El libro del hombre oso

Poco más de un año después me encuentro en la tesitura de reseñar una nueva novela de Daniel Pérez Navarro, una además que forma parte de un tríptico conceptual junto con “Mobymelville” (y “La sonrisa de los muertos“, que tengo pendiente). Quien conozca su opera prima podrá anticipar al menos una característica de “El libro del hombre oso”, que su estructura narrativa es cualquier cosa menos tradicional.

Si tuviera que definirlo (y me temo que por algún lado tengo que empezar la reseña), diría que reducido a lo más básico presenta al lector un tema de análisis y un enfoque (o, recurriendo a la metáfora, una puerta y la llave para abrirla, o mejor una piedra y la palanca para voltearla). El tema, a grandes rasgos, sería el mito, y el enfoque (también podríamos llamarlo “ejemplo”) sería la zoantropía, aunque renunciando al ejemplo clásico del licántropo (demasiado bagaje para trabajar a gusto) para basar la narración en otra criatura mítica: el hombre oso (menos conocido que su primo centroeuropeo, aunque con una tradición nada desdeñable en los países nórdicos).

La historia, al principio, se desarrolla mediante una narración no lineal, que va intercalando pasajes narrativos (con un par de líneas principales y una progresión microepisódica, entrecortada), leyendas (ficticias) sobre el hombre oso, análisis críticos de estas leyendas y un cuento escrito por uno de los protagonistas empleando recursos arcaizantes, a ejemplo de las leyendas medievales. Este bloque, que viene a suponer sobre el 70% del libro, se subdivide en cuatro partes y lleva por título “El libro y las fotografías del hombre oso”. En consonancia, se complementa con… bueno, pues eso, fotografías (firmadas por Thyzzar; en su mayoría de viejas gárgolas y otros altorrelieves del medievo, con los rasgos suavizados por la erosión de los siglos y resaltados por efecto del contraste entre luces y sombras).

Las dos partes finales conforman “El libro del bestiario”, y en ellas cambiamos de protagonista (de modo que el enfoque narrativo da un vuelco de 180º) y también de estilo, pasando a una narración bastante más tradicional, o quizás todo lo tradicional que cabría esperar en una obra de estas características.

El punto de arranque de la historia se sitúa en el misterioso ataque que sufren unos preescolares de visita en una presa. Esta intromisión de lo fantástico afecta ya no sólo a las víctimas, sino a los supervivientes y sus allegados. En particular, el libro se centra en Tristán, el padre de uno de los niños que logran escapar, autor del cuento medieval del Caballero de Plata que se intercala en la narración. Por otro lado, un tipo que se parece a Orson Welles comienza a ejecutar, sin que en principio parezca seguir ningún patrón, a varios habitantes del pueblo (Daeyna).

No voy a profundizar más en la trama. Para empezar, no sabría cómo, pero es que además no es tan importante el qué como el porqué.

Respecto a esto último, si fuera prudente me abstendría también de desarrollarlo más, pero bueno, si me decantara por la prudencia no realizaría críticas en el blog. Así pues, me atrevo a proporcionar algunas sugerencias de interpretación.

A lo largo de “El libro y las fotografías del hombre oso”, se nos presenta un mito, se deconstruye y con las piezas se arma un mito nuevo. Así pues, partiendo de la incursión de lo sobrenatural en la cotidianidad, se desarrolla un microcorpus mítico basado en las historias tradicionales (de ahí que sea más adecuado el hombre oso que el hombre lobo, pues ello permite definir con precisión qué entra y qué no; por no hablar de que confiere la libertad necesaria para fabular), para proceder a continuación a socavarlo, mediante un procedimiento iconoclasta de desmitificación (aportando, por ejemplo, explicaciones naturales a los textos clásicos en que se fundamenta la leyenda). A continuación, una vez “limpia”, la figura del hombre oso (y, por extensión, cualquier zoántropo), queda lista para recibir un nuevo complemento mítico, a gusto del autor, independiente de cualquier explicación tradicional o ciéntifica (aunque sin renunciar a tomar algo prestado de ellas si se tercia).

En ese sentido, las imágenes de gárgolas funcionan como metáforas visuales. Son figuras medievales, santos, reyes, héroes o monstruos, con su significado original perdido en el tiempo y emborronado por el desgaste. Sin embargo, esa misma erosión resulta sugestiva a nuestros ojos modernos, impeliéndonos a dotarla de nuevos significados (quizás nada concreto, basta con las sensaciones).

En cuanto a “El libro del bestiario”, su función podría consistir en proporcionar al nuevo mito su contrapartida: la cara de su cruz, el yin de su yang, su opuesto, su contrincante; algo de lo que carece el licántropo, el modelo original.

Con esto, por supuesto, no he hecho sino rascar un poco la superficie de una novela breve pero densa. Al igual que en “Mobymelville”, es posible distinguir temas recurrentes, como la intercambiabilidad entre causa y efecto, el juego autorreferencial (el cuento de Tristán refleja su historia y la estructura del propio libro “imita” la del más importante tratado clásico sobre hombres oso, la Quirisopedia), la relación entre autor y obra, entre narrador y personaje…

Leer “El libro del hombre oso” requiere abandonar las preconcepciones. Primero las narrativas y luego las conceptuales. Como si de un problema criptográfico se tratara, toma un mensaje, el mito del zoántropo, y lo decodifica, para a continuación aplicarle un nuevo sistema de cifrado. Si por el camino origen y destino, causa y efecto, realidad y ficción, se confunden, mutan e intercambian posiciones, quizas sea porque de principio no eran nociones tan absolutas como pensábamos.

Agradezco a Grupo Editorial AJEC el envío de un ejemplar de “El libro del hombre oso” para su reseña en Rescepto.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en febrero 2, 2012.

2 comentarios to “El libro del hombre oso”

  1. Gracias por tu tiempo, tanto para la lectura como para la reseña, y por tu comprensión del texto.

    • Bueno… la lectura es puro vicio, y trabajar una reseña es lo mínimo que se merece el material de prensa (en realidad, cualquier libro, pero si se invierten recursos escasos para que te llegue, pues más). Lo de la comprensión ya es un plus que puede o no presentarse (aunque deba buscarse). Tan sólo aspiro a que las apreciaciones acertadas superen a las erróneas.

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