Viejo siglo XX

Pocas veces un título ha sido tan esclarecedor, porque “Viejo siglo XX” (“Old twentieth”, 2004), una de las últimas novelas de Joe Haldeman, desprende un aura de senectud impropia de un autor que apenas había entrado en la sesentena. Ojo, no es un mal libro, pero si esto es lo que la ciencia ficción puede ofrecer en este nuevo siglo XXI habría que ir dándoles la razón a los que pregonan su muerte por agotamiento.

La novela nos presenta un mundo en que la humanidad ha conquistado la inmortalidad, aunque a un precio terrible. El elevado coste del tratamiento acentúa las diferencias sociales, de modo que sobre el 2043 estalla una guerra civil entre el 11% de ricachones inmortales y la inmensa mayoría de la población que siente que se les está negando la vida eterna. La drástica solución consiste en liberar un virus, el Lote 92, que extermina en un día a 7.000 millones de “normales”, dejando como legado a los privilegiados un mundo en ruinas… aunque con milenios para reconstruirlo y superar los traumas de la guerra.

Un siglo y pico después, gracias al descubrimiento de la nunca explicada “fusión tibia”, se plantea enviar una expedición a Beta Hydri (a unos 25 años luz de la Tierra), con la esperanza de fundar allí una colonia que minimice los peligros de tener todos los huevos en la misma cesta. A este efecto, ochocientos voluntarios (de entre millones de solicitudes), embarcan en cinco gigantescas naves con todo lo necesario (en teoría), para llevar la civilización humana a otra estrella.

El protagonista de la historia es Jacob Brewer, uno de los integrantes de la expedición, entre cuyas responsabilidades se cuenta como principal la dirección del sistema de viaje en el tiempo, un módulo de realidad virtual que recrea para los pasajeros cualquier escenario del siglo XX (el último en que la muerte era una realidad cotidiana). Los problemas surgen apenas dos años después iniciado el viaje, cuando una mujer muere por causa desconocida mientras se encuentra de viaje por 1929. Este accidente, pronto prueba ser la apenas la punta del iceberg, con una situación que evoluciona a peor por momentos. Y por si esto fuera poco, algo novedoso aparece en el mundo virtual, una entidad que solicita ponerse en contacto con Brewer y su equipo, preocupada por la (minoritaria) corriente de opinión que propugna clausurar el viaje en el tiempo y purgar y reiniciar todos sus sistemas.

Haldeman aborda en “Viejo siglo XX” diversos temas clásicos de la ciencia ficción. Desde las naves generacionales (con la particularidad de que un tripulación inmortal no presenta generaciones) hasta el despertar a la autoconciencia de una inteligencia artificial, pasando por la realidad virtual y sus usos recreativos y terapéuticos o las implicaciones de una terapia prolongadora de la vida. El problema reside en que no aporta absolutamente nada novedoso, quedando a nivel especulativo a distancia astronómica de otras obras recientes (como, sin ir más lejos, “Ínsula Avataria” o “Su cara frente a mí“, dos obras que, sólo por ser de autor español, han disfrutado de una tirada y distribución sustancialmente menores).

Los detalles incongruentes son múltiples. Como el que los personajes reciban cartas desde la Tierra… ¡de catorce páginas!, lo que implica a) desconocen el correo electrónico y b) además las imprimen para distribuirlas;  que los inmortales del siglo XXII parezcan disponer de teléfonos o tabletas digitalizadoras menos sofisticados que nosotros; o que el propio sistema de realidad virtual esté centralizado y limitado a cinco viajeros simultáneos (algo apropiado para la trama, pero ilógico dentro de las supuestas (y más tarde probadas) capacidades del sistema.

Incluso a nivel social la especulación se muestra tibia a lo sumo (un poco de nudismo normalizado, relaciones interpersonales libres con diversos modelos de compromisos matrimoniales… y poco más). Sorprende, por ejemplo, que tras dos años de viaje y varias previos de aclimatación, en una comunidad de apenas ochocientos miembros (sin otro contacto exterior) no sea norma que todos se conozcan entre sí con cierta profundidad (por muy compartimentalizadas que estén las tareas).

Se podría argumentar que Haldeman está más interesado en explorar otros temas, como, precisamente, la muerte desde el punto de vista de personajes que aspiran a vivir por siempre. De hecho, las visitas más populares al siglo XX se centran en los grandes conflictos (con participación estadounidense, que para provenir de una socieadad pancultural parace ser que todos los expedicionarios son bastante provincianos): la Primera y Segunda Guerra Mundial, le Guerra de Vietnam… Se aprecia en los capítulos virtuales una fascinación por la guerra y el sufrimiento, derivada quizás de un sentimiento de culpa colectivo por el genocidio sin precedentes con que se inició la nueva era (haciendo un pequeño inciso: se hace duro empatizar con una panda de hijos de puta ricachones, o sus descendientes directos, que defendieron sus preciosos culos exterminando a las castas inferiores que tuvieron la osadía de exigir un reparto equitativo de los recursos médicos).

La vertiente existencialista de la novela, sin embargo, completada con reflexiones en torno a la diferencia entre una conciencia humana y otra digital, se queda a un nivel muy superficial. Incluso la súbita irrupción de la muerte cuando ya se la creía desterrada es recibida con sorprendente frialdad (de vez en cuando algún personaje afirma estar preocupado, pero de ahí a demostrarlo hay un paso).

De igual modo, se apuntan cuestiones como una denuncia del estancamiento (una prolongación ad eternum de los mismos patrones no supone evolución alguna) o un vistazo nostálgico al pasado cercano (y una comparación desengañada con respecto a lo que en ese pasado se esperaba del futuro, nuestro presente), pero todo ello de refilón, sin auténtica convicción ni propósito. Las escenas, tanto en tiempo “real” como virtual, se van sucediendo sin que ninguna parezca fundamental para el desarrollol de tesis alguna, y para concluir el autor opta por ofrecer un (no demasiado inspirado) giro “sorpresa” que se antoja más propio de un relato que de una novela (donde se hace imperativo recoger en un hato bien asegurado los distintos hilos ya no sólo argumentales, sino también temáticos).

Mirar demasiado hacia el pasado, si no es para aprender de él, no suele ser bueno… y en el caso de la ciencia ficción constituye un lastre casi insalvable.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en febrero 23, 2012.

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