Jitanjáfora: Desencanto

Cinco años median entre la publicación de “Jitanjáfora“, una visión satírica de la típica historia del rito de paso mágico, el despertar al mundo sobrenatural del elegido de turno, y de su secuela, llegada hace unas semanas a las librerías. Se trata de un proyecto para cuya concreción debían superarse más trampas de lo que pudiera parecer a primera vista. Con todo su cinismo, con todo su espíritu iconoclasta y desmitificador, lo cierto es que el viaje iniciático de Conrado Marchele, “don Nadie”, acababa revestido de un anticarisma carismático (por utilizar terminología extraída de la novela). En otras palabras, la magia racional acaba resultando tan fascinante como la clásica, y a la postre lo que importa es el efecto final, por lo que cualquier continuación corría el peligro de acabar transformada justo en aquello que subvertía. Se imponía pues una purga de magia (ya fuera racional o no), un desencanto.

La acción de la nueva novela de Sergio Parra arranca justo donde lo dejó su predecesora. Licenciados de la escuela de magia de Salzburzgo, Conrado y Umami, ya hechiceros de seis espiras, acometen su primera misión en territorio enemigo, acompañados por su compañero Figueredo y Chad, un adolescente no iniciado (una cucaracha), utilizado para completar la fachada de familia prototípica (con tío retrasado). El escenario de la aventura es el lugar más terrorrífico imaginable: un suburbio residencial en las afueras de Charlottesville, Virginia, reducto de las buenas costumbres, la moral y el estilo de vida americano.

Su objetivo: descubrir los pormenores de un plan maestro, el Huevo de Pascua, diseñado para conferir una ventaja decisiva a sus adversarios, cuyos agentes podrían hallarse mimetizados entre los amistosos (¿demasiado amistosos, quizás?) vecinos, preparados para aprovechar el menor descuido para destruir el brote de mala hierba sembrado subrepticiamente en su jardín.

Claro que en el mundo de la magia racional hay más que hechiceros del bien y del mal. Están las brujas, por ejemplo, o los duendes islandeses, una horda de artistas locos, polininfómanos y parabólicos. Por no hablar de elementos aún más peculiares, como Uriel, criado en completo aislamiento en una fortaleza marina abandonada de la Segunda Guerra Mundial hasta que un marremoto destruyó su Mundo y lo lanzó a las costas británicas en 1987.

Todos estos elementos, de alguna manera, se amalgamarán hasta forzar a Conrado más allá de la máxima temperación (al transmágico reino de las trece espiras) en su destrucción del club Jitanjáfora de Corfú y el asesinato de todos los magos y monstruos de su escuela de magia.

La novela se estructura en tres bloques, acotados entre un prólogo y un epílogo contextualizadores. Cada parte posee su propias características, lo cual ofrece variedad, aunque también, por sus marcadas diferencias, afecta un poco a la percepción unitaria del conjunto. La primera, que detalla los pormenores de la misión en Virginia, retrotrae a las historias de espías de la guerra fría, con especial énfasis en resaltar sus ambigüedades, tanto morales (qué es el bien, qué es el mal) como factuales (quién es agente, quién es inocente, ¿sabe que yo sé que el sabe que yo lo sé?). De igual modo, a otro nivel, destapa las miserias e hipocresías de un barrio bien, rascando por debajo de su superficie o, dicho de otro modo, arrancándole la careta de paraíso (o iniferno, según preferencias estéticas) artificial (siendo el desenmascaramiento uno de los subtemas recurrentes de la novela).

El siguiente bloque pivota en torno a una escena de acción (si el anterior podría equipararse a una novela de John Le Carré, aquí nos tropezaríamos con una peli de Bruce Willis, o mejor, con la escena final de “Sr. y Sra. Smith”), donde la magia racional, tan meticulosamente diseccionada en el libro anterior, se nos muestra en todo su esplendor. Cabe señalar, sin embargo, que caso de desconocer sus fundamentos, la narración encajaría a la perfección con un enfrentamiento mágico “clásico”. Cualquiera de las dos lecturas sería factible, aunque invita sobre todo a integrar ambas interpretaciones, forzando hasta el extremo una suerte de revindicación de la magia racional, como tan molona, independientemente de su fundamento, como cualquier sortilegio abracadabrante.

Al fin y al cabo, es justo darle una oportunidad de lucirse al máximo antes de destruirla, pues el desencanto se escenifica en el tercer bloque, donde surge la pregunta clave: ¿Para qué?

Conrado Marchele se ve obligado a custionárselo todo: el objetivo de los conflictos mágicos en que se ha visto involucrado, la obligatoriedad de escoger bando, la necesidad de ir avanzando, espira a espira, por la senda de la hechicería y al final, incluso, su propia esencia. Como se indica en la primera frase de la contraportada: “Es hora de madurar: la magia no existe, y se acabó lo de jugar a hechiceros”.

Se acabaron las caretas, las justificaciones. Todo queda reducido a satisfacer una emoción muy poco temperada y renunciar al poder para recuperar un control sobre su vida que, en realidad, nunca tuvo la oportunidad de ejercer. No hay elegido porque no hay causa. Los opuestos se asemejan y de todas formas, al final, resultan irrelevantes. Se cierra por completo el círculo. La magia no existe. Para lo que de verdad importa, ni siquiera la racional tiene mucho que ofrecer.

Me dejo en el tintero muchas reflexiones. La novela es densa, ambiciosa (quizás llegue incluso a resultar puntualmente hipertensa, con alguna que otra explicación de más; aunque es discupable en medio de una celebración del exceso), con múltiples recovecos donde recrearse. Más irónica, además, que su predecesora, lo cual ya tiene mérito, aunque quizás (y de forma lógica) se resienta un poco por desgaste del factor sorpresa. Una gran continuación, en definitiva, que no se limita a regodearse en los viejos laureles, sino que amplía, matiza y reinterpreta, para mantener igual de cortante el filo de la crítica.

Agradezco a Grupo Editorial AJEC el envío de un ejemplar de “Jitanjáfora: Desencanto” para su reseña en Rescepto.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en enero 16, 2012.

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