Dueños del destino

Un año y pico después de la exitosa (título más vendido del año para su editorial) publicación de la primera parte de la Leyenda de una Era, “La guerra por el norte“, llega a las librerías la segunda, “Dueños del destino”, de Guillem López, empecinada en subir las apuestas a todos los niveles: intensidad, número de páginas, tramas y, por supuesto, calidad.

Ante todo, quizás debiera intentar definir el concepto central de la serie (que no necesariamente el más importante). La Leyenda de una Era analiza la resolución de un conflicto de transición, un cambio radical de contexto, algo así como un salto evolutivo, pero no (sólo) en el plano biológico, sino abarcando múltiples facetas interrelacionadas. El fin, en suma, de una era y tal vez el inicio de… algo diferente.

El marco específico para esta entrega es el cierre de la primera fase del enfrentamiento bélico entre los dos grandes reinos del norte de Kanja, Misinia (el invasor) y Aukana. La red de inestables alianzas, traiciones, batallas, asedios y complots vertebra los acontecimientos, escurriéndose entre los destinos de las casas gobernantes, sus banderizos y el pueblo llano atrapado entre medias, las vivencias más particulares de otros grupos de personajes, como movimientos de piezas de ajedrez moviéndose sobre el tablero hacia las posiciones de inicio de un enfrentamiento ulterior.

A menudo se ha venido etiquetando a la serie como una gran novela-río, por la amplitud de su elenco de protagonistas y la amplitud de su enfoque. Sin embargo, para definirla yo me inventaría mejor otra apelación, y la bautizaría como novela-mosaico. “Dueños del destino”, por ejemplo, está integrada por cincuenta y siete capítulos, es decir cincuenta y siete teselas cuya interconexión nos va revelando tanto la sucesión de acontecimientos como las raíces y la filosofía subyacente.

A nivel narrativo, siendo ya la segunda entrega, nos encontramos con una serie de tramas más o menos definidas (aunque no todas ellas abarcan toda la novela), que van intercalándose asumiendo una disposición más o menos cronológica. Sería, de hecho, factible extraer los capítulos dedicados a cada línea argumental y reagruparlos en algo así como media docena de novelas semi independientes (la historia de la familia real misinia, el cerco de la capital aukana, el periplo de Kali y sus acompañantes, el vagabundeo de Eadgard y su pandilla de descastados, las gestiones del gran druida Dagir La, la consecuencias de la huida de la princesa Anja…). Entre todas estas historias se tienden puentes, y el devenir de cada una de ellas afecta de un modo u otro a las restantes, pero a grandes rasgos presentan una elevada independencia.

Sí, a nivel narrativo tal vez pudiéramos practicar este tipo de reestructuración, pero “Dueños del destino” trabaja a muchos más niveles que el narrativo. La dispersión no tiene como único objetivo ofrecer un relato sincrónico de los acontecimientos (algo que, sin duda, ayuda a asimilar la influencia que unos tienen sobre otros). Al fragmentar las historias se potencian las interpretaciones cuya conexión lógica se aparta de la relación causa-efecto, permitiendo que el sustrato aflore.

Queda así de manifiesto, por ejemplo, la gran importancia del peso de la sangre. Los hijos en la Leyenda de una Era cargan con el fardo de las esperanzas y los miedos de sus padres, así como asumen sus deberes y sus pecados. Su libertad de acción se ve constreñida por condicionantes como las obligaciones contraídas por su linaje (bien sea como señores o como vasallos), la educación recibida de parte de sus progenitores o una heredad de honor y compromisos inquebrantables.

Otro de los elementos comunes es el enfrentamiento entre diversos pares (Misinia y Aukana, monjes ortodoxos contra herejes, el bosque contra los ogros, hombres y kudaw contra su siguiente estadio evolutivo…), con la sombra del choque definitivo, el Khuram, cerniéndose sobre todos estos conflictos que se antojan simple preámbulo (o quizás consecuencia) del embite final (o inicial). Pero el concepto se desarrolla a mayor profundidad. Lo que en apariencia es una lucha de opuestos deviene, tras cuidadoso examen, en un antagonismo más difuso, no tan polarizado, en el que los extremos acaban asemejándose. Así pues, es indicativo que los razaelitas (algo así como mutantes, aunque en un entorno medieval) que personifican las fuerzas antitéticas del Khuram resulten ambiguos. Por un lado está Kali, una niña inocente y bienintencionada, que alberga en su interior el poder de la muerte y la destrucción, por otro Eadgard, un joven escuálido y resentido que emplea el poder de la vida con fines destructivos (el cómo ya lo dejo como aliciente para el lector).

Más allá de los temas subyacentes, si pasamos al estilo nos encontramos con una evidente evolución desde “La guerra por el norte”, donde todavía era posible encontrar algún que otro capítulo un poco acartonado. Las piezas que conforman el mosaico de “Dueños del destino” se encuentran trabajadas de modo que, aparte de contribuir al conjunto, resulten atractivas de forma independiente, algo apreciable en detalles como la gestión de la información, el ritmo interno y el uso del lenguaje (contenido en lo formal, minucioso en lo descriptivo e impactante cuando toca). Más que capítulos, nos encontramos a menudo con auténticos relatos, que llegan a aproximarse a subgéneros como la espada y brujería clásica (en el enfrentamiento contra el arcani Geronte).

Por otra parte, la obra sigue presentando características problemáticas. Su relativa complejidad, así como la no resolución de la trama (todavía quedan muchas, muchas páginas por delante) limitan el público potencial (que, aun así, es amplio y entusiasta). Además, tal y como ya comenté en la crítica a “La guerra por el norte”, en la caracterización de los personajes prima el afán de verosimilitud sobre el ánimo de hacerlos atractivos al lector convirtiéndolos en excepcionales (un truco ampliamente utilizado por Martin en su Canción de Hielo y Fuego). Los protagonistas de Leyenda de una Era son personas normales (aunque presente poderes sobrenaturales), destinadas a enfrentarse a situaciones excepcionales por culpa de circunstancias en la mayor parte de las ocasiones ajenas a su control. Los más capacitados en general prevalecen, y no hay misericordia con los que no dan la talla, pero nadie está a salvo de la mediocridad, el error de cálculo o la simple mala suerte.

En el mundo de la Leyenda de una Era sólo hay una seguridad: la guerra. Y aún le queda mucho sufrimiento que repartir, muchas ambiciones que frustrar, muchos héroes que abatir y muchos opuestos que enfrentar.

Agradezco a Grupo Editorial AJEC el envío de un ejemplar de “Dueños del destino” para su reseña en Rescepto.

Otras opiniones:

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~ por Sergio en diciembre 2, 2011.

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