997, volvió a destacarse un ganador del Lambda con una posición destacada en los premios generalistas.

Sea como sea, la integración de la identidad sexual de Zhang en su entorno (algo especialmente difícil durante su estancia de estudios en China, país donde la homosexualidad puede pagarse con la muerte), no es sino una de sus fuentes de desazón… porque a decir verdad el tipo es un tanto agonías y le gusta la autocompasión más que a un tonto un lápiz (pertenece, aunque sea de refilón y deba disimular sus orígenes, a la etnia privilegiada, lo que le permite, por ejemplo, acceder a unos estudios donde se muestra brillante… lo cual, por supuesto, no le satisface pues siente morriña de Brooklyn). A la postre, por tanto, no siempre resulta fácil empatizar con su angustia existencial, justificada, eso sí, en lo que se refiere a los problemas que le acarrea su condición sexual, aunque la autora peca de ciertas tendencias folletinísticas que disminuyen su impacto por falta de sutileza. Algo que no ocurre, por ejemplo, en la obra maestra sobre el particular en ciencia ficción, la extraordinaria “En alas de la canción”, de Thomas M. Disch, que ya abordó en 1979, con una visión metafórica y decididamente más melancólica, buena parte de los temas humanos que aparecen en “China Montaña Zhang” (y alguno adicional).

Por lo que respecta la ambientación, se percibe la influencia de los movimientos inmediatamente precedentes, con un enfoque claramente post-cyberpunk (suave) que se beneficia de la novedad del contexto socioeconómico y cultural (con referencias tanto al comunismo como al taoísmo). El segmento donde es más evidente esta influencia, de hecho, predata a la novela, pues aquel primer cuento al que me refería al principio de la entrada (titulado “Kites”), de 1989, forma uno de los capítulos del libro (el segundo, siendo tal vez el menos integrado en el conjunto). De igual forma, el tercero es transcripción (no sé hasta qué punto pueden haber sufrido reescrituras) de su segundo relato publicado, “Baffin island” (en ese mismo sentido, los capítulos marcianos apenas guardan relación argumental con el resto de la novela, aunque sí existe coherencia filosófica).

“China Montaña Zhang” no es una obra redonda. Demasiado episódica y tímida en sus aspiraciones (es decir, no llega a aportar una visión novedosa al problema de base de conformar una identidad personal en un mundo hostil; establece bien los conflictos, pero se deja arrastrar a una resolución un tanto arbitraria). Constituyó (y constituye), sin embargo, un recordatorio de que la ciencia ficción, en un período de predominio de la especulación técnica, no tiene el porqué renunciar a explorar el universo interior del ser humano (lo cual sería una auténtica pena, pues hay recovecos en nuestra esencia que sólo pueden iluminarse, mal que les pese a los defensores a ultranza del realismo, desde el campo de la literatura fantástica).

No quisiera concluir sin lanzar un pequeño aviso a quien pudiera tropezar con la edición de Ómicron y leyera el texto de contraportada. La mención en el mismo de “El hombre en el castillo” de Dick es desafortunada por varias razones. Para empezar porque “China Montaña Zhang” no es una ucronía como se afirma, pero es que además sostener que “es incluso superior”… en fin, sin restarle méritos a Maureen F McHugh hay argumentos promocionales que obtienen justo el efecto contrario que buscan. Los Estados Unidos aparecen en ambas obras bajo el predominio de una potencia oriental (Japón o China), pero ahí acaban las similitudes. Las comparaciones son odiosas y, lo que es peor, innecesarias. Tampoco es que a “China Montaña Zhang” la falten argumentos para poder defender su causa por méritos propios.

Otras opiniones:

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~ por Sergio en mayo 29, 2012.

3 comentarios to “China Montaña Zhang”

  1. No leí toda la reseña, porque estoy pensando si me lo compro o no. Pero sí leí tu advertencia sobre el texto de Omicrón. Precisamente acabo de cruzarme con este título de dicha editorial y al ver la mención de “superior a” hizo que lo devolviera sin más (como dices, me resultó repelente). Y precisamente llegué a tu reseña buscando algo más ecuánime.

    Quizá le dé una oportunidad, más que nada porque la librería donde lo vi lo ofrece en oferta a un precio increíblemente bajo (otra razón por la que no me animaba, porque me parecía “demasiado bueno para ser cierto”).

    Si lo compro y lo leo, entonces regresaré a leer con calma toda tu reseña. :)

    • Pues a un precio increíblemente bajo yo no me lo pensaría. En el momento de su edición era una de las obras cuya traducción más se echaba en falta. Lo de la comparación fuera de lugar vino motivado seguramente por la absoluta ignorancia sobre el género que exhibieron los responsables de Ómicron a lo largo de su breve andadura. Para una vez que acertaban con el título a editar…

  2. Reblogueó esto en Paseos Intersticialesy comentado:
    China Montaña Zhang

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