La isla del dragón

Las transiciones no son fáciles, y en ciencia ficción no ha habido ninguna tan brusca como el paso de la Era del Pulp a la Edad de Oro. Pocos autores prominentes antes de 1938 conservaron su posición en los años siguientes. Entre ellos, Jack Williamson no sólo no redujo la marcha, sino que mantuvo el rumbo firme por otras siete décadas, demostrando una capacidad de adaptación extraordinaria.

Las habilidades literarias de Williamson, todo hay que decirlo, son limitadas. Apenas suficientes para alcanzar el nivel mínimo exigido cuando el género se consolidó. Posee, sin embargo, una habilidad especial para poner con total precisión el dedo en la llaga, percibiendo antes que nadie la importancia de ideas que luego se probarían fundamentales dentro del género.

Así, por ejemplo, fue él quien acuñó en 1942 el término “terraformación” (el concepto en sí es anterior, pero al bautizarlo lo hace aprehensible), y en 1951, con “La isla del dragón” (“Dragon’s island”, también conocida como “The not-men”), se adelantó por más de diez años a los superhéroes mutantes y, de paso, se sacó de la manga la denominación de “ingeniería genética” para una ciencia cuyo desarrollo a nivel molecular aún aguardaba muchos años en el futuro.

El protagonista de la novela es Dane Belfast, un joven genetista que, tras la muerte de su padre y la interrupción de la financiación de su laboratorio (donde investigaba en la inducción de mutagénesis dirigida), acude a Nueva York a entrevistarse con su antiguo mecenas, el señor Messenger, para solicitarle nuevos fondos o, cuanto menos, información acerca de un antiguo amigo de su padre, Charles Kendrew, a quien atribuye los éxitos de la empresa (especializada en la comercialización de sorprendentes especies vegetales). Mientras está en ello, dos misteriosas organizaciones le contactan. Por un lado la agencia Sanderson, donde una joven, Nan, le somete a pruebas de aptitud metapsiquíca (que no supera, pese a llevar un tiempo recibiendo premociones, en forma de sinestesias, que le previenen del peligro). Por otro el grupo de Gellian, un hombre obsesionado con la idea de que Kendrew no sólo está vivo y en activo, sino que pretende crear una raza de superhombres cuyo objetivo último es la aniquilación del ser humano.

Ninguno de los grupos convence a Belfast de que se una a ellos (en realidad, el Nan Sanderson le rechaza), y bajo la explícita amenaza que ambos profieren (conmigo o contra mí), se ve obligado a tratar de desenmarañar el misterio, tras el que podría esconderse el secreto de la mutagénesis dirigida.

Ignoro si Stan Lee habrá confesado alguna vez haber leído “La isla del dragón”, pero en su caso dudo que esté dispuesto a hacerlo, no fuera que se viera obligado a repartir con los herederos de Williamson unos sustancias royalties. En las páginas de “La isla del dragón” se esbozan, doce años antes de la publicación del primer número de “La patrulla X”, los grandes temas que desde entonces han alimentado el motor de los tebeos de mutantes. Desde el rechazo del hombre normal al superhombre mutante (que recibe la denominación de Homo excellens) hasta los conflictos de identidad que surgen del despertar de las habilidades sobrehumanas (aunque Stan Lee tuvo la genialidad de identificarlos con los cambios de la adolescencia).

A lo largo de la novela hay un claro discurso pro tolerancia racial, así como en contra del individualismo como un rasgo indesesable, reliquia de las raíces animales del linaje humano. En cierto sentido, nos encontramos con un ejemplo temprano de literatura transhumanista, que se centra más en los aspectos filosóficos del proceso que en los técnicos (en 1944, Avery, MacLeod y McCarty habían demostrado mediante un experimento de transformación bacteriana que los genes se encontraban en el ADN, pero no fue hasta 1952, un año después de la publicación de la novela, que el experimento con bacteriófagos de Hershey y Chase corroboró este resultado y convenció a la comunidad científica).

Por desgracia, Williamson sólo llegaba hasta cierto nivel en profundidad filosófica (muy lejos, por ejemplo, de Olaf  Stapledon, quien ya en 1935 había examinado temas similares con “Juan Raro” y, de nuevo, en 1944 con “Sirio“). Los temas están ahí, pero una vez alcanzado cierto punto ya no sabe qué hacer con ellos, y se limita a darles vueltas y más vueltas, enredados en una trama con resabios de novela de espías. Tampoco está muy bien definida la posición moral de héroes y villanos (algo hasta cierto punto habitual durante la Edad de Oro), con juicios subjetivos (dependiendo de la facción con la que se alinea en cada momento Belfast) y acciones reprobables que, con una vuelta de página, se transforman en aceptables sólo porque las ejecutan “los buenos”.

También se queda un poco corta la visión del eden mutante de Messenger (una mezcla entre Charles Xavier y el Doctor Moreau) en Nueva Guinea, sostenido por una raza de lagartos esclavos, los mulos, creados por él ¡a partir de algas unicelulares! (Sí, suena a Genosha, aunque aquí ya podríamos estar hablando de convergencia evolutiva… Por cierto, ¿había mencionado que uno de los principales antagonistas de Belfast se llama Victor van Doon?). Aunque la principal debilidad de la novela reside en su conclusión, forzada y simplona (demostración final de las carencias filosóficas de Williamson), amén de apresurada en exceso (lo cual es doblemente lamentable, pues a lo largo de la historia más de un capítulo se antoja de relleno y hay situaciones que parecen haber sido estiradas con el sano propósito de cubrir el cupo con el número de páginas). A todo esto, cabe añadirle en nuestro caso una traducción desafortunada, en especial por lo que se refiere a la edición de Martínez Roca de 1985, que reutiliza una vieja argentina de, al menos, 1957, bastante deficiente en cuestiones técnicas (nos priva, por ejemplo, del término “ingenieria genética” al optar por “mecánica genética”, lo cual podía ser una opción aceptable en los años 50, pero debería haber sido corregida para la reedición de los 80).

A la hora de valorar “La isla el dragón” conviene no perder de vista su contexto. Para 1951, se trataba sin duda de una obra innovadora. Sus carencias estilísticas y filosóficas, sin embargo, la han hecho envejecer mal, quedando más como una curiosidad que como un referente. No deja de ser interesante, sin embargo, acudir a la fuente misma de unos desarrollos que aun hoy en día, sesenta años después, siguen conservando su vigencia.

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en marzo 2, 2012.

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