Nervios

Para retomar el ritmo del blog, antes de continuar con las reseñas contemporáneas, me gustaría analizar un caso curioso, el historial de publicación de “Nervios”, de Lester del Rey, con el afán de examinar la importancia del contexto temporal en la valoración de las historias de ciencia ficción.

Antes, sin embargo, tendría que presentar someramente al autor, que aparece por primera vez en el blog. Lester del Rey (o Ramón Felipe San Juan Mario Silvio Enrico Smith Heartcourt-Brace Sierra y Álvarez del Rey y de los Uerdes, como llegó a afirmar llamarse, aunque la realidad es que al nacer sus padres le impusieron el más prosaico Leonard Knapp) fue un escritor cuya carrera arrancó en los albores de la Edad de Oro, de la mano, como tantos otros, de John W. Campbell. Su mayor contribución al género, sin embargo, llegaría (tras una etapa en los 50 dedicada a la ciencia ficción juvenil) décadas después, en su faceta de editor.

En 1977, ya bien bregado en la dirección de revistas, se hizo cargo junto con su cuarta esposa, Judy-Lynn del Rey (a decir verdad, ella era la editora principal), de la división de ciencia ficción y fantasía de la editorial Ballantine, el sello Del Rey Books, que le sobrevivió y sigue en activo hoy en día como uno de los más importantes que haya tenido el género (la lista de grandes autores publicados es interminable). A pesar de su longevidad profesional (supo adaptarse sin problemas cada vez que soplaron los vientos del cambio en el género) y sus veintisiete novelas (y once antologías), Del Rey es recordado principalmente por su labor editorial, quizás por carecer de una gran obra definitoria.

“Nervios” (“Nerves”), desde luego, no puede aspirar a tal posición, aunque probó ser una historia popular en su primera encarnación. Pero mejor vayamos por partes.

La historia cuenta los pormenores de un accidente nuclear en una factoría de isótopos superpesados, ubicada junto a la ficticia ciudad de Kimberly, que amenaza con acabar en una catástrofe de alcance imprevisible. La peculiaridad es que los acontecimientos se nos muestran principalmente desde la perspectiva parcial (aunque también cercana) del médico principal del complejo, Roger Ferrel, quien deberá exprimir al máximo sus energías y habilidades, así como las de su equipo, para proporcionar al director Palmer una oportunidad de recuperar el control de sus reactores (aplicándose en particular en la cura de Jorgenson, el ingeniero jefe, gravemente herido en la explosión inicial y quizás el único capaz de encontrar una solución antes de que se desate el apocalipsis).

De la historia destacaría sobre todo su preocupación por mantener los pies en tierra en todo momento, cediendo el protagonismo a profesionales dedicados antes que a héroes de folletín. Ferrel, por ejemplo, duda, bordea el colapso nervioso (y fisiológico), lucha contra las adversidades sin recurrir a otras armas que su habilidad, sus conocimientos y su obstinación, y asume sin estridencias el papel de líder del pequeño segmento que constituye el área médica dentro del organismo mayor de la central.

El resto de personajes están delineados con similar intención. Hubiera sido muy fácil, por ejemplo, convertir al director Palmer en un avaricioso chupatintas, preocupado únicamente por el coste económico del desastre, pero Del Rey lo trata con mucha mayor ecuanimidad, humano tanto en sus aciertos como en su errores (sí, es más cómodo disponer de alguien a quien odiar y a quien poder echarle las culpas de todo, pero la realidad casi nunca puede retratarse en blancos y negros puros).

En esencia, “Nervios” es la narración de un grupo de expertos de diversos campos sometidos a las exigencias de una situación límite. Todo ello ante el trasfondo de la industria nuclear.

Todo bien por ahora. ¿Verdad?

Las cosas empiezan a complicarse cuando le echamos un vistazo a los detalles técnicos y las fechas de composición.

La primera versión de “Nervios” consistió en un novela corta (de las extensas) publicada en el número de septiembre de 1942 de Astounding Science and Fiction (la revista de Campbell). Por aquel entonces, la investigación atómica estaba en pañales (y, en general, amparada por la más estricta calificación de secreto). Por no existir, ni siquiera habían terminado de construirse los principales enclaves del Proyecto Manhattan (tales como Oak Ridge o Los Alamos) y faltaban dos años y medio para la primera explosión nuclear de prueba. En realidad, apenas un millar de personas en EE. UU., según estimaciones de los servicios de seguridad, estaban al tanto hacia 1945 de que se estaban investigación las aplicaciones militares de la energía atómica (los nazis tenía su propio programa, el proyecto Uranium, que no llegó a fructificar antes de la derrota alemana).

La inspiración para la novela corta, por tanto, debió provenir de lo que se filtraba al público en general de las investigaciones del Laboratorio de Radiación de Berkeley, donde en 1940 se aislaron los primeros elementos transuránicos: el neptunio y el plutonio. No es de extrañar, por tanto, que cuando toca analizar los fundamentos científicos de “Nervios” nos encontremos con un montón de vaguedades, errores de interpretación (tanto del autor como de los propios científicos de la época) y especulaciones mal dirigidas (aunque había suficiente información para que en 1944 el FBI investigará a Cleve Cartmill, un escritor de ciencia ficción que, haciendo uso de información pública, describió a grandes rasgos en un relato, “Deadline”, el funcionamiento de una bomba como la que estaba siendo diseñada por el equipo del Proyecto Manhattan).

Así pues, en la factoría fictica de Del Rey, mientras se disponen a elaborar el isótopo 173 (que se usará como pesticida), una reacción imprevista origina el investable isótopo superpesado R, que en el plazo de pocas horas decaerá inevitablemente hasta el isótopo de Mahler, desencadenando una cataclísmica explosión en cadena. Ítem más, en el escenario descrito el principal daño de la radioactividad se produce por el calor (que afecta a los tejidos nerviosos) y limpiando el organismo de residuos radioactivos (lo cual puede ser problemático, pero no imposible), se soluciona el problema (aunque luego toque bregar con los daños ocasionados).

En otras palabras, los desarrollos especulativos conforman un auténtico sinsentido… que para 1942 era más que aceptable.

Pasan los años (y las reimpresiones). Llega 1956. Tras la guerra, la investigación en energía nuclear no se ha interrumpido. Es más, se han producido grandes presiones para reconducirla a fines pacíficos. En 1954 un reactor ruso había generado potencia eléctrica aprovechable y se había botado el primer buque propulsado por energía atómica, el submarino USS Nautilus. Ese mismo año entraba en funcionamiento la primera central nuclear destinada parcialmente a la producción de electricidad en Inglaterra (Calder Hall) y estaba en construcción en Pensilvania la que sería la primera central nuclear destinada exclusivamente a un uso civil (se inauguraría en 1957). Era el momento perfecto para recuperar aquella vieja novela corta sobre los peligros de las plantas de investación atómica… justo cuando había varias poblaciones a punto de despertar con unas inmensas torres de refrigeración a la vista y la polémica andaba servida.

Así pues, Del Rey retomó su relato, lo alargó (un poquito, tampoco es que el resultado final sea un tocho, ni mucho menos) y lo publicó como novela. De pasó aprovechó sin duda para actulizarlo un tanto (sospecho que con referencias más precisas a las investigaciones de Glenn Seaborg sobre elementos transuránicos, con especial mención a la teórica isla de estabilidad entre los elementos ultrapesados, que aún no ha sido alcanzada). En cualquier caso, no varió significativamente toda la historia del isótopo R y el isótopo de Mahler… que por entonces ya no tenía ni pies ni cabeza (aunque lo de que algo nuclear podía petar de mala manera estaba sin duda muy presente entre la ciudadanía).

Cabría preguntarnos, ante este ejemplo, hasta qué punto es necesaria la veracidad científica. Sí, los detalles no concuerdan, pero… ¿no sigue presente acaso la posibilidad de un accidente? ¿No serían catastróficas las consecuencias para la población civil? ¿No se enfrentarían los profesionales al mismo caos informativo y a la falta de asideros firmes ante una situación novedosa que podría superarlos? Si difuminamos los detalles, es posible establecer paralelismos entre la ficción de Del Rey y los desastres reales de Three Miles Island, Chernóbil o Fukushima.

Cierto, el autor hubiera podido adaptar la historia a los nuevos conocimientos, pero o no supo o no lo consideró necesario. Como consecuencia, el interés del texto se resiente (al fin y al cabo, el lector medio de ciencia ficción suele estar bastante al tanto de los últimos avances… y nada cambia más rápido que una disciplina científica en sus primeros estadios de desarrollo).

Sin duda, parte del problema reside en las exigencias que suscita un título que se nos vende como nuevo. Podemos admitir el decadente Barsoom de Burroughs porque sabemos que la serie se inició en 1912 (y concluyó en 1943). Incluso admitiremos su adaptación cinematográfica (prevista para este año que se nos viene encima), pues contextualizamos lo que nos narra. Muy distinto, sin embargo, sería hacernos tragar un concepto similar por parte de una narración moderna (sin ánimo nostálgico o paródico). “Nervios” se presentó como novedad con unos fundamentos científicos obsoletos.

Aún existe otra actualización, completada en 1976 (que es la que toma como base la edición de Martínez Roca de 1980), pero hacía falta una remodelación muy profunda para ponerla al día. Sería, sin duda, interesante analizar en detalle los cambios entre versiones (por si hay alguien interesado, Edhasa publicó en su colección Nebulae la novela corta original el año 1957, en una antología titulada precisamente “Nervios”), pero si tuviera que aventurar una opinión (en base a la impresión que produce la lectura de la versión “definitiva”), me da que los aditamentos no logran modernizar la historia y posiblemente afecten de algún modo al ritmo de la misma.

Tal vez si Lester del Rey hubiera hecho mayor hincapié en los dilemas morales de la investigación nuclear (apenas se nos presenta la opinión de los pronucleares, con los anti- tildados de fanáticos intolerantes, sin que siquiera la posibilidad de la catástrofe plantee en las mentes de los implicados un cambio en su valoración de los riesgos/beneficios de esa tecnología), o hubiera abordado en la remodelación los peligros a largo plazo de la radioactividad (para 1956 ya se sabía bastante del tema como para que la ausencia resulte flagrante), la historia hubiera trascendido su contexto tecnológico para presentar una aplicabilidad atemporal. Tal y como llegó a las librerías, sin embargo, “Nervios” carga sin ayuda con un pesado fardo, que para muchos estropeará la satisfacción de la lectura.

De todo esto se puede extraer sin duda una moraleja: las historias de ciencia ficción son producto de su tiempo. Lo cual no implica que no puedan leerse, disfrutarse e incluso encontrar aplicabilidad décadas después. Lo que no funciona es el maquillaje. Una historia de 1942, con vestiduras de 1965 (y quizás algún complemento de 1976), no transmite veracidad, y esa esquiva virtud subjetiva es más importante incluso que la más escrupulosa exactitud científica.

Otras opiniones:

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~ por Sergio en diciembre 27, 2011.

2 comentarios to “Nervios”

  1. Muy interesante. Sin haber leído la novela de Del Rey, por tu descripción se me ocurre que probablemente su mérito está en la narración de una emergencia médica, y que si eso está bien resuelto, lo anticuado de la ciencia que sirve de fondo no debería restarle méritos a la novela (aunque es legítimo preguntarse por qué, ya que se reescribió, no se puso al día).

    En general le tengo bastante tirria a la exigencia que hacen los lectores de que los libros de cf sean “actuales”, haciendo abstracción de que son obras literarias de una época dada. Por ejemplo, aún recuerdo que un reseñador se declaró incapaz de disfrutar _American Apocalypse (TM)_ de John Kessel, una sátira milenarista, porque cuando lo leyó ya había pasado el año 2000. ¿Y?

  2. El problema de “Nervios” no es que la ciencia esté anticuada (eso es algo que le puede ocurrir a una novela de ciencia ficción casi al día siguiente de su publicación), sino que la actualización chirría. Es como si se hubiera restaurado un edificio clásico con pegotes de metacrilato. No es tan evidente, pero algo no cuadra. No se sostiene científicamente como historia de 1965 (el año de copyright), ni transmite las sensaciones correctas para una narración escrita en 1942 (por culpa de los parches y, supongo, la actualización estilística).

    Aparte, hay novelas cuyo desarrollo y subtexto trasciende cualquier referencia temporal o cultural y las hace universales. Otras, sin embargo, parecen haber sido publicadas ya obsoletas. Entremedias, supongo que es posible encontrar ejemplos de todo tipo. Vamos, que el efecto que en cada historia tiene el paso del tiempo depende de muchos más factores que la simple vigencia científica… aunque tampoco es de descartar la posibilidad de que ésta sea el pilar que lo sustenta todo.

    Retornando a “Nervios”, quizás Lester del Rey no invirtiera lo suficiente en desarrollos atemporales para asegurar la relevancia de su obra pasada la fecha de caducidad de su contenido científico (debió de ser sobre finales de los años 40). Por ejemplo, resulta particularmente frustrante que evite entrar a fondo en el análisis de riesgos/beneficios de la tecnología nuclear.

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