La maldición Silach

La segunda entrega de la saga de La Horda del Diablo, de Antonio Martín Morales, titulada “La maldición de Silach”, arranca aproximadamente un año después de cuando terminó la aventura narrada en “La caza del nigromante“. Se trata de una narración más madura, tanto desde un punto de vista estilístico (enlazando con los últimos capítulos y el preludio de la anterior) como temático, en el sentido de que es consciente de su naturaleza como episodio de un todo mayor, de modo que trabaja no sólo para contar su historia, sino para integrarla dentro de lo que podríamos llamar el Universo de la Horda (vocación también presente en cierta medida en “La caza del nigromante”, aunque allí se percibía la carencia de marco de referencia bien estructurado).

Remo, el protagonista principal, regresa a Venteria tras su otra infructuosa búsqueda de su desaparecida esposa Lania justo a tiempo para embarcarse en una nueva aventura. Resulta que Sala, en el interín, ha conocido y se ha prometido con Patrio, el heredero de Lord Véleron, uno de los nobles más poderosos del este de Vestigia, con tan mala fortuna que el joven es secuestrado por unos misteriosos atacantes a los que todos los indicios señalan como soldados nurales. Dadas las precarias relaciones diplomáticas entre ambos reinos, el apoyo del rey Tendón a cualquier expedición de rescate no pude ser muy directo, así que es el propio Lord Véleron quien se encarga de equipar y mandar un grupo de hombres… de los que un mes después nada se sabe.

La aparición del antiguo maestre de la Horda es providencial, pues ya se está preparando un segundo grupo, del que formará parte Sala, así como sus antiguos compañeros Trento y Lorkum. Grupo al que a regañadientes acaba integrándose Remo. La empresa se complica con el descubrimiento de que los atacantes parecen haber resucitado una antigua maldición, la de los silach, que transforma a los hombres en bestias salvajes a la menor herida.

La novela se centra entonces en las visicitudes de la expedición, a través de bosques y montañas cuajados de peligros (incluyendo la adición de los férgulos, una especie de árboles depredadores, al bestiario particular de la serie), con especial hincapié en las tensas relaciones que se establecen entre Remo y el grupo de jóvenes nobles sumados a la expedición, en particular Rílmor, el mejor amigo de Patrio. Tampoco su trato con Sala atraviesa un buen momento, por lo que el guerrero va quedando aislado tras la separación de Trento y Lorkum del grupo.

A todo ello se le suma un nuevo elemento de preocupación. En el transcurso de una refriega menor, Remo recibe una herida que no sólo le condena a padecer la maldición Silach en algún impredecible momento futuro, sino que le impide hacer uso de los poderes curativos de su gema mágica, so pena de acelerar la irrevocable transformación. A partir de ahí, con la entrada en Nuralia y el descubrimiento de quién se encuentra tras el secuestro, todo empieza a ir cuesta abajo.

La novela se articula en torno a tres ejes de dispar importancia. Por un lado, está la línea que podríamos etiquetar de espada y brujería pura, y que describe las incidencias de la empresa así como la lucha de Remo contra la maldición que lo va consumiendo. En paralelo, nos encontramos con una trama de búsqueda de conocimiento (sobre el origen y posible solución del mal) por parte de Lorkum, que asume una estructura iniciática clásica, aunque un tanto resumida, que se intercala y complementa a la interior (y que sirve además para ir plantando semillas que germinarán y se desrrollarán durante el resto de la saga). Por último, como viene siendo habitual en la fantasía juvenil reciente, se escenifica un desencuentro amoroso (que no llega a triángulo por la falta de desarrollo del tercer vértice, que tanto podría personificarse en Lania como en Patrio, o fusionar a ambos en un poco relevante “el otro”) entre Remo y Sala.

De estas tres subtramas, la más interesante y la que sostiene la historia es la primera, alcanzando por momentos cotas realmente altas de intensidad. En ella queda de manifiesto la inquebrantable voluntad de Remo, puesta a prueba entre otros coflictos por una vuelta de tuerca al dilema que supone el uso de la gema mágica. Socavando uno de los pilares de la ambigua relación que mantiene el guerrero con la fuente de su poder, Antonio Martín logra revigorizarla, añadiendo nuevas ramificaciones. Despojado de su comodín, Remo tiene ocasión de demostrar (al lector sobre todo, ya que el propio personaje no está muy convencido de ello) que lo importante no es el arma mágica, sino el hombre que la empuña.

En cuanto al resto, las peripecias de Lorkum proporcionan cambios de ritmo bien recibidos (aunque quizás la distribución de los capítulos no acabe de antojarse óptima). Las pruebas a las que se enfrenta, sin llegar a sorprender por su ingenio, cumplen bien su función. En realidad, es más que probable que la auténtica importancia de lo que le acontece no se muestre hasta posteriores entregas de la Saga.

El conflicto amoroso, sin embargo, no me ha resultado muy interesante. Ya lo comentaba en mi crítica a “La caza del nigromante” y aquí he de reafirmarme: Sala, como personaje, se encuentra a mucha distancia de Remo (tanto en complejidad como en verosimilitud), de ahí que su relación carezca de equilibrio. El conflicto no me cuadra filosóficamente en la historia, que por otra parte se ciñe con gran maestría a las líneas maestras de la espada y brujería clásica (algo así como introducir un enredo victoriano en una historia de romanos). Ante la amargura, casi cinismo, de Remo, Sala se presenta de una ingenuidad incongruente (habida cuenta además de su historial personal). Aunque a la postre, cuando por fin decide dejarse de tonterías y tomar decisiones, se redime un tanto, el camino recorrido no es demasiado atractivo.

Hay que tener en cuenta, eso sí, que el público objetivo de “La Horda del Diablo” no es precisamente el mismo al que servía el subgénero en sus inicios, así que alguna que otra concesión podría ser de menester (tan sólo lo lamento desde mi perspectiva lectora).

La Horda del Diablo se afianza en esta segunda entrega, construyendo sobre las virtudes y puliendo algunas de las carencias (achacables a la inexperiencia) de “La caza del nigromante”. Por su parte, Remo se va configurando como un gran personaje, definido sobre todo por su humanidad, incluso en pleno proceso de transformación en bestia. En otras palabras, él impone su voluntad sobre el entorno en vez de dejar que éste lo defina. Ésa, en definitiva, es la esencia de la espada y brujería.

Como en la entrega anterior, el volumen se completa con un breve relato a modo de preludio, “Las llamas del pasado”, que ayuda a definir el personaje de Remo narrando un episodio clave de su niñez (y, sobre todo, cómo lo supera ya adulto).

Agradezco a Everest el envío de un ejemplar de “La maldición Silach” para su reseña en Rescepto.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en enero 21, 2012.

2 comentarios to “La maldición Silach”

  1. Me encanta…!!! Exhaustiva y profunda… Enhorabuena… solo un apunte a las referencias de otras opiniones…la reseña de Fantasymundo y la de Los Octaedriles, es la misma reseña… y te lo digo de buena mano,… jejeje

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