La isla del Dr. Moreau

Los dos últimos libros leídos (y reseñados) me han impulsado a saldar la deuda pendiente con una de esas novelas que todo el mundo conoce pero que no tantos (yo incluido hasta ahora mismo) han leído: “La isla del Dr. Moreau” (“The island of Dr. Moreau”), de H. G. Wells, publicada originalmente en 1896 (aunque la primera edición en español, bajo el título de “El creador de monstruos”, no llegó hasta 1932).

La historia que narra es simple. El protagonista, un inglés llamado Edward Prendick, naufraga en algún punto a unos mil y pico kilómetros al oeste de las Galápagos. Medio muerto, es rescatado por un barco cuyo capitán acaba abandonándolo en una isla sin nombre, donde un fisiólogo viviseccionista, el doctor Moreau, se ha autoexiliado para proseguir con sus experimentos al margen de la censura de la sociedad victoriana.

Allí, acompañado de Montgomery, su ayudante, somete a diversos animales a procedimientos quirúrgicos extremos que los humanizan… al menos superficialmente. En realidad, los instintos salvajes son mantenidos apenas a raya por el respeto y temor que imponen Moreau (el Creador) y, en menor medida, Montgomery (el Hombre del Látigo), y la llegada de Prendick altera ese equilibrio inestable, empujando los acontecimientos hacia el desastre.

La novela debe en parte su fama (o, cuanto menos, la actual notoriedad del concepto) a las tres adaptaciones cinematográficas llevadas a cabo por Hollywood, en 1933, 1977 y 1996, con Charles Laughton, Burt Lancaster y Marlon Brando como intérpretes del doctor. Debido a este hecho, la complejidad filosófica de la novela queda reducida a poco más que presentar el arquetipo del científico loco (en la variante más pura, que no reconoce límites morales a sus investigaciones), aunque lo cierto es que hay mucho más en la (breve) narración original que queda eclipsado. En parte, también, cabe achacar esta circunstancia a ciertos problemas inherentes a la estructura de la propia obra, que parece dar bandazos al adentrarse por territorios ideológicos sensibles (no cabe descartar cierto oscurantismo premeditado para evitar una confrontación demasiado directa con la sociedad victoriana).

La idea de base, en contraposición con el resto de sus romances científicos más famosos, puede adscribirse con facilidad a una tradición literaria previa: el mito prometeico, cuya más temprana manifestación en la ciencia ficción (o protociencia ficción) es “Frankenstein o el moderno Prometeo” (1818), de Mary Shelley, y que desde entonces ha dejado una ingente prole de robots, productos de ingeniería genética y posthumanos de diversa índole. Eso sí, Wells lo actualiza a su época, yuxtaponiéndolo con una polémica muy viva, la de la cualidad moral de la vivisección de animales como método de investigación y formación médica.

Moreau, posiblemente, esté basado lejanamente en Claude Bernard, fisiólogo francés y principal defensor de la vivisección en Europa hasta su muerte en 1878 (lo que le costó, entre otros sinsabores, la ruptura de su matrimonio y la furibunda oposición de su exmujer y su hija), aunque Wells lleva la polémica un paso más allá. Para su doctor, la vivisección no sólo es un medio desagradable aunque necesario para obtener un fin deseable (el bienestar del ser humano), sino un proceso justificable por la obtención de un conocimiento puro (básicamente, comprobar hasta dónde es posible llegar). Al disociar la práctica viviseccionista de su justificación moral, Wells parece trazar los límites éticos de la experimentación científica, aunque en realidad deja el tema un poco en el aire, con una resolución maníquea que se apoya más en consecuencias circunstanciales que en un análisis profundo de la cuestión.

Al parecer, otros temas reclaman su atención, y no hay mucho espacio en una obra tan corta para desarrollarlos todos.

Por ejemplo, está la consideración del hombre como animal, que parte de las ideas evolucionistas de Darwin, transmitidas a Wells por mediación de Thomas Henry Huxley (a quien se menciona específicamente en la novela como mentor de Prendick). Si mediante el uso de la cirugía es posible humanizar a un animal (alterando su laringe para permitirle hablar, modificando sus articulaciones para permitirle erguirse, dotándolo de manos, cortando y pegando un poco por el cerebro…), entonces la diferencia entre ambos se difumina hasta convertirse en poco más que una convención artificial.

Cabe recordar que a finales del siglo XIX la teoría de la evolución estaba aún lejos de constituir un corpus conceptual maduro y universalmente admitido. El hecho de que el hombre y los animales poseían un ancestro común era todavía polémico, así que el paso adicional de Wells de borrar la distinción constituye todo un desafío. Y no contento con ello, sube la apuesta introduciendo la posibilidad de la degeneración. Los animales modificados de Moreau, ante el estímulo adecuado, revierten a comportamientos atávicos bestiales, un destino que podría no ser ajeno a los hombres que, después de todo, no son sino animales modificados por la evolución (el concepto de “degeneración” en un contexto darwinista proviene de la obra del zoólogo Ray Lankester).

A partir de aquí entra de lleno en la crítica social, y lo hace, como no podía ser de otra forma, con una base filosófica sólida. Una degeneración espontánea no es científica. Hace falta un disparador. Por ejemplo la muerte de Dios.

La verdad es que no he encontrado análisis que apoyen las reflexiones que voy a intentar exponer a continuación (es sorprendente cuan poco se puede encontrar en internet sobre la novela), pero se me antoja una interpretación bastante sólida.

El papel de Moreau en su isla es doble. Por una parte es el Creador, por otra es quien imparte justicia, castigando a quienes infringen la ley (ambas facetas se llevan a cabo en la Casa del Dolor, que es como los animales denominan a su laboratorio). La moral transmitida a través de mandatos (no comer carne ni pescado, no andar a cuatro patas, no utililzar las garras…) se sustentan en el conocimiento superior y en la promesa de castigo. No surge del interior, sino que es impuesta. Cuando Moreau muere (existe una rebelión, instigada en cierta medida por Prendick al sembrar la duda sobre la omnisciencia del doctor, pero el funesto resultado tiene mucho de accidental), el pilar sobre el que se asienta el sistema de valores se desmorona y, pese al desesperado intento de Prendick por apuntalarlo (afirmando que Moreau no ha muerto, sino que sólo ha dejado atrás su cuerpo y aún observa a sus creaciones desde los cielos), la pérdida del referente moral supone un golpe definitivo para la humanidad de los animales.

Todo ello parece inspirado en las ideas de Nietzsche. En particular, en su crítica a la cultura occidental que caracteriza su primer período, donde expone las consecuencias de la secularización de la sociedad ante el declive del cristianismo (es decir, ante la muerte de Dios). El proceso que se vive en la isla (incluyendo la formulación de la famosa frase en referencia a Moreau) es similar al esbozado por el filósofo hasta “La gaya ciencia”, sin incluir la reconstrucción nihilista que se inicia con “Así habló Zaratustra” (que no se tradujo al inglés hasta 1896). De hecho, aunque Wells, como ateo convencido, pudiera coincidir con el autor alemán en su juicio sobre la pervivencia de los valores tradicionales de la cultura occidental en el nuevo contexto intelectual, su idealismo socialista a buen seguro le hizo rechazar la evolución posterior del pensamiento nietzschiano.

La necesidad de mantener los paralelismos más o menos disimulados (aunque no se corta en comparar la palabrería grandilocuente y sin sentido de un mono modificado con los sermones del cura de su pueblo), así como, sobre todo, la carencia de una resolución satisfactoria (se apunta a que Prendick encuentra consuelo a la angustia metafísica que le deja como secuela su estancia en la isla en la ciencia, pero esto apenas ocupa unas líneas en el epílogo), trunca un tanto la evolución filosófica de la novela, dejándola en un terreno ambiguo que podría explicar su consideración como la “menos buena” de entre sus grandes obras (el estilo llano y expositivo, muy victoriano, de Wells, que no casa bien con las necesidades de la obra en las abundantes escenas de acción y tensión, juega también en su contra).

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en marzo 5, 2012.

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